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El eje económico tiende a multipolarizar el sistema mundial, no solo a partir de la multiplicidad de Estados-Nación con capacidades de competir, sino también debido al rol creciente de las corporaciones transnacionales. En este eje, EUA no tiene ventajas comparativas exclusivas y excluyentes, debe competir bis a bis con otros Estados y regiones.
El cambio de paradigma de producción hacia el modelo de redes ha alentado al poder creciente de las corporaciones transnacionales más allá y por encima de las fronteras tradicionales de los Estados-Nación. La novedad de esta relación debe ser reconocida en los términos de la prolongada lucha por el poder entre los que controlan los factores económicos y el Estado.
No cabe duda que es el sector privado el que quiere la “privatización” del Estado y la disminución de su rol. Este no es un hecho académico o político, sino de intereses. Que los gobiernos obedezcan a las presiones del sector privado o a la ideología dominante, no tiene nada que ver con las verdades, sino con los intereses de sectores [149].
Las compañías multinacionales fueron soberanas al operar en los territorios coloniales o pre-coloniales, estableciendo su propio monopolio de la fuerza, su propia policía, sus propias cortes. La relación entre Estado y las empresas cambió gradualmente en los siglos XIX y XX cuando la crisis amenazó crecientemente el desarrollo del capital. En Europa y EUA las corporaciones, trusts y carteles crecieron hasta establecer cuasi-monopolios sobre industrias específicas y conglomerados industriales, extendiéndose mucho más allá de las fronteras nacionales. La formación de monopolios y cuasi-monopolios también socavó las capacidades de control del Estado, y con ello las enormes corporaciones ganaron poder para imponer sus intereses particulares sobre el interés colectivo [150].
Hoy ha madurado plenamente una nueva fase de esta relación, en la que las grandes corporaciones transnacionales han sobrepasado efectivamente la jurisdicción y autoridad de los Estados-Nación. Pareciera, entonces, que esta centenaria dialéctica ha llegado a su fin: el Estado ha sido vencido y las corporaciones gobiernan ahora la Tierra. Sin el Estado, el capital social no tiene medios para proyectar y realizar sus intereses colectivos. ¿Deberá refundarse la función del Estado en cuanto a controlar al sector privado y proteger los intereses comunes?
Las corporaciones transnacionales y las redes globales de producción y circulación han socavado los poderes de los Estados-Nación, las funciones y elementos constitucionales del Estado se han desplazado efectivamente a otros niveles y dominios. El concepto de soberanía nacional está perdiendo efectividad.
La noción de la política como una esfera independiente de determinación del consenso y ámbito de mediación entre las fuerzas sociales en conflicto se ha perdido. El consenso está determinado más significativamente por factores económicos, tales como el equilibrio de los balances comerciales y la especulación con el valor de las divisas. Tal vez sea ésta la nueva forma de legitimidad y de gobernabilidad. El consenso se determina por mecanismos que no son los políticos tradicionales. Los controles son articulados por intermedio de una serie de cuerpos y funciones internacionales; por ejemplo, el FMI -que se ha transformado en una “calificadora pública de riesgo país”-, las calificadoras de riesgo país, etc. Los políticos no desaparecen, lo que desaparece es toda noción de autonomía de la política. Los políticos representan al nuevo sistema de poder, que ha dejado de ser el pueblo o la Nación; ahora se ocupan de hacer realidad la ideología del que controla el régimen. La “gobernabilidad” se maneja con diferentes criterios de “representatividad” y de “legitimidad” que los tradicionales.
Hoy también podemos ver que las formas tradicionales de resistencia, tales como las organizaciones de los trabajadores que se desarrollaron durante la mayor parte del siglo XIX y XX, han perdido gran parte de su poder. La declinación de las esferas tradicionales de la política y de la resistencia es complementada con la transformación del Estado-Nación, de tal modo que sus funciones se han integrado a mecanismos de comando en el nivel global de las corporaciones transnacionales. Ahora, el poder es constitucionalizado en un nivel supranacional o transnacional.
Cuando analizamos las configuraciones del poder global podemos reconocer una estructura piramidal compuesta por tres escalones progresivamente más anchos, cada uno de los cuales contiene múltiples niveles.
2) En un segundo nivel, un grupo de Estados-Nación controla los instrumentos monetarios globales primarios y con ello tienen la capacidad de regular los intercambios internacionales. Estos Estados-Nación están reunidos en una serie de organismos -el G7, los clubes de París y Londres, Davos, etc-. Hay que agregar también el rol de los actores trasnacionales que manejan especialmente el flujo financiero.
3) Finalmente, en un tercer nivel, hay un conjunto heterogéneo de asociaciones -incluyendo más o menos a los mismos poderes que ejercen la hegemonía en lo militar y lo monetario- que despliegan poder cultural y político a escala mundial.
2) En un nivel subordinado al poder de las corporaciones transnacionales, reside el conjunto de Estados-Nación soberanos, que ahora son organizaciones locales, territoriales. Los Estados-Nación cumplen diversas funciones: mediación política respecto de los poderes globales hegemónicos, negociaciones con las corporaciones transnacionales, y redistribución del ingreso según las necesidades políticas al interior de sus propios territorios limitados. Los Estados-Nación capturan y distribuyen los flujos de riqueza hacia y desde el poder global, y disciplinan a su propia población en la medida en que esto sea posible mediante gobiernos funcionales a la ideología y disfuncionales a las naciones.
Gráfico 9 Configuración del Poder Global
También en el tercer escalón, el pueblo global está representado más clara y directamente no por cuerpos gubernamentales sino por una variedad de organizaciones que, al menos, son relativamente independientes de los Estados-Nación y el capital. Estas organizaciones son consideradas como parte de una sociedad civil global, canalizando los deseos y necesidades de la multitud en formas que puedan ser representadas dentro del funcionamiento de las estructuras de poder global.
Mientras los que controlan los factores económicos atacan a los poderes del Estado-Nación desde arriba, las ONG’s y OSC funcionan como una estrategia paralela desde abajo [151]. Muchos ven -Petras por ejemplo- a las ONG’s como agentes del neoliberalismo, desde “abajo”. Tal vez ciertas organizaciones con fines de lucro cumplan con esta función, más que las organizaciones vinculadas a derechos humanos, del trabajador, del desocupado, de los pueblos indígenas, etc., que son sin fines de lucro.
Existe un grupo de ONG’s y OSC que buscan representar a los más marginales, aquellos que no pueden representarse a sí mismos. Estas ONG’s y OSC, a veces caracterizadas globalmente como organizaciones humanitarias, son de hecho las que se han ubicado entre las más poderosas y prominentes en el orden global contemporáneo. Su mandato no es para con los intereses particulares de ningún grupo limitado sino que representa directamente los intereses humanos globales. Ciertas organizaciones de derechos humanos [152] defienden la vida humana contra la tortura, el hambre, las masacres, el encarcelamiento y el asesinato político. Su acción política se basa en un llamamiento moral universal.
Para Polibio el Imperio Romano representó la cúspide del desarrollo político porque asoció las tres “buenas” formas de poder: la monarquía, la aristocracia y la democracia, encarnadas en las personas del Emperador, el Senado y la popular comitia. El Imperio que enfrentamos contiene estas tres formas de poder: la unidad monárquica del poder y su monopolio mundial de la fuerza en la que está representado EUA en el contexto de la OTAN; las articulaciones aristocráticas mediante las corporaciones transnacionales y los Estados-Nación; y los comitia representativos-democráticos, presentados bajo la forma de los Estados-Nación junto con los distintos tipos de ONG’s y OSC y otras organizaciones populares.
En ciertos aspectos el modelo original de Polibio de la constitución del Imperio está representado en la realidad actual. Hoy nos hallamos nuevamente en una fase genética del poder y su acumulación, en la cual las funciones son vistas principalmente desde el ángulo de las relaciones y la materialidad de las fuerzas, antes que desde la perspectiva de un posible equilibrio [153].
Soberanía y manejo de los factores económicos no son compatibles. Mientras la soberanía se maneja con límites territoriales y el imperium en su interior, el manejo de los factores económicos no admiten límites territoriales.
Se pasa de una soberanía centralizada en el Estado-Nación, hacia una soberanía descentralizada, generada por la expansión del capital y, por ende, el debilitamiento del Estado-Nación; lo que permite la “gobernabilidad” en términos internacionales, aunque no nacionales.
El Estado-Nación soberano constituiría el “anti-orden” en un mundo en el que los actores transnacionales son los que manejan las relaciones. Por ello es necesario que el Estado se “desregule” y predominen las regulaciones supraestatales, al estilo del FMI, el BM, la OMC, etc.; a la vez que actores extra-estatales se encargan de ver que esto ocurra, “calificando” el riesgo que cada país puede generar a los que controlan los factores de la economía, como las calificadoras de riesgo privadas o la calificadora de riesgo pública que constituye el FMI en su nueva función.
Se necesitan corruptos y cipayos para que el imperio domine en la periferia y que la periferia sea funcional a los intereses del imperio.
En la medida en que el Estado-Nación va perdiendo poder, el pueblo va perdiendo identidad, ya que se va “mundializando” o “globalizando”. Lo que nos conecta ahora, no es la idea de cultura, historia, idioma, sino internet y el consumo.
La construcción del mercado mundial ha consistido primeramente en la deconstrucción de los mercados nacionales, particularmente desde el punto de vista monetario; la disolución de los regímenes nacionales y/o regionales de regulación monetaria, y la subordinación de los mercados a las necesidades de los poderes financieros.
El Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), sanciones a través del FMI, Consenso de Washington de 1989, etc., constituyen la nueva forma de ir controlando la periferia. Desde el punto de vista estratégico-militar, EUA sigue teniendo el monopolio, aunque con el terrorismo, ese monopolio se ve disminuido, al menos en cuanto a su efectividad; pero desde el punto de vista financiero y comercial, no son los Estados los que tienen control, sino que la globalización es transnacional.
Los sistemas contemporáneos de comunicación no están subordinados a la soberanía; por el contrario, la soberanía parece estar subordinada a la comunicación y a quienes controlan su contenido.
En
el marco de los “niveles de la pirámide”, el manejo de lo
estratégico-militar, es lo monárquico, el manejo del
mercado es lo aristocrático y el manejo de las comunicaciones es
la democracia, aunque, en gran medida, con componente transnacional y
valores y control estatal imperial.
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