Tapa Fin de una Macro-Etapa

 

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Capítulo VI

I VISION JURIDICA DEL ORDEN

EL ORDEN VISTO A TRAVES DE LA EVOLUCION DE LA ORGANIZACION INSTITUCIONAL HISTORICA

Siempre el orden se manejó desde el punto de vista de las características de la sociedad, en el momento histórico en que se lo analice, la estructura de poder vigente y los valores dominantes.

Un paseo por distintas etapas de la historia de la humanidad, demuestra que el orden invariablemente fue establecido siguiendo la “direccionalidad” dada por la “estructura” de poder, expresado, según el criterio desarrollado en la “ley del paralelogramo” y atendiendo a la “dimensión cuadrática” de la estructura de la norma ordenante.

La justicia en todas las épocas, estuvo subordinada al orden imperante.

INICIO DEL DERECHO INTERNACIONAL

CONDICIONES DE EXISTENCIA Y ANTECEDENTES REMOTOS DEL DIP

En distintos círculos culturales del mundo antiguo rigieron ciertos principios jurídico-internacionales que permitieron establecer pautas de orden, siguiendo los criterios del poder vigente y los valores dominantes.

La comunidad internacional actual está formada sobre la base de agrupaciones, destacándose entre ellas el Estado. De aquí que el DIP supone la existencia de entes políticos independientes que reconocen, siquiera formalmente, la independencia de los demás.

LA ANTIGUEDAD

La Sociedad

En la Antigüedad, los principios jurídico-internacionales, prácticamente no se dieron, por la sencilla razón de que los entes políticos existentes -estatales o paraestatales- no aceptaban la convivencia formal con los demás.

Estructura de Poder

En líneas generales, el extranjero no era respetado como tal: o se lo avasallaba, incorporándolo de grado o por fuerza a la comunidad anexante, o se lo ignoraba, ya que el extranjero, por ser extraño a la comunidad, era el eterno enemigo.

Los Valores

En algunas regiones en que existían entes políticos independientes, pero unidos por lazos tradicionales de tipo cultural: históricos, lingüísticos, religiosos, políticos, existieron comunidades internacionales en pequeño.

La Norma

Por ejemplo, la comunidad de Estados-ciudades de la Hélade desenvolvió un régimen de coordinación de características muy similares al del DIP de la actualidad. Tratados, alianzas, representantes diplomáticos y consulares, arbitrajes, reglamentación de la guerra, fueron todas instituciones conocidas por los griegos.

Sabido es, sin embargo, que las ciudades griegas nunca alcanzaron estabilidad, unidad y cohesión internas y que finalmente fueron conquistadas, por Alejandro Magno, y luego por los romanos, que las incorporaron a sus respectivos imperios.

IMPERIO ROMANO

El Imperio romano tampoco desenvolvió una auténtica comunidad internacional y por eso no existió en esa época DIP.

Estructura de Poder

Roma absorbió y anexó a pueblos extranjeros y llegó de esta forma a su máxima expansión a fines del siglo I bajo el Emperador Trajano (98 117). Sus cuarenta y cuatro provincias se extendían desde Escocia hasta el Mar Caspio y el Golfo Pérsico; desde las llanuras de la actual Rumania hasta el Sahara. Más de cien millones de hombres vivían dentro de sus fronteras.

Los pueblos que fueron subyugados por Roma se integraron poco a poco en el Imperio. Este operó, a lo largo de los siglos, como un crisol en que se fundieron las culturas de conquistados y conquistadores.

Con todo, no llegó nunca a constituir un imperio mundial. En su expansión hacia el sur los partos le opusieron una resistencia que jamás pudo ser vencida, lo que bloqueó el camino de los conquistadores hacia India y China.

El Imperio romano constituyó un régimen u orden de repartos societario, centralizado, con repartidores supremos (el Emperador, aunque también existieron en los diversos períodos “poderes detrás del trono”) y visibles rebeliones: Espartaco. El régimen estaba constituido sobre la base del plan de gobierno pero también de la ejemplaridad, cuyo vehículo de formalización fue justamente el edicto del pretor peregrino.

Los Valores

La concepción imperante del extranjero como enemigo impidió que en los hechos llegara a efectivizarse una verdadera comunidad internacional, careciendo de su base necesaria: la solidaridad.

La Sociedad

Entre el Imperio romano y los otros pueblos de la Antigüedad con los que ocasionalmente tuvo contactos, sin anexarlos o absorberlos, no hubo una comunidad propiamente dicha.

Una comunicación esporádica entre individuos o grupos no llega a crear un orden de repartos; a lo sumo pueden darse repartos aislados no concatenados orgánicamente. Los acuerdos que ocasionalmente llevaron a cabo los romanos con otros pueblos pueden adscribirse a esta categoría.

La Norma

En el derecho se advierte con claridad este complejo de influencias recíprocas. Por obra del pretor peregrino, el jus gentium llegó a convertirse en el derecho común de esta gran masa de individuos cuyos derechos originales diferían profundamente.

Poco a poco sus normas fueron integrándose en un orden, en su conjunto mucho más dúctil, equitativo, coherente y práctico que el del jus civile primitivo.

El Imperio romano aportó el otro elemento imprescindible para la existencia de una comunidad internacional: el mantenimiento de relaciones genuinas entre sus agrupaciones constitutivas.

TRANSICION INTER-SISTEMICA

La caída del Imperio romano, situada convencionalmente en el año 476, de ninguna manera significó la desaparición de esta unidad cultural, forjada en siglos de convivencia.

Roma, disminuida y quebrantada, resultó más poderosa que la capital de los Césares. Se convirtió en la sede espiritual de la cristiandad y los papas afirmaron su supremacía espiritual sobre los reyes bárbaros a medida que se convertían al catolicismo.

Paralelamente a ello, la visión de orden y de paz que el Estado universal romano había dejado y que estaba todavía tan cercana no dejó de influir sobre los nuevos señores al punto de que algunos de ellos se consideraron delegados del Emperador bizantino y buscaron un reconocimiento explícito de ese carácter.

EL MEDIOEVO: LA COMUNIDAD JERARQUIZADA

Una adecuada comprensión del DIP moderno tiene que ver con el desenvolvimiento histórico dentro de la cristiandad occidental de la Edad Media, pues la comunidad europea de Estados, no esperó, como muchas veces se afirma, hasta la Paz de Westfalia (1648) para constituirse.

No hay que pasar por alto el impacto de otros dos círculos jurídico-internacionales: el bizantino y el islámico, sobre el occidente medieval. Aunque, en general su influencia en la constitución del DIP moderno ha sido escasa.

Hay que recordar tan solo que Bizancio fue, del siglo VII al X, un importante centro diplomático, y que allí nacieron los cimientos del derecho diplomático europeo. El círculo jurídico islámico, en cambio, influyó sobre el derecho de la guerra y las reglas del comercio internacional del mundo cristiano. Asimismo, tuvo influencia sobre la emancipación de los pueblos africanos y asiáticos.

La Sociedad

La Edad Media se caracterizó en sus comienzos por el establecimiento de reinos bárbaros romanizados en las diversas regiones del fenecido Imperio de Occidente. Si bien los emperadores de Oriente (especialmente Justiniano y sus sucesores inmediatos) acariciaron la idea de reconstruir bajo su égida la antigua pax romana, muy pronto debieron abandonarla y concretarse a su propia defensa.

El antagonismo entre las dos cristiandades, la “romana” y la “griega”, que ya podía advertirse en el siglo V, llegó a convertirse en el 1054 en ruptura definitiva.

Se dieron así en el occidente cristiano las condiciones ideales para la construcción de una comunidad de Estados independientes.

El reino, de los francos, establecido sobre la antigua Galia, había logrado extender su poderío sobre los pueblos vecinos. Con el apoyo del papado, consiguió expulsar el peligro que se cernía sobre la cristiandad de caer en la égida musulmana, batiendo a los árabes en la batalla de Tours (732). Ello apresuró la unificación de los reinos cristianos, que llegó a formalizarse con la reconstitución del Imperio en la persona de Carlomagno con la bendición papal, en la navidad del año 800.

Al desmembrarse el imperio carolingio, la corona imperial pasó a los reyes alemanes, primeramente con Carlos el Gordo en el 881, y definitivamente con Otón I el Grande, coronado nuevamente Emperador por el Papa en el 962.

Estructura de Poder

Así se echaron las bases de un régimen característico que puede denominarse de la “comunidad jerarquizada”.

A pesar de la existencia del Imperio, denominado posteriormente Sacro Romano Germánico, la cristiandad europea no constituyó una sociedad estatal. El Emperador no ejercía ningún poder directo sobre el conjunto de cristianos (fuera de sus propios territorios): sólo lo reivindicaba sobre los reyes, príncipes y señores en cuanto tales, y dentro de los límites del bien común de la cristiandad. Más eficaz fue el poder espiritual del Papa que se extendía a todos los bautizados, independientemente de su sujeción a una jurisdicción temporal. En todo caso, la diarquía de la res publica cristiana o res publica sub Deo, era compatible con una gran autonomía de los cuerpos políticos que encuadraba. Si bien tenía una estructura jerárquica, no era unitaria.

Estos “cuerpos políticos” eran los feudos (reinos, principados, ducados, etc.), coordinados entre sí, pero a la vez subordinados jerárquicamente hasta entroncar con las dos autoridades supremas de la época: el Papa y el Emperador. Los señores feudales reconocían la supremacía de éstas, pero en sus relaciones mantenían la iniciativa y se regían por criterios surgidos generalmente gracias a la ejemplaridad.

El Emperador fue relativamente exitoso porque las más de las veces careció de la fuerza y el predicamento necesarios para concitar la adhesión de sus súbditos. En cambio, la autoridad del Papa fue más efectiva. Como, según la doctrina imperante, el origen del poder ejercido por los gobernantes era la voluntad divina, el representante de Dios en la tierra podía relevar a los súbditos de obedecer a sus gobernantes cuando éstos trasgredieran los principios del orden cristiano. La excomunión fue una institución religiosa, pero al mismo tiempo un poderoso instrumento político 143.

LA CONCEPCION DEL ARBITRAJE, LA GUERRA Y LA NEUTRALIDAD

Los Valores

La concepción imperante en la Edad Media con respecto a algunas instituciones fundamentales pone de manifiesto la peculiar contextura político-religiosa de la época, así como el funcionamiento del régimen jerarquizado.

Fueron numerosos los casos en que el Papa y los señores feudales, más importantes, actuaron como árbitros.

Sin embargo, cabe destacar las diferencias existentes entre los arbitrajes medievales y los contemporáneos. En primer lugar, el Papa era un árbitro obligado. Si expresaba su deseo de dar solución a un conflicto entre señores, éstos debían aceptarlo. Lo propio ocurría cuando un señor feudal importante se proponía arbitrar entre los subordinados. Además los arbitrajes medievales no sólo reglaban cuestiones políticas y territoriales, sino muy a menudo cuestiones domésticas.

El recurso a la violencia no siempre fue admitido. En primer lugar, la Iglesia trató de limitar dentro de lo posible los excesos de las guerras privadas.

La existencia de superiores jerárquicos aseguraba el control de las decisiones individuales. Por eso, en la Edad Media no era concebible la neutralidad. Si alguien recurría a la fuerza y estaba justificado en ello, no era justo que los demás miembros de la comunidad se mantuvieran al margen del conflicto, sobre todo cuando existía un pronunciamiento jerárquico, equivocado o no, pero aceptado por los demás miembros de la comunidad.

La función arbitral se confiaba a una comisión mixta, a una persona jurídica (universidad, parlamento) o a un jefe de Estado amigo. Se preveía para ciertos casos una segunda instancia. En otros muchos, se concede al tribunal arbitral la facultad de resolver el litigio como árbitro o amigable componedor. Pero ya entonces, se distinguía entre el “arbiter”, que tenía que fallar según derecho, y el “amicabilis compositor” o “arbitrator”, cuya misión consistía en resolver el litigio.

La Norma

El derecho que el tribunal arbitral estaba llamado a aplicar brotaba de distintas fuentes. En primer término, de los tratados y de la costumbre internacional, luego de los principios jurídicos comunes a los Estados europeos y, finalmente, de la razón.

El DIP medieval poseía también una instancia mediadora permanente en la persona del Papa, que podía intervenir ex officio como mediador en todos los litigios internacionales.

Se puede decir que entonces se instauró la constitución de la comunidad de Estados, y aunque esta constitución se ha modificado en algunas de sus partes, otras se han conservado hasta la actualidad. La constitución originaria de la comunidad internacional moderna presentaba los caracteres, siguientes:

1) Solo eran sujetos originarios del DIP los Estados soberanos y la Sede Apostólica.

2) No había órgano legislativo central, y las normas del DIP surgían de los tratados y de la costumbre, sobre la base de los principios generales del derecho. A ellos pertenecen, entre otros, los principios que informan el derecho convencional, sobre todo el principio de la fidelidad a la palabra dada (pacta sunt servanda).

3) No había una jurisdicción obligatoria, sino tribunales arbitrales que actuaban por común acuerdo entre las partes. En ausencia de una instancia de esta índole, los litigios interestatales solo podían resolverse de común acuerdo. Pero podían ofrecer su mediación terceras potencias.

4) Si no se llegaba a un acuerdo material de las partes en litigio, todo Estado que de buena fe se estimara lastimado en sus derechos podía recurrir a la autotutela (represalias o guerra). La guerra misma se consideraba, corno una simple reacción contra una injusticia del adversario.

5) Faltaba toda posibilidad de ejecución jurídica por un órgano ejecutivo central. Pero cualquier Estado podía asegurarse el auxilio de otros Estados, celebrando con ellos tratados de alianza 144.

Esta constitución originaria de la comunidad internacional no surgió de un acto consciente de la voluntad de los Estados, sino que fue desarrollándose en un largo proceso histórico, por la transformación del antiguo orden comunitario medieval.

GENESIS DEL DERECHO INTERNACIONAL CLASICO

CRISIS DE LA COMUNIDAD JERARQUIZADA

INICIO DE LA “MACRO-ETAPA” DEL ESTADO-NACION

La Sociedad

Desde el punto de vista político, la comunidad jerarquizada medieval tuvo la suficiente cohesión como para haber perdurado durante diez siglos y preservado la cristiandad de las acechanzas de no pocos pueblos invasores: sarracenos, mongoles, otomanos, turcos selyúcidas.

A partir del siglo XIII, comenzaron a advertirse síntomas de crisis y descomposición que, en lo político, se manifestaron en intentos cada vez más amplios de romper los lazos de sujeción al Emperador y al Papa, por lo menos en lo temporal.

El proceso comenzó en la península itálica. Por diversos motivos, los señores italianos comenzaron a reivindicar su independencia frente al Emperador, en tanto que debido a las guerras continuas y a la misma intervención del Papa en ellas, no tardaron en considerar a éste también como al soberano de un Estado en igualdad de condiciones con sus pares.

El proceso se fue extendiendo luego a toda la Europa occidental, de manera tal que paulatinamente, en el período que va de los siglos XIII al XVI surgieron entidades políticas (Estados), cuyos soberanos afirmaron, en lo interno, su autoridad sobre los señores feudales menores que fueron obligados a resignar el poder material de que disponían, y en lo externo, la independencia con respecto a todo otro poder temporal.

La crisis consistió en que, si bien se producía el resquebrajamiento del orden medieval en lo político, éste no fue suplantado inmediatamente por un nuevo sistema, el cual sólo se puede dar por constituido, después de la Guerra de los Treinta Años (Paz de Westfalia de 1648).

COMUNIDAD DE ESTADOS EUROPEOS

El nuevo régimen internacional siguió en realidad los lineamientos sugeridos por Bartolo di Sassoferrato. No se reconstituyó un imperio en Europa ni se estableció un nuevo gobierno continental. Los Estados nacionales se afianzaron y recién después de la Guerra de los Treinta Años, en que intervinieron sucesivamente casi todos ellos, con objetivos religiosos y políticos caprichosamente entrelazados, pudo decirse que el nuevo régimen internacional se había afianzado.

La paz de Westfalia de 1648, establecida sobre la base de los tratados de Münster y Osnabrück, reconoció formalmente la nueva situación: la desaparición de la autoridad imperial y el principio de que en adelante la comunidad europea estaba compuesta por Estados, en principio iguales, que no dependían de ninguna autoridad superior. Por otra parte, y así lo establecían los tratados, se reconocía la existencia de una situación de equilibrio de fuerzas entre ellas y la obligación de mantenerlo para el futuro. Surgió así un régimen de coordinación, de características peculiares, que puede denominarse del equilibrio del poder o de la fuerza 145. Además de las grandes potencias, existía una multitud de pequeños y medianos Estados soberanos.

REGIMEN DEL EQUILIBRIO DEL PODER O DE LA FUERZA

El equilibrio de las fuerzas actuantes dentro de una agrupación humana es básico en todo momento para el mantenimiento de la paz o, cuando menos, de la pacificación. Los políticos y diplomáticos que estructuraron la Paz de Westfalia advirtieron que cada uno de los nuevos Estados, carentes de todo poder que disciplinara sus aspiraciones, tenía una tendencia natural a la expansión y que, tal como sucede en la física, la única forma de controlar fuerzas expansivas descentralizadas era oponerles otras de igual magnitud pero de sentido contrario.

Como dice Frederick L. Schuman, “el principio del equilibrio ha surgido más o menos claramente en todo sistema de Estados en que estas entidades han desarrollado una lucha competitiva por el poder. Siempre que tres o más Estados se encuentren en contacto recíproco, se dan las condiciones para que aparezca. En un sistema de Estados compuesto por tres unidades, es obvio que un incremento en el poder de cualquiera de ellos implica una disminución del poder de los otros” 146. El ideal, para que haya equilibrio de poderes, es que no haya menos de cuatro miembros.

Cuando se habla, del equilibrio de la fuerza en la esfera de las relaciones internacionales, los términos tienen una connotación bien definida: se hace referencia a un régimen muy particular, propio de los siglos XVII y siguientes con sus propios repartidores supremos, criterios supremos de reparto y reglas de juego aceptadas para llegar al poder y mantenerse en él.

Repartidores supremos fueron los gobernantes de los principales Estados europeos, y a través de ellos, por supuesto, los grupos de presión o factores de poder más importantes.

Los criterios supremos de reparto consagraban:

1) la responsabilidad colectiva;

2) la seguridad individual;

3) la carencia de órganos centralizados; y

4) el desenvolvimiento del principio supremo de justicia.

Las reglas de juego establecían principalmente la participación abierta y el acceso al poder mundial sobre la base del potencial. Este régimen fue esencialmente de coordinación y estos principios y reglas surgieron por la vía de la ejemplaridad.

Estructura de Poder

En aquella época se desarrolló el principio del equilibrio, que la Paz de Utrecht (1713) convirtió en un principio directivo del DIP. Según este principio, ningún Estado ha de poder llegar a ser tan poderoso que esté en condiciones, solo o en unión a sus aliados, de imponer su voluntad a los demás. Viene así a sustituir la idea comunitaria de la Edad Media, que había sido destruida por la disidencia religiosa.

La consecuencia de esta ruptura tenía que ser un aumento de las fuerzas antagónicas, por lo que la paz no podía asegurarse sino por un equilibrio de fuerzas necesariamente inestable 147.

El principio del equilibrio basado en el balance, es factible, en la medida en que haya una sola ideología y no ideologías en pugna -sistema bipolar-, ya que en este último caso no funciona el balance, sino la “pugna por la primacía” basada en el concepto de “destrucción mutua”.

DESDE LA REVOLUCION FRANCESA HASTA LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

La Revolución francesa trajo consigo una alteración esencial de la comunidad internacional. Aunque en un principio la revolución tuvo una significación meramente interna, al convertir al pueblo en el titular del poder político, este principio pasó a tener alcance internacional, ya que fue proclamado principio de validez universal.

La Revolución francesa se universalizó a partir de la Constituyente, el 18 de mayo de 1790, en la que se propuso completar la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano con una “Declaración del derecho de gentes”, cuyo objetivo era fundar las relaciones entre los pueblos en la moral universal.

Este principio que quería transformar a los Estados, de entidades de señorío territoriales que eran, en comunidades que se gobernasen a sí mismas, no logró imponerse inmediatamente.

Derrotado Napoleón, la Santa Alianza trató de consolidar nuevamente la idea de la legitimidad monárquica. La Santa Alianza plasmó en el tratado que, a propuesta del Zar Alejandro I, firmaron en París los monarcas de Austria, Prusia y Rusia, el 26 de septiembre de 1815, y al que más tarde se adhirieron la mayoría de los Estados europeos, a excepción de Inglaterra, los Estados Pontificios y Turquía. Declaran solemnemente los soberanos en este documento, que se consideran como hermanos a quienes la Providencia encomendó el gobierno de miembros distintos de una misma y única familia cristiana.

Por aquel entonces, surgió también el primer brote de organización supraestatal. La Cuádruple Alianza, creada en la segunda Conferencia de la Paz de París (1815), se convirtió en pentarquía de las grandes potencias europeas, al ingresar en ella Francia en el Congreso de Aquisgrán (1818), proponiéndose como fin el mantenimiento del orden de cosas, establecido por el Congreso de Viena. De ahí que las grandes potencias combatieran no solo toda alteración del status quo internacional, sino también cualquier movimiento revolucionario en el interior de los Estados, reprimiéndolo en caso de necesidad mediante “intervenciones colectivas armadas”.

Esta incipiente organización internacional se basaba, pues, en el doble principio de la hegemonía de las grandes potencias y de su intervención en los asuntos internos de los demás Estados.

Un nuevo principio ordenador del mundo de los Estados había visto la luz: el principio de la estructuración de la comunidad internacional en Estados nacionales. Las premisas de este principio se remontan, en parte, a la Revolución francesa, pero también al romanticismo y a la doctrina internacionalista italiana. El italiano Mancini fue uno de sus ideólogos, quien opuso a los Estados artificialmente constituidos, los Estados nacionales.

Este nuevo principio del Estado nacional se estimaba que aseguraría la paz permanente, bajo la idea de que “las patrias, no hacen la guerra entre sí”.

De hecho, el principio de las nacionalidades transformó completamente el mapa de Europa surgido del Congreso, de Viena 148.

Contra la Santa Alianza fue dirigido el mensaje del presidente de Estados Unidos, James Monroe, al Congreso del 2 de diciembre de 1823, en el que se proclamaba que Estados Unidos, consideraría como una amenaza para la seguridad americana cualquier intento de una potencia europea para “extender su sistema a cualquier parte de América”. La doctrina Monroe consideraba toda ulterior adquisición de colonias en América por potencias europeas, o toda tentativa europea de intervención en la lucha de Iberoamérica por su independencia, como un acto dirigido contra Estados Unidos y que provocaría su reacción. La doctrina Monroe significaba el anuncio de una intervención estadounidense en la política exterior de las potencias europeas 149.

Fueron rápidos los progresos realizados por el DIP positivo desde mediados del siglo XIX, favorecidos por el estado de paz ininterrumpida que desde 1871 reinó entre las grandes potencias europeas y que condujo a una expansión antes jamás soñada del comercio europeo. La seguridad jurídica general, unida a la inviolabilidad de la propiedad privada, por doquier admitida, permitió grandes inversiones de capitales, gracias a las que la producción de mercancías aumentó.

Así se explica que, al amparo del progreso económico y técnico, floreciera un optimismo progresista muy extendido, que confiaba en poder también racionalizar y encauzar, dentro de límites razonables, las luchas de poder entre los Estados, para que no pusieran en peligro las nuevas condiciones de vida.

ARISTOCRACIA DE ESTADOS CON CAPACIDAD DE DECISION

Las cuestiones cruciales de la comunidad internacional eran decididas por los gobernantes de algunos pocos Estados.

Varió a través del tiempo la composición de esta aristocracia internacional; pero en el siglo XIX, después de las guerras napoleónicas, estuvo constituida por los gobiernos de Austria, Francia, Gran Bretaña, Prusia y Rusia.

El principio de las nacionalidades y las unificaciones políticas trajeron consigo algunos cambios. Prusia se convirtió en el Imperio alemán, e Italia surgió como potencia. Austria mantuvo su status gracias a la unión con Hungría, que llevó a la constitución del Imperio Austro-Húngaro. Por otra parte, Gran Bretaña había desarrollado su dominio ultramarino, y mantenido a todo lo largo del siglo un poder naval prácticamente hegemónico: su extraordinario potencial, unido a su supremacía industrial y financiera, la convirtieron así en una potencia superior a las demás.

El aislacionismo británico se explica de esta manera, y porque además, en Europa continental existía el equilibrio que de por sí mantenía el orden y la paz sin necesidad de la intervención británica. Aunque el principio no fue absoluto. Las preocupaciones que le ocasionaba la seguridad de sus rutas imperiales, excluían cualquier aislacionismo de larga duración. Gran Bretaña debió llevar a cabo una vigilancia permanente con respecto a Rusia, cuyas pretensiones sobre los estrechos amenazaban el control británico del Mediterráneo. Es significativo que la única guerra continental en que Gran Bretaña intervino -luego de las napoleónicas- haya sido la de Crimea, destinada a impedir la expansión rusa.

Los principales gobiernos europeos actuaron así de consuno para dar solución a los grandes problemas continentales y, por ende, mundiales. A veces, esta constelación de potencias imponía principios o criterios supremos de reparto, que eran esencialmente de estructura gubernativa. La Santa Alianza impuso el criterio del legitimismo, y el Concierto Europeo se inclinó por el de las nacionalidades.

PARTICIPACION ABIERTA

El régimen era abierto por definición 150. Para acceder al club de las grandes potencias era preciso solamente aceptar las reglas del juego, y poseer un potencial similar al de sus integrantes.

Si bien el régimen era abierto, la movilidad ascendente se hacía difícil, puesto que, existiendo equilibrio de fuerzas, las potencias pertenecientes al club, supremos repartidores del régimen, tenían en sus manos las posibilidades del acceso. Virtualmente, los dos únicos ingresos al club provinieron de regiones extra-europeas: Estados Unidos y Japón. Ello se explica en gran medida por el hecho de que el concierto europeo desestimó la importancia que en el futuro podrían tener estos Estados, ya que el equilibrio era, europeo 151.

RECEPTORES: LOS PAISES PERIFERICOS

Los gobiernos de los países menores tenían poca injerencia en la conducción de los asuntos mundiales. Los europeos no polares, poseían algún poder de mediación y de negociación, en la medida en que su potencial se añadía al de las grandes potencias para el mantenimiento del equilibrio de fuerzas. En cambio, los periféricos no contaban para la aristocracia internacional; eran objetos y no sujetos de la política mundial.

Se puede hablar del periferismo permanente de América Latina. A pesar de la posesión de recursos valiosos que las potencias mayores necesitaban, la capacidad de negociación de la América Latina ha sido generalmente reducida, debido, principalmente, a su total “fragmentación”.

Algunas veces se suele citar la afirmación de Canning en el sentido de que él había “convocado al Nuevo Mundo para restablecer el equilibrio del Viejo”. Lo que Canning quería decir, era que al haber contribuido Gran Bretaña a impedir que España recuperara sus colonias, y evitado que ningún otro país europeo continental las obtuviera, había logrado que esas colonias ya no formaran parte del potencial de ningún Estado del continente, y ello facilitaba el mantenimiento del equilibrio de fuerzas en esa región. Además, comercial y financieramente, incrementaban el poderío británico, y esto facilitaba la tarea al guardián del equilibrio europeo.

Por lo menos en la primera mitad del siglo XIX, muchos de los Estados periféricos no eran Estados en la realidad. Formalmente existían los aparatos de poder, los gobernantes; pero, en gran medida, operaban como apéndices de la metrópolis. A veces la dependencia era “racional” 152, lo que significaba sacar el mejor provecho posible de la situación periférica, pero sin cuestionarla.

Los Valores

Con la Paz de Westfalia, la constitución de la comunidad internacional fue precisando, y en parte modificando, los principios del régimen anterior. Sus principios directivos pueden resumirse del siguiente modo:

1) Los Estados son comunidades territoriales soberanas, que en sus territorios respectivos ejercen el poder supremo y, en principio, exclusivo.

Hoy, esto ya no es posible, por la creciente interdependencia y por el alto grado de transnacionalización.

2) Los Estados pueden disponer entre sí de su territorio según las reglas del derecho privado, en virtud de compraventa, cambio, arrendamiento y pactos de familia.

3) Los Estados son independientes e iguales entre sí.

Esta es una visión jurídica pero no política.

4) La comunidad internacional sigue careciendo de autoridad central. El arbitraje mismo casi desaparece completamente.

5) Los Estados reconocen las normas del DIP, pero cada uno de ellos es el que tiene que decidir bona fide acerca de su aplicación e interpretación. Cada Estado habrá de juzgar, si hubo violación del DIP y cuáles deban ser sus consecuencias (derecho de autodecisión).

6) Los Estados tienen también el derecho de imponer con los medios de la autotutela (represalias o guerra) sus derechos (derecho de autoejecución).

7) La doctrina antiguo-medieval del bellum justum -la guerra se consideraba corno una simple reacción contra una injusticia del adversario- se difumina poco a poco, sustituyéndola la concepción de que todo Estado tiene el derecho de declarar la guerra si así lo exigen sus intereses.

8) En caso de guerra, los terceros Estados son libres de unirse a una de las Partes beligerantes o permanecer neutrales.

La doctrina francesa suele llamar “derecho internacional clásico” al de ese período, que no sufrió alteraciones fundamentales hasta la Primera Guerra Mundial, para distinguirlo así del DIP organizado, que se inició con la creación de la Sociedad de Naciones.

CRITERIOS SUPREMOS DE REPARTO

CONCEPCION DEL ARBITRAJE, LA GUERRA Y LA NEUTRALIDAD

La Norma

Su aplicación permite apreciar en la práctica el funcionamiento del régimen. El arbitraje decayó completamente después de la Paz de Westfalia. Tanto es así que hasta llegar al tratado Jay, del 19 de noviembre de 1794, entre Estados Unidos y Gran Bretaña, no tuvo lugar ningún arbitraje entre los países europeos. En el siglo XIX reaparecieron, pero sobre la base del consentimiento de las partes en el conflicto. Esto tiene su explicación. En un primer momento los Estados nacionales, muy celosos de su soberanía, no aceptaban que un ajeno pudiera arbitrar en sus disputas. Luego se admitió el procedimiento por razones de conveniencia mutua, pero siempre que se contara con el previo acuerdo de los arbitrables.

En esta etapa se está muy lejos de los arbitrajes, en cierta medida obligados, de la comunidad jerarquizada medieval.

En cuanto a la guerra, se admitió su legalidad en todos los casos. En este período ya no se planteó la distinción entre guerras justas e injustas, prohibidas o permitidas.

La comunidad se esforzaba por evitar el conflicto armado mediante el equilibrio de fuerza entre los Estados. Sin embargo, este equilibrio es esencialmente dinámico, ya que se establece en términos de potencial de los Estados y es cambiante por naturaleza. No se descartaba que un Estado pudiera desencadenar una guerra, apreciando que en determinado momento era más poderoso que su oponente. Si esto ocurría, la comunidad ya no podía hacer nada, salvo esperar el desenlace y, por supuesto, aceptar la decisión del vencedor. De aquí la institución de la neutralidad que, no podía justificarse en el momento en que un superior decidía para toda la comunidad cuál de las partes defendía la buena causa 153.

Estructura de Poder

La Revolución Francesa desencadenó una serie de guerras, que significaron la ruptura del equilibrio y culminaron casi en la suplantación del régimen de coordinación por la voluntad de un nuevo Emperador.

El Congreso de Viena, que puso fin a la dominación napoleónica, estableció un nuevo equilibrio, desarrollando en este sentido un papel similar al de la Paz de Westfalia. En el tratado de París, de 1814, se anunciaba, que era el deseo de las partes “poner fin a la gran perturbación experimentada por Europa y al sufrimiento de los pueblos mediante una paz estable basada en una justa división de fuerzas entre las potencias y que sea al mismo tiempo garantía de su permanencia”.

INTENTOS DE GOBIERNO MUNDIAL

El régimen de la comunidad europea no habría variado en absoluto si no se hubieran dado en el siglo XIX intentos de tipo gubernativo, tanto desde el punto de vista de la formalización de la aristocracia de Estados como de la implementación “desde arriba” de criterios supremos de reparto, propios de un plan de gobierno.

En el primer aspecto, cabe señalar la “Santa Alianza” y el “Concierto Europeo”. En cuanto a los criterios que se implementaron, la Santa Alianza pretendió imponer el “legitimismo”, en tanto que el Concierto Europeo se vinculó al principio de las “nacionalidades”.

SANTA ALIANZA: EL LEGITIMISMO

Al mismo tiempo que se realizaban las tratativas de paz post-napoleónicas, algunas de las principales potencias que en ellas intervenían concretaron un acuerdo particular conocido bajo el nombre de Santa Alianza. Sus miembros originales fueron Rusia, Prusia y Austria. Luego se añadió Gran Bretaña, con lo que quedó constituida la tetrarquía, y en 1818, la pentarquía, con la incorporación de Francia.

El objetivo de esta alianza era el de “celebrar reuniones periódicas para considerar importantes intereses comunes y adoptar medidas para preservar la paz y el bien común de los pueblos”. Con esto no se cambiaba la estructura del régimen de la comunidad europea, porque siempre habían sido las grandes potencias las que habían tenido la iniciativa en las situaciones de equilibrio 154 anteriores.

En el Congreso realizado en Troppau, en 1820, la Alianza, reducida ya por ese entonces a sus tres miembros originales, anunció que estaba dispuesta a salir en defensa, empleando las armas sí fuera preciso, de la “legitimidad” de los gobiernos, o sea, en defensa de aquellos monarcas que hubieran sido depuestos por revoluciones.

Esto significaba un cambio estructural, puesto que al orden de repartos que existía, en esencia de coordinación, se añadía un nuevo ingrediente: un principio gubernativo adoptado por los gobiernos que actuaban como repartidores supremos de la comunidad internacional, en cuanto al cumplimiento de ese principio.

Esta política legitimista fracasó cuando la Alianza procedió a ofrecer su ayuda a España para reconquistar sus colonias de América. Fue cuando el presidente Monroe, de Estados Unidos, alentado por el gobierno británico, anunció que todo intento sería considerado inamistoso. Este fracaso señaló el fin del principio legitimista. Tanto Gran Bretaña, como EUA no estaban interesados en que las ex colonias españolas en América fueran recuperadas por su “potencia colonial”, ya que eso impedía que pudieran ejercer su poder neocolonial.

Al perder fuerza la Santa Alianza, se deshizo la pentarquía y, con ella, la organización de las grandes potencias europeas. Después de la expiración del tratado de garantía mutua germano-ruso (1890), se enfrentaron finalmente dos grupos de potencias, la Triple Alianza (Imperio alemán, Austria-Hungría e Italia) y la “Entente Cordiale” (Gran Bretaña, Francia y Rusia), que en 1914, con la Primera Guerra Mundial, interrumpieron el desarrollo del DIP.

CONCIERTO EUROPEO: LAS NACIONALIDADES

Este principio surgió posteriormente. Fue sobre todo Mancini quien opuso a los Estados artificialmente constituidos, los Estados nacionales “creaciones de la naturaleza”. El principio de las nacionalidades trasformó completamente el mapa de Europa surgido del Congreso de Viena. En 1830-1832 se reconoció a Grecia como Estado, puesto que había surgido de un movimiento de liberación. La ola nacional triunfó también en Italia y en Alemania, conduciendo a la constitución del reino de Italia (1861) y del Reich alemán (1871), así como a la secesión de Noruega, antes incorporada a Suecia (1905). También los pueblos cristianos de los Balcanes y Albania lograron, tras duras luchas, la independencia nacional (1878-1913). Los mismos Estados pontificios, cayeron víctimas del principio de las nacionalidades.

El criterio resultó operativo mediante tres procedimientos distintos:

1) por secesión, cuando una nacionalidad se separa de un Estado del cual forma parte para formar un Estado distinto (el caso de Grecia) 155;

2) por anexión, cuando un Estado nacional se apodera de regiones habitadas por personas de su misma nacionalidad (la anexión de los Estados pontificios);

3) por fusión, cuando varios Estados de una misma nacionalidad resuelven formar uno solo (el caso de Alemania).

Para aplicar estos principios y regular las situaciones del equilibrio, los Estados europeos acostumbraron reunirse en conferencias y congresos. Este procedimiento ya había sido planteado en el Congreso de Viena (1815), pues sus miembros habían acordado que no podía admitirse ningún cambio en el status quo internacional sin que los países signatarios se consultaran, para lo cual cada uno de ellos podía tomar la iniciativa en caso de considerarlo necesario.

El procedimiento, mediante el cual los Estados europeos se reunían para decidir los problemas de interés general y, en especial, la solución a darse a situaciones de desequilibrio se denominó Concierto Europeo.

Estos procedimientos se intentaron reglamentar en Conferencias celebradas en La Haya, pero fracasaron en sus propósitos. La razón es que lo que se acordó en ellas no variaba en lo más mínimo las bases del régimen imperante hasta ese momento. Aun si efectivamente se hubiera acordado el recurso obligatorio al arbitraje o a otros medios pacíficos para resolver las controversias que se suscitaran y se hubiera aceptado un plan para la reducción de los armamentos, las normas correspondientes habrían sido inexactas si al mismo tiempo no se acordaba un cambio en la misma estructura del régimen.

Mientras los Estados continuaran siendo legisladores, ejecutores y jueces; mientras no se iniciara un proceso de centralización y se eliminara paulatinamente el primitivismo 156 del régimen de la comunidad internacional, por más declaraciones que se hicieran, la paz sólo podría mantenerse en forma indirecta por el procedimiento mecánico del equilibrio de fuerzas.

El sistema en que se basaba esta concepción de la comunidad internacional había sido, en general, satisfactorio durante el siglo XIX. Hubo guerras, pero fueron guerras limitadas, en cierto sentido controladas en cuanto a sus efectos y su extensión por los demás miembros de la comunidad. Era preciso, tal como suele suceder en el origen de los cambios sociales y políticos más importantes de la humanidad, que un episodio dramático señalara la necesidad de hallar una nueva solución. Este acontecimiento fue la primera guerra mundial 157.

De todas formas, el equilibrio se mantuvo a través de un sistema “mecánico y político”, que fue la generación de alianzas ad hoc, para establecer un “balance” de poderes, cuando el equilibrio fuera roto por alguno de los miembros.

La Norma

Durante toda esta etapa, se desarrollaron, tres grandes ramas del DIP: el derecho de las comunicaciones, el encaminado a prevenir la guerra, y el destinado a humanizarla.

El derecho internacional de las comunicaciones fue estimulado por la trama cada vez más compleja de las economías nacionales, que condujo al establecimiento de numerosas uniones administrativas internacionales.

El derecho de la guerra fue desenvuelto por la Conferencia de la Paz de París, de 1856, en la que se aprobó la Declaración de derecho marítimo el 16 de abril. Luego, por las Convenciones de Ginebra del 22 de agosto de 1864 y 6 de julio de 1906; la Convención de San Petersburgo de 1868, sobre el uso de explosivos en la guerra, y las, dos Conferencias, de la Paz de La Haya (1899 y 1907). Finalmente, por la Declaración de derecho marítimo de Londres de 1909.

El siglo XIX trajo una renovación del arbitraje, postergado desde fines de la Edad Media, aunque los tratados de arbitraje suelen excluir del mismo los litigios que atañen al honor, la independencia o los intereses vitales de una de las partes. Se fundó, en 1899, el Tribunal de Arbitraje de La Haya, que consiguió resolver pacíficamente cierto número de litigios internacionales, algunos de ellos entre grandes potencias, como el de Casablanca, suscitado entre Alemania y Francia (1909). Por otra parte, los tratados Bryan afirmaron el principio de que todos los litigios no sometidos a arbitraje fueran entregados a una mediación antes de que se pudiera recurrir a las armas.

No existía el deber general de usar uno u otro procedimiento, y los Estados quedaban jurídicamente en libertad para recurrir a la autotutela 158 si no habían asumido convencionalmente la obligación contraria 159.



© DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Reformulación del Orden Mundial: El Fin de una "Macro-Etapa", (Buenos Aires, Edic. del Autor, 2003), ISBN: 987-43-6266-9.


Foto AutorEsta página fue hecha por: Luis DALLANEGRA PEDRAZA

Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (Universidad Nacional de Rosario, Argentina). Profesor y Evaluador en Cursos de Grado, Postgrado y Doctorado en el país y en el exterior.  Director del Centro de Estudios Internacionales Argentinos (CEINAR) y de la Revista Argentina de Relaciones Internacionales, 1977-1981. Miembro Observador Internacional del Comité Internacional de Apoyo y Verificación CIAV-OEA en la "desmovilización" de la guerrilla "contra" en Nicaragua, 1990. Director de Doctorado en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario, Rosario, Argentina, 2002-2005. Investigador Científico del "Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas" (CONICET).

e-Mail: luisdallanegra@gmail.com


143 Ver Puig, Juan Carlos, Derecho de la Comunidad Internacional, Vol. I, Parte General, (Buenos Aires, Depalma, 1974), págs. 41-89.

144 Ver Verdross, Alfred, Derecho Internacional Público, (Madrid, Aguilar, 1963), págs. 35-36.

145 Ver Puig, Juan Carlos, Derecho de la Comunidad Internacional, Vol. I, Parte General, (Buenos Aires, Depalma, 1974), págs. 41-89.

146 Ver Puig, Juan Carlos, Derecho de la Comunidad Internacional, Vol. I, Parte General, (Buenos Aires, Depalma, 1974), págs. 41-89.

147 Ver Verdross, Alfred, Derecho Internacional Público, (Madrid, Aguilar, 1963), pág. 36.

148 En 1830-32 se reconoció a Grecia como Estado nacional, nacido de un movimiento nacional de liberación. La oleada nacional triunfó también en Italia y en Alemania, conduciendo a la implantación del reino de Italia (1861) y del Reich alemán (1871), así como a la secesión de Noruega, antes incorporada a Suecia (1905). También los pueblos cristianos de los Balcanes y Albania, lograron, tras duras luchas, la independencia nacional (1878-1913). Por el contrario, Suiza se mantuvo como Estado de nacionalidades, lo mismo que el reino de Bélgica, fundado en 1830, y hasta 1918 el imperio de Austria, que después de su salida de la Confederación Germánica (1866) se había transformado en la monarquía austrohúngara (1867), y, finalmente, el imperio ruso, que abarcaba a muchos pueblos. Pero también en estos Estados plurinacionales despertó la idea nacional. De ahí que hacia fines del siglo XIX surgiera en la mitad austriaca del imperio austrohúngaro el derecho de las nacionalidades, basado en el principio del respeto y la igualdad de derechos de todas las estirpes austriacas.

149 Un análisis más detallado de la Doctrina Monroe y su forma de aplicación en DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Relaciones Políticas entre Estados Unidos y América Latina: ¿Predominio “monroista” o Unidad Americana?, (Buenos Aires, Edición del Autor, 1994)

150 A diferencia de un sistema bipolar que es cerrado por definición.

151 Ver Puig, Juan Carlos, Derecho de la Comunidad Internacional, Vol. I, Parte General, (Buenos Aires, Depalma, 1974), págs. 41-89.

152 Esta ha sido la conducta característica de la Argentina durante el siglo XIX y, salvo en muy escasas ocasiones, durante el siglo XX.

153 Este mismo criterio ha sido impuesto por EUA en el contexto del bloque occidental y la URSS en el del bloque oriental durante la etapa de la guerra fría. La forma en que EUA manejó el Sistema Interamericano es demostrativa de ello. Pareciera que en la actualidad, particularmente post 11 de septiembre del 2001, se están profundizando este tipo de prácticas. Se observa en las actitudes que adopta EUA frente al resto de la comunidad internacional.

154 “Equilibrio del Sistema” que ellas mismas crearon y conducen.

155 A partir de la desintegración de la URSS, en la que se han dado una gran cantidad de secesiones, proliferan los casos. En la ex Yugoslavia ocurrió el mismo principio, así como en Checoslovaquia que, de común acuerdo –a diferencia de los casos anteriores que fue traumático-, se dividió en “checos” y “eslovacos”; y en varios Estados africanos.

156 Primitivismo, por basarse en la estructura del poder, y no en un esquema “racional” resultante de un “pacto” global.

157 Ver Puig, Juan Carlos, Derecho de la Comunidad Internacional, Vol. I, Parte General, (Buenos Aires, Depalma, 1974), págs. 41-89.

158 Se trata de una conducta defensiva, por la que un Estado se limita a rechazar por la fuerza, un ataque violento y antijurídico contra su territorio, sus buques o cualquier otro órgano estatal.

159 Ver Verdross, Alfred, Derecho Internacional Público, (Madrid, Aguilar, 1963), pág. 36.