EL FUTURO DEL TRABAJO *

Al comenzar esta década Robert Reich, quien fue Secretario de Trabajo de Bill Clinton en la primera parte del mandato, conmocionó a la opinión pública con su libro "El Trabajo de las Naciones". Allí documentaba cómo fue evolucionando el empleo en EUA, y el impacto de esta evolución a nivel planetario. Ahora es Edward Luttwak, miembro del Centro de Estrategia y Estudios Internacionales y ex asesor de Seguridad del Departamento de Estado de EUA, quien reafirma los profundos cambios que ya se han producido en el mundo del trabajo y del empleo.

Estamos pasando por una transformación que ya está modificando el sentido de la política y la economía. No es una exageración decir que ya casi no existen productos y tecnologías nacionales y ni siquiera industrias exclusivamente nacionales. Del mismo modo podemos decir sobre las economías nacionales, al menos de la manera de como la hemos concebido en toda la etapa anterior (hasta fines de los 80).

Podemos decir, parafraseando a Robert Reich, que lo único que persistirá dentro de las fronteras nacionales será la población que compone cada país.

Los bienes fundamentales de una nación, son ya hoy la capacidad y la destreza de sus ciudadanos, sus conocimientos, su talento, su capacidad para asimilar los nuevos conocimientos y ponerlos en práctica. Los esfuerzos centrales de los gobernantes y de las naciones que conducen es ya la necesidad de comprender las fuerzas centrifugas de la economía mundial que romperán las ataduras que mantienen unidos a los ciudadanos, concediendo cada vez más prosperidad a los más capacitados, informados y flexibles para aplicarlos.

Los menos competentes en esta sociedad que podemos llamar sin equívocos Sociedad del Conocimiento, quedarán cada vez más relegados en sus niveles de vida.

A medida que las fronteras dejen de tener sentido en términos económicos, aquellas personas que estén en mejores condiciones de prosperar en el mercado mundial serán empujados y presionados para romper los viejos moldes nacionales para insertarse en el mercado global. Las aceleradas y por que no avasallantes transformaciones económicas es el signo distintivo, el desafío político que hoy enfrentamos, Edward Luttwak un catedrático de prestigio en su país, no coincide por ejemplo con las opiniones por demás pesimistas de quien en su momento disputó la candidatura a la presidencia de su país por el partido republicano a

Bob Doler nos referimos a Pat Buchanan y sus particulares conclusiones de ver el mundo, pero que, además, son compartidas por millones de sus compatriotas.

Dice Luttwark que "si creemos en los celadores de este pensamiento dominante, que van a contrapelo de las tesis pesimistas al estilo Buchanan, la economía americana estarla viviendo un boom arrollador cuyo motor sería la espectacular explosión de los Nuevos Titanes de la era informática: los legendarios gemelos Microsoft e Intel y sus émulos de menor calibre como Apple, Novell, Cisco, Oracle, Bay Neh, Sun Microsystems, Sybase, Adobe Systems, Amgen, Cirrus, Informix, Intuit, Cordis, American Online. Hace veinte años, la mayoría de estas empresas no existía. Hoy, su valor en la bolsa global, con más o menos fluctuaciones, es muy superior al valor de aquellos imbatibles viejos gigantes industriales como General Motors, Ford, Dupont o Kodak. A lo largo de esta ascensión fulgurante, los Nuevos Titanes fueron artífices de la fortuna de los primeros inversionistas (en millones, e incluso en miles de millones de dólares) enriqueciendo también a un considerable número de accionistas y poseedores de fondos de pensión.

La evidencia directa de estas transformaciones podemos comprobarla en el campo laboral en la enorme cantidad de trabajadores extranjeros empleados en las llamadas compañías americanas. Podemos señalar por ejemplo que en 1990, el 42% de los empleados de IBM en el mundo eran extranjeros, y esta cifra a fines de 1995 trepó a casi el 50%. Si miramos esta empresa en Japón, vemos que tiene más de veinte mil empleados de origen japonés y que, además, sus ventas desde Japón superaron en 1995 los siete mil millones de dólares, lo cual la convierte en una de las principales empresas que desde Japón, exportan computadoras.

Estos ejemplos (o similares) los encontramos en decenas, cientos de empresas "top" las que es común, además, que reduzcan sus planteles y la producción en sus casas matrices, la que pasan a producir en otros países. En el caso de las empresas norteamericanas han aumentado más que significativamente sus producciones en países, como China continental Malasia, Taiwán o México.

PARA LAS EMPRESAS DA LO MISMO

El resultado más que positivo que estos nuevos gigantes han alcanzado, obligó a modificar el pensamiento que prevaleció durante décadas. El pensamiento del libre intercambio en el cual el mercado se ha convertido en el tema central, exclusivo, impulsado centralmente por EUA señala a la globalización de la economía mundial como un objetivo poco menos que inmodificable, al levantar todas las barreras en materia de intercambios comerciales e inversiones, encuentran su principal justificativo en los logros obtenidos con la exportación de industrias americanas de alta tecnología en general y de programas de informática en particular. En cambio, la pérdida neta de 1.400.000 puestos de trabajo según las más modestas estimaciones de los partidarios del libre intercambio, aunque algunos grupos sostienen que estas cifras son por lo menos dos veces más, y que, además, se ha producido un visible deterioro en los grupos de menor formación en la sociedad (por ejemplo los "homeless") lo cual fue causado por el excedente crónico de las importaciones respecto de las exportaciones.

Estas cifras, para importantes sectores de la sociedad norteamericana aparecen como una cantidad sin mayores preocupaciones, y que es el precio que ellos también deben pagar en esta transformación global. Sostienen que esos empleos estaban, de todos modos, destinados a desaparecer.

La desregulación, cuyo ejemplo más reciente es el de las telecomunicaciones, es el más claro para comprender esta nueva realidad, y el que demuestre también todas las virtudes que ofrecen estas grandes oportunidades tanto a los nuevos colosos del sector, como a las empresas de teléfonos celulares y de televisión por cable, que prometen un acceso ilimitado a las autopistas de la información, comenzando por Internet.

Las compañías telefónicas regionales dice Luttwak, "son las baby Bells, seguramente van a desaparecer, a menos que logren un aumento espectacular de su rentabilidad. Aún existen en ese sector, monopolios cuyas tarifas son limitadas, que están lo suficientemente protegidos de la competencia como para pagar buenos sueldos a sus empleados y subvencionar generosamente las actividades sociales. Pero, para los que sostienen la idea del pensamiento único, todo aquello que entorpezca la eficacia debe ser desterrado. En efecto consideran implícitamente que la sociedad es quien está al servicio de la economía, y no a la inversa.

En este marco las quejas por los crecientes despidos en las grandes empresas radicadas en EUA se han generalizado.

El ex secretario de Trabajo Robert Reich, a quien también citamos en esta nota, ha sido uno de los que mayor actividad ha desplegado con sus quejas y sus planteos. El coloso de las comunicaciones

AT&T en un primer momento anunció el despido de 40.000 trabajadores, una cifra que se redujo a 18.000 finalmente, muestran el clima por los despidos masivos en las grandes empresas. En el trabajo que ya mencionamos de Robert Reich sostiene que "estamos sobre aviso para unirnos a fin de enfrentar el futuro peligro. Unificar las empresas, el gobierno y los trabajadores norteamericanos, unificar a los ricos, a los pobres y a los norteamericanos de cualquier credo y raza. El propósito ostensible de unificar es hacer frente al desafío japonés, pero el verdadero sentido, el mensaje más profundo, quizá ignorado por los mismos que previenen sobre dichos peligros es precisamente lo contrario. Es tener nuevamente un desafío que nos dé motivos para unirnos, los británicos son dueños de muchas más industrias norteamericanas que los ciudadanos de Japón "En esos momentos (enero de 1992) la mayor preocupación del establishment norteamericano estaba dada por las crecientes dificultades que tenían frente al avance de Japón, principalmente en las relaciones comerciales ya que crecía de manera alarmante el déficit de la balanza comercial entre ambos países. Los acontecimientos tienen una velocidad tal que lo que aparecía como preocupación de gran resonancia en la sociedad norteamericana en 1992, ya en 1995 fue reemplazado por otras prioridades.

LA ERA DE LAS DESREGULACIONES

Es en estos años en el cual el gobierno de Bill Clinton transformaba todo el sector de las comunicaciones, poniendo en marcha la desregulación del sector de Telecommunications, Desregulation and Competition Act de 1995, permitiendo a las compañías telefónicas regionales, a los operadores por cable (AT&T, MCI, Sprint, etcétera) y a las cadenas de televisión por cable, ofrecer una cantidad de servicios y programas de televisión sin restricción alguna. Los operadores por cable necesitarán tiempo para equipar a todos los hogares y oficinas, pero las redes de TV por cable ya están instaladas y de ahora en más pueden transmitir llamadas telefónicas. Resultado: las compañías telefónicas regionales van a tener que hacer exactamente lo que está haciendo AT&T o sea despedir a decenas de miles de personas con el fin de automatizarse y reforzar su competitividad.

Para Luttwak es este un "clásico caso de falsa toma de conciencia: la Administración Clinton deplora con voz trémula las consecuencias de aquello que con tanto afán ha instaurado. El éxito de los Nuevos Titanes es lo que con frecuencia se pone en relieve para justificar las limpiezas a las que proceden las grandes empresas, vale decir, la reducción de efectivos imprescindibles en la informatización de los métodos de gestión. Señalemos que la informatización crea puestos de trabajo pues alguien debe concebir los programas, adaptarlos a las necesidades especificas de los clientes y fabricar las computadoras y los periféricos, asegurando su mantenimiento. Si nos atenemos a la teoría dominante, notoria en el mundo entero, la reducción de efectivos significa simplemente que algunos norteamericanos se ven obligados a abandonar su empleo actual por uno mejor. Dicho de otro modo, si General Motors lo despide, Microsoft lo contrata; Ahora bien, todos sabemos que Microsoft ofrece empleos mejor remunerados y más interesantes.

LOS NUEVOS TITANES

De hecho, basta con revisar la estructura de los empleos propuestos por los Nuevos Titanes para darse cuenta de que en esta materia, el pensamiento único está errando completamente el camino. Microsoft e Intel, que pesan más que la General Motors en Wall Street, contaban en total en el último censo, con 48.100 asalariados contra 325.300 de la Ford, de los cuales la mitad estaba en Estados Unidos. Tomados en su totalidad, los Nuevos Titanes no reúnen más de 128.000 asalariados.

Por supuesto que también hay Nuevos Titanes fuera de la industria de los programas y de la informática que se desarrollaron partiendo de cero. Citemos así al descuido, a Southwest Airlines, a zapatillas Nike, al megabroker Charles Schwab, a Genetech y a otros laboratorios de biotecnología, a fabricantes de computadoras como Seagate o Compaq. Y resulta que según datos acumulados, no llegan a superar ni a la Ford en la contratación de trabajadores norteamericanos (sin mencionar la General Motors, que según los datos más recientes, cuenta con 721.000 asalariados, de los cuales la mitad está en Estados Unidos)".

Estas cifras son de consecuencias graves. ¿Qué le pasaría a Estados Unidos si se llevase a cabo el proyecto de Bill Gates y del vicepresidente Al Gore de tener una economía high-tech?

El índice Dow-Jones treparía hasta la cima llegando a 10.000 e incluso a 20.000 puntos, mientras que algunos pocos afortunados acumularían riquezas colosales. Pero si reemplazáramos GM, Ford, Kodak (132.000 asalariados), Dupont (125.000) y todas las antiguas empresas de crecimiento lento, de mediana tecnología, por Nuevos Titanes, el número total de empleos industriales en la economía norteamericana caerla en forma vertiginosa. En el caso de GM y Kodak, esta ecuación no funciona. Aunque más no fuere porque las empresas que venden bienes de consumo masivo, sobre todo en el mercado interno, no pueden prosperar si sus consumidores potenciales se encuentran desocupados o haciendo changas. Los Nuevos Titanes, que venden sus productos en el mundo entero, franquean el axioma de base del "fordismo", según el cual, todo obrero debería poder regalarse el auto que construye. En 1914, a razón de un salario diario de cinco dólares (para el Wall Street Journal eso era un crimen económico) un obrero necesitaba trabajar doce semanas para pagarse el modelo "T" (US$ 360) que habla ensamblado. Eso se acabó: Las empresas de punta controlan las elites del mundo, a aquellos que tienen poder adquisitivo para comprarse computadoras y programas o para viajar en avión. Con la globalización desapareció la rima entre producción masiva y consumo interno masivo.

Pregunten si no a los mexicanos, que ensamblan autos Ford en Hermosillo, por 100 o 150 dólares semanales, si pueden acceder a uno en doce semanas de trabajo.

La tesis optimista del equilibrio no funciona. Si usted fue despedido por General Motors, Microsoft no va a contratarlo. Primero, porque usted no tiene la formación requerida y a Microsoft no le interesa la mano de obra de trabajadores mal capacitados y entorpecidos por años de producción en serie, aunque tuviese la calificación exigida, igual Microsoft no lo tomaría: no lo necesita para despachar programas ya embalados y diseñados.

Las tecnologías de la información son sobre todo devoradoras de trabajo, no sólo destruyen los puestos de oficina y los cargos administrativos sino que generan muy pocos empleos en sus países incluido EUA. El ex asesor del Consejo Nacional de Seguridad sostiene que, además: "En otras partes del mundo, o sea, en los desgraciados países que no tienen la suerte de poseer una floreciente industria informática, su generalización se traduce en una pérdida tajante del empleo. Ciertamente, lo que vale para Microsoft vale también para el conjunto de las industrias de alta tecnología. Los más requeridos son los ingenieros. Así y todo, el salario medio de un ingeniero con diez años de antigüedad disminuyó un 13% en dólares constantes entre 1968 y 1995, hasta estabilizarse en 52.900 dólares anuales, con beneficios incluidos. Es evidente que hay muchos ingenieros en el mercado laboral. Pero no es menos evidente que los Nuevos Titanes -que, repito, desdeñan a los operarios no calificados. Tampoco se precipitan a contratar ingenieros. Esas altas tecnologías que nos presentan no constituyen la panacea contra el desempleo".

Quedó atrás, muy atrás aquellos tiempos en el cual las empresas se unían a sus trabajadores para reclamar por las importaciones, como por ejemplo cuando Goodyear y sus trabajadores reclamaron en el año 1984 al gobierno para que penalizara las firmas surcoreanas que estaban inundando el mercado local a precios por debajo del costo. Esta actitud empresaria pasó al olvido apenas seis años después, cuando sus directivos se opusieron a medidas del gobierno de George Bush que pretendía impedir la venta de neumáticos surcoreanos en EUA. La respuesta frente a este giro de 180 grados fue muy simple. La poderosa Goodyear estaba adquiriendo tierras en Corea del Sur para instalar allí alguna de sus plantas y convertirse ella también en exportadora desde el sudeste asiático, sin olvidar tampoco que ya estaba exportando desde otros países periféricos hacia EUA. Ya no le importaba la protección del mercado interno frente a los competidores. Ellos también vendían a ese mercado desde más allá de las fronteras.

Ya se sabe que el comercio minorista, los servicios de salud y los trabajitos tipo peluquero de perros a domicilio o cocineros de hamburguesas, están en pleno auge en Estados Unidos. Y a tal punto, que la tasa de desocupación bajó pese a los planes de despidos. Este tipo de tareas tiende ciertamente a multiplicarse en el futuro. Es un magro consuelo, ya que el sueldo básico promedio de un empleado -77,5 millones de personas de los 114 millones de asalariados norteamericanos- bajó año tras año (de 8,40 dólares la hora en 1978, pasó, en dólares constantes, a 7,41 en 1994), porque son cada vez más numerosos los empleos de bajos salarios.

LOS NUEVOS EMPLEOS

En el fondo, la capacidad de la economía norteamericana para crear empleos no tiene nada de misterioso. ¿Porqué privarse de los servicios de una empleada doméstica cuando resulta tan barata su paga y tan fácil su despido? No solo Wall-Mart que tiene ya casi medio millón de empleados, K-Mart (358.000), Sears (403.000) y McDonald's (177.000) pagan sueldos extremadamente bajos, comparados con los de General Motors o Dupont, sigue diciendo Luttwak. Los bancos también entraron en la partida. Desde la era Reagan, muchas voces se alzaron para denunciar esta hemorragia de empleos industriales bien remunerados en provecho de puestos de servicio mal pagos. Pero el rápido crecimiento de empleos de oficina en los sectores bancarios, de seguros, de finanzas, y en el inmobiliario, no tardó en acallar a los pájaros de mal agüero. Tenían esperanzas de que esos empleados cobraran buenos sueldos, pero esa certeza se quebró en mil pedazos. El sueldo medio de un empleado bancario sin cargas sociales -alrededor de cinco millones de personas en 1995- es inferior a ocho dólares la hora, apenas más que en 1970 (U$S 7,64) en dólares constantes, o sea, mucho menos que lo que paga la General Motors por tareas de producción en serie.

Lo que sucedió con los sueldos básicos en el sector bancario -siendo, sin embargo, un sector en plena expansión y un importante abastecedor de millonarios, multimillonarios y demás poderosos ilustra a la perfección la paradoja de una economía cada vez más rica en la cual hay gente tornándose cada vez más pobre. Es una de las consecuencias del turbocapitalismo dice Luttwak del eclipse del Estado en el control de la economía y la globalización.

Las reestructuraciones económicas, y la flexibilidad penalizan a los trabajadores menos calificados. Incapaces de insertarse gallardamente en algún puesto mejor. Una vez suprimidos de sus empleos, soportan el rigor del contragolpe de las mutaciones tecnológicas, del incremento de los intercambios o de la desregulación. Cuando todo debe ir rápido para que todo se mantenga en su lugar, algunos van mucho más rápido que otros (tanto mejor para ellos), pero la mayoría queda al costado del camino".

EL MITO DEL CRECIMIENTO SOSTENIDO

El pensamiento único mantiene en reserva una gavilla secreta: el mito del incremento económico sostenido e indefinido. El problema es que ya nadie cree en ello. Primeramente, porque algunos guardianes del dogma abogan por el rigor monetario y las altas tasas de interés para mermar el crecimiento y limitar los riesgos de inflación a partir del momento en que aparezcan signos de recalentamiento. En segundo lugar, porque el fuerte crecimiento en Estados Unidos desde 1978 no impidió que de cada diez norteamericanos, siete hayan visto disminuir sus salarios. Muy lentamente, a través del éxito logrado por candidatos marginales como Ross Perot o Pat Buchanan, lo imposible se está produciendo: en un país donde el culto al dinero se ejerce como religión nacional, donde las primeras víctimas del turbocapitalismo son incluso más anti-Estado que sus principales beneficiarios, se empieza a presentir vagamente que para remediar la profunda desigualdad en materia de salarios y riquezas, las únicas soluciones son de orden político. Hasta ahora, ningún candidato a la presidencia se habla declarado jamás partidario de un impuesto al capital, en tanto que, según las estadísticas, en estos últimos 25 años, el 2% de los hogares se benefició con más del 100% al aumentar el PBI.

En compensación, aparece Buchanan. Había lanzado una campaña entonando el credo antiaborto con la esperanza de captar el voto de lo abanderados del derecho a la vida (que comandan activistas en todo, los condados de cada Estado) y enrolar en sus filas a familias, niño (él no tiene hijos), etcétera. De una costa a otra -y siendo el primer: sorprendido- Buchanan se transformaba en el apóstol del intervencionismo público y en el gran enemigo del turbocapitalismo.

Cuando la Gran Depresión de los años 30 hizo estragos en la vida de millones de personas en todas las naciones del mundo desarrollado, todos los banqueros y profesores de economía coincidían al pensar que la única salida consistía en reducir el gasto público. Ahora sabemos que es a la inversa y que para liberarse de ello hay que poner en marcha la impresión de billetes para financiar el gasto público restringiendo paralelamente las importaciones con el fin de evitar que se agoten las reservas de divisas, sostiene Luttwak.

En ese entonces, sin embargo, los políticos respetables tenían una confianza ciega en los economistas respetables y dejaban la tarea de contradecir el discurso dominante a un reducido grupo de extremistas (Mosley, en Gran Bretaña sin éxito alguno; Hitler en Alemania con gran éxito).

Hasta ahora, los republicanos y los demócratas de ley, así como los viejos partidos políticos de Europa Occidental se sienten impotentes frente al aumento de la precariedad de muchos de sus electores. Se conforman con dejar entrever un retorno al crecimiento a través de la magia de una reactivación económica.

Mientras que en la mayoría de los países, los partidos de centro y de centro derecha predican a la vez la preservación de los valores familiares y el crecimiento de la economía -sin darse cuenta hasta qué punto estos dos objetivos son contradictorios- los partidos de izquierda y de centro izquierda se limitan a prometer un Estado más protector y más crecimiento económico.

Pero en general lo que la gente quiere tanto en América como en Europa, no es acceder a mejores empleos o ganar más dinero con la reactivación pues sospechan con justa razón que sus sueldos no van a subir, sino que quieren seguridad de un trabajo y poder mantener el nivel actual de sus ingresos amenazados tanto por los cambios estructurales resultantes del crecimiento como por la ausencia de éste.

En todo caso, los que tienen un empleo y se ganan la vida, a veces muy confortablemente, pero que temen por su porvenir, no esperan nada de los partidos políticos cuya única idea consiste en aplicar tasas a sus aleatorios ingresos, con el fin de socorrer a aquellos que no tienen trabajo y de alimentar el gigantismo de las administraciones ineficientes, que son un obstáculo entre ellos y los asistidos.

Entre las contradicciones del centroderecha y la asistencia de la izquierda, una gran parte del campo político quedó vacante. En Estados Unidos, Ross Perot ocupó brevemente ese espacio en 1992. El eje de sus discursos, salpicado de extrañas preocupaciones, era la seguridad económica del individuo. En esa misma temática, se precipitó también durante algún tiempo Pat Buchanan.

En realidad, a pesar de su exacerbado americanismo, el mensaje de Buchanan no tenla nada de específicamente norteamericano. As como el turbocapitalismo es un fenómeno mundial, la reacción que provocó también lo es. La victoria de los neo comunistas en Hungría en Polonia y en Rusia, las grandes huelgas del último invierno en Francia, la victoria del No en el referéndum organizado en Italia y la liberalización del comercio minorista e incluso el fracaso de Carl Bildt en Suecia en las recientes asambleas legislativas; todos estos acontecimientos derivan de la misma causa. A falta de una nueva política económica de redistribución incluso de des-desregulación susceptible de detener los efectos del actual turbocapitalismo, y en particular el empobrecimiento del 80% de la masa trabajadora, Estados Unidos podrían terminar adoptando "buchananismo", con o sin Buchanan.

LAS VACILACIONES DE LAS TEORIAS POLITICAS

Nadie duda que el populismo y todas sus variantes locales tienen días felices por delante. Habrá que tranquilizar a todos esos oficinistas, a esos pequeños comerciantes y a esos obreros de la industria que se sienten amenazados por el éxito de la productividad y acechados por la desocupación. Aquí y allá el populismo podría alcanzar incluso un matiz fascista, adornando su discurso con tesis racistas y dichos amenazantes (y si logramos escapar al militarismo de la versión original, es porque la carne de cañón escasea en nuestras sociedades postindustriales).

Estos razonamientos con diferencias de matices han sido encarados y planteados en estos últimos años por una gran cantidad de intelectuales, pensadores y políticos.

Peter Drucker por ejemplo en su trabajo "La Sociedad Postcapitalista" lo plantea con una visión eficientista, Michel Albert que por supuesto no niega los cambios y la globalización intenta explicar en Capitalismo versus Capitalismo, las diferencias que a su criterio tienen los empresarios europeos, norteamericanos y japoneses. Francis Fukuyama, con su trabajo sobre El Fin de la Historia, provocó polémicas y respuestas. El Banco Mundial, en un informe del año 1994 se introduce y analiza los cambios que vivieron y continúan viviendo los países del sudeste asiático. John K. Galbraith se ha dedicado muy detalladamente en estos temas con trabajos como la era de la incertidumbre, o Michel Porter con La Ventaja Competitiva de las Naciones. También se han ocupado del tema figuras como el francés Alain Touraine y Alvin Tofler, quienes en su momento sacudieron el pensamiento occidental con sus análisis sobre El postcapitalismo, el primero y Tofler con sus reconocidos la Tercera Ola o las Guerras del Futuro o Ravi Batra con su polémico "El Mito del Libre Comercio".

Si bien como decíamos hay diferencias en sus análisis, todos plantean la irreversibilidad del cambio que esta explosión tecnológica y de conocimiento han producido en estos últimos años del siglo.

EL NUEVO PENSAMIENTO DE LA SOCIEDAD NORTEAMERICANA

Volviendo ahora al pensamiento que Luttwark desarrolla en sus trabajos y en el publicado en Archivos del Presente, importa reflexionar sobre sus conclusiones sobre como vislumbra la evolución de los hechos y la actitud de la sociedad norteamericana, de la cual innegablemente es un gran conocedor.

La perspectiva de ver que la Gran Deflación actual va a durar aún diez años o quizá más, hace que esta hipótesis sea más improbable de lo que parece. Actualmente nos encontramos en la fase excedente del ciclo global demanda/tecnología, causante del origen de un desempleo crónico a escala mundial. Hace veinte años, estábamos a la inversa, dentro de una fase de escasez generalizada (inflacionista) del ciclo, como lo demuestran las altas cotizaciones del petróleo, de los metales y del trigo a mediados de los años 70.

Fue en esa época que el Club de Roma publicó sus catastróficas previsiones sobre las penurias alimentarias y energéticas. En ese entonces el fenómeno de la escasez ya estaba presente (lo que explica el alza de precios). Y teniendo en cuenta el incremento de la población mundial, bastó un simple cálculo matemático para inferir que la escasez se acentuaría, provocando un aumento suplementario en el costo de la energía y de las materias primas y causando hambruna, ya que se pensaba que los países pobres iban a ser cada vez más incapaces de procurarse alimentos a precio de mercado.

Pero, contrariamente a lo previsto, la escasez de los años 70 produjo un repunte espectacular del progreso tecnológico. El mejoramiento de las técnicas agrícolas, cuyo desarrollo fue estimulado precisamente por el alza de las cotizaciones, además de la carestía, provocó una revolución verde. La producción de arroz, trigo y maíz experimentó una progresión brillante. Del mismo modo, el alza de los precios del petróleo estimuló la investigación en el ámbito de las técnicas de producción y de conservación de la energía, así como la estampida de las cotizaciones alentó el uso de materiales de sustitución en gran escala. A fin de cuentas, la carestía que causó la ola inflacionaria de los años 70 motivó y acrecentó considerablemente la automatización y la robotización en todos los países desarrollados.

Para Luttwak, las cosas que se presentan en la primera fase del ciclo, se aplican las tecnologías existentes a los recursos naturales mundiales, todo ello dentro de un contexto de desarrollo demográfico. Los bienes escasean y los precios aumentan (inflación). En la segunda fase, esta escasez favorece la apertura tecnológica, mientras que la escalada de precios continúa. Finalmente, en el curso de la tercera fase, las nuevas tecnologías aplicadas a los recursos naturales mundiales se traducen por la abundancia y por la caida de los precios (deflación).

Durante las dos primeras fases, el nivel de desocupación es bajo, ya que la totalidad de la mano de obra está movilizada tratando de acrecentar la producción con la ayuda de las técnicas disponibles. A esta altura, la inflación, sumada a la escasez, se agrava por los efectos del aumento de salarios. Durante la tercera fase, en cambio el alto nivel de desocupación se debe a que las nuevas tecnologías desarrolladas con éxito para combatir la pobreza permiten una producción mucho mayor.

Actualmente estamos en esa tercera fase, dice Luttwak, o sea, en la fase de desocupación mundial y crónica. Hay una cuarta fase sin la cual no se podría volver jamás a la fase uno en la que la demanda aumenta en función del desarrollo económico, y esto provoca un alza de ingresos y de demanda y, en definitiva el retorno a la escasez, de donde nuevamente vuelve a arrancar el ciclo. Cuando esta cuarta fase de inflación y plena ocupación empiece, será objeto de todo tipo de conjeturas. Por ahora, solo los remedios de orden político son susceptibles de corregir los efectos de una tercera fase marcada por la abundancia, la desocupación y la deflación.

El contenido de la teoría económica carece de fuerza. En cuanto a las soluciones que pregona Bill Gates (acceso para todos a las nuevas tecnologías para que todo el mundo pueda conseguir trabajo en esa área), son ilusorias simplemente porque como quedó demostrado las nuevas tecnologías incorporan muy poco trabajo. Incluso en Estados Unidos, que es la patria de los Nuevos Titanes y de la mayoría de los diseñadores de programas y empresas de alta tecnología el número total de personas empleadas en los servicios informáticos (desde diseñar programas hasta reparar computadoras) en 1995 engloba como mucho a un millón de asalariados.

Para Luttwak "la cantidad de norteamericanos que trabajan en la producción de equipamiento electrónico en el amplio sentido de la palabra, o sea, computadoras, accesorios periféricos posibles e imaginables disminuyó desde 1990, pasando desde 1,7 millones a 1,6 millones en la actualidad. Más allá de los discursos, son estas cifras en su cruda realidad, las que explican el éxito (relativo claro está) de Buchanan. Todas las mentes cultas que denuncian estas tesis sin proponer la más mínima solución alternativa van a seguir, sin lugar a dudas, predicando en el desierto.

El regreso de los bancos La época actual es la del centralismo bancario. De alguna manera, dice Lutwak, los norteamericanos así hayan votado a Bush, a Perot o a Clinton en 1992 o a Newt Gringrich en 1994, están manejados por Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, así como los alemanes son gobernados por la Bundesbank y los japoneses son gobernados por el Nihon Ginko. Dos generaciones atrás, sus predecesores habían agravado la tercera fase de la deflación natural de fines de los años 20, exigiendo recortes drásticos en el gasto público y en los excedentes presupuestarios y generaron de este modo la Gran Depresión que recién culmina con la guerra y con el retorno de los déficits públicos. Hoy una vez más atravesamos un período de deflación y desempleo. La mayoría de los sectores producen cada vez más con cada vez menos mano de obra. Sin embargo, los bancos centrales siguen imperturbables en su eterno combate contra la inflación manteniendo altas tasas de interés y limitando los créditos sin ni siquiera mirar la realidad que los rodea.

Sólidos como rocas, se unen codo a codo como en 1939, cuando la banca de Inglaterra entregó con total convicción las reservas de oro checoslovacas a la Reichsbank alemana. El poder de los bancos centrales es enorme y tiene una amplísima base de apoyo. En primer lugar porque sucedió como en los años treinta, el conjunto del establishment formó bloque detrás de ellos. De nada sirve entonces criticar a la persona de Greenspan o a la de alguno de sus homólogos extranjeros, pues no tienen ningún poder de decisión.

Se conforman con enunciar y aplicar una doctrina consensual que es tan indiscutible como el dogma de la inmaculada concepción. En segundo lugar, el centralismo bancario tiene la unanimidad de la clase política, de la derecha a la izquierda, caviar, y qué decir del centro, cuyas convicciones -como bien sabemos- coinciden con el centro de gravedad de la opinión de las elites.

Para quienes tienen compromisos, es decir, los ahorristas más prudentes, acaudalados o no, pero sobre todo para los más ricos de entre ellos, la lucha contra la inflación, o mejor dicho la búsqueda de la deflación, constituye sin duda alguna la única causa sagrada valedera.

Pero la tiranía de los bancos centrales no sería completa si no se beneficiase también con los favores de la izquierda, aquélla que se preocupa al máximo por el destino de los trabajadores, pero que en realidad no quiere verlos reivindicar cambios radicales. Para esa izquierda, la más común en nuestros días, la verdad sale de boca de los que presiden los bancos centrales, para quienes la inflación es el más cruel de los impuestos. Y he aquí lo que sucede: cuando los precios empiezan a derrapar, la propiedad sigue esa misma curva ascendente, así como todos los activos a largo plazo. El problema es que su progresión es más que proporcional a los anticipos inflacionarios. Entonces, aquellos que ya poseen activos se enriquecen, mientras que los que no los tienen, deberían desembolsar más si quisieran adquirirlos. Además, la inflación tiene efectos desestructurantes: a los más arriesgados les da la posibilidad de enriquecerse fácilmente y tiende a empobrecer a todos aquellos que perciben un sueldo fijo. De ahí la disparidad de ingresos, particularmente irritante, en caso de hiperinflación (cuando la gente se lanza a gastar su dinero en lugar de trabajar). Es verdad que el empleo total crea inflación. Pero, inversamente, el incremento de la demanda origina la plena ocupación siempre y cuando el consumo sea suficientemente estable, como sucedió en Estados Unidos después de 1939 (la stagflación, es decir, inflación + desempleo, se produce solamente con la caída de las inversiones porque los inversionistas potenciales no invierten por futura contracción de la demanda). Aquellos que consideren que el ocio, la pérdida de confianza en uno mismo y la pauperización que el desempleo arrastra consigo -azote que toca a uno de cada quince ciudadanos en Estados Unidos y en el Reino Unido y a uno de cada diez en Francia, Alemania e Italia- son peores que una compresión del PBI y peores que los inconvenientes de la inflación, deben alzarse entonces contra la omnipotencia de los bancos centrales. En cuanto a las injusticias que las tensiones inflacionarias engendran, pueden ser mitigadas con las virtudes redistributivas del impuesto para compensar los efectos nefastos como hizo el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. ¿El PBI se lesionaría? Por supuesto. ¿Pero no es mejor aceptar ese leve sacrificio cuando vemos que en nuestros países ocho de cada diez personas son material de descarte a causa del desarrollo?

Con este lúcido análisis Edward Luttwak incorpora un valioso elemento para seguir analizando esta globalización que nos afecta a todos, y que, además, es irreversible.

EL FIN DEL TRABAJO

En estos meses un libro escrito por el economista Jeremy Rifkin, El Fin del Trabajo, ha impulsado nuevos debates sobre un tema central en la sociedad de hoy, miremos a los países centrales o a los que están en vías de desarrollo. El autor del trabajo ya en los años 70 promovió la idea de que los trabajadores podían asumir la propiedad y dirección de las empresas, y lo sucedido con United Airlines por ejemplo le dio un poco de razón. El actual gobierno demócrata lo tiene a Jeremy Rifkin como uno de los consultores predilectos en temas sociales.

En este impactante libro plantea el tema de las nuevas tecnologías contra los puestos de trabajo, a lo que califica como el nacimiento de una nueva fase en la historia humana caracterizada por lo que ya parece una permanente e inevitable decadencia de lo que hasta ahora entendíamos por trabajo.

Las preocupantes y crecientes cifras de desempleo a nivel mundial, las mayores desde la gran depresión de los años treinta, fortalecen sus puntos de vista. El número de personas infraempleadas o que directamente carecen de algún trabajo está creciendo a un ritmo vertiginoso y en todas las direcciones. Quienes más están sufriendo les consecuencias son los jóvenes, víctimas propiciatorias de la nueva revolución tecnológica.

Cada día nos sorprendemos más frente a los nuevos ordenadores, las cosas que logran hacerse desde la robótica, las telecomunicaciones y tantas otras formas de tecnología que están sustituyendo rápidamente a las personas en grandes sectores de los procesos de fabricación, de la distribución, del transporte, de la agricultura, de los servicios. Hoy ya no es una fantasía vaticinar que la mayoría de los trabajos van a desaparecer sin volver jamás, comenta el autor del trabajo, lo cual va polarizando el mundo en dos fuerzas claramente marcadas e irreconciliables. Por una parte una elite bien informada controlará y gestionará la economía de alta tecnología, y por otra, un creciente número de trabajadores permanentes desplazados con pocas perspectivas de futuro y aun con menos posibilidades de conseguir un trabajo aceptable en un mundo cada vez más automatizado.

Para Jeremy Rifkin, deberíamos aceptar plantearnos la existencia de la era post mercado, es decir, la que ya comenzamos a vivir, pensando en formas alternativas a los planteamientos más habituales en torno al trabajo, poniendo en marcha nuevos modos de generación de ingresos y de reparto del poder, y generar una mayor confianza en el tercer sector que a su vez deberá permitir la reconstrucción de nuestras comunidades y nuestras culturas. Si como muchos dicen, el fin del trabajo puede suponer el final de la civilización tal como la hemos conocido hasta ahora, es posible también que sea el inicio de una gran transformación social que traiga consigo el renacimiento del espíritu humano.

Imponer un nuevo punto de vista sobre el trabajo de cualquier modo, requiere contemplar de otra manera nuestra idea del cuerpo político. Los políticos dividen la sociedad en un espectro polarizado entre el mercado por una parte y el sector público por otra, sostiene el autor, y continúa afirmando que " quizá seria más conveniente pensar como si fuere un taburete de tres patas; el sector del mercado, el sector estatal y la economía social"

Sin embargo, el tercer sector debe basarse tanto en el mercado como en el sector público para su supervivencia y bienestar, su futuro dependerá en gran parte de la creación de una nueva fuerza politice que pueda exigir al mercado y al sector público la inversión de parte de los amplios beneficios que conseguidos a través de la economía de la nueva era de la información en la creación de capital social y en la reconstrucción de la vida civil. El libro de Jeremy Rifkin provocó opiniones elogiosas en colegas como el premio Nobel Wassily Leontief quien comentó que "nos enfrenta en forma hábil y astuta al mayor problema de la sociedad contemporánea, algo que la mayoría de los economistas ni siquiera se atreven a analizar…, es un libro importante".

Por otra parte Glen Urban, decano del prestigioso Massachusetts Institute (MIT), comenta que "Rifkin efectúa un análisis lúcido y comprensible de nuestra situación actual. A pesar de que no todo el mundo estará de acuerdo con sus conclusiones, el libro resulta extremadamente provocativo en lo referente a la forma en que deberíamos diseñar una sociedad que se adapte mejor a las necesidades de todos los ciudadanos".


Foto AutorEsta página fue hecha por Luis DALLANEGRA PEDRAZA

Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (Universidad Nacional de Rosario, Argentina). Profesor y Evaluador en Cursos de Grado, Postgrado y Doctorado en el país y en el exterior.  Director del Centro de Estudios Internacionales Argentinos (CEINAR) y de la Revista Argentina de Relaciones Internacionales, 1977-1981. Miembro Observador Internacional del Comité Internacional de Apoyo y Verificación CIAV-OEA en la "desmovilización" de la guerrilla "contra" en Nicaragua, 1990. Director de Doctorado en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario, Rosario, Argentina, 2002-2005. Investigador Científico del "Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas" (CONICET).


e-Mail: luisdallanegra@gmail.com
Home     Arriba     A Debates 
*
   ©  Trabajo publicado en Revista "S&C - Servicios & Comunidad", Vol. 2, N° 6, Buenos Aires, Argentina, Junio 1997.