Tapa Orden Mundial Imperial

 

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Capítulo IV

OTRAS VISIONES DE ORDEN MUNDIAL

DE LA SOBERANIA MODERNA A LA SOBERANIA IMPERIAL

En el año 2000 apareció una tesis respecto del orden mundial, desarrollada por dos profesores, Michael Hardt y Antonio Negri y publicada por la Universidad de Harvard [76].

Su idea es que junto con el mercado global y los circuitos globales de producción, ha emergido un nuevo orden, una nueva lógica y estructura de mando, una nueva forma de soberanía. El Imperio es el sujeto político que regula estos cambios globales, el poder soberano que gobierna al mundo. Según ellos, frente al proceso de globalización, la soberanía de los Estados-Nación, aunque aún es efectiva, ha declinado progresivamente.

Su hipótesis básica es que la soberanía ha tomado una nueva forma, compuesta por una serie de organismos nacionales y supranacionales unidos bajo una única lógica de mando. Esta nueva forma global de soberanía es lo que llaman Imperio. El pasaje al Imperio emerge del ocaso de la soberanía moderna.

A diferencia de lo que opina Manuel Castells respecto de la UE, que está generando una nueva construcción política, pero que abandona el esquema tradicional “piramidal”, basado en el equilibrio de poderes, para orientarse en el sentido de una “red”.

Castells se pregunta, hasta qué punto la negación del Estado-Nación no es una nueva exageración del neoliberalismo, feliz de anunciar la apertura definitiva de las puertas al campo del mercado. No obstante considera, al igual que otros, que el Estado-Nación parece, cada vez menos capaz de controlar la globalización de la economía, de los flujos de información, de los medios de comunicación y de las redes criminales.

En la UE el proceso de pérdida de soberanía es patente. Sin embargo, para no ser marginados de la competencia internacional, los Estados europeos decidieron, aunar sus fuerzas, pero al hacerlo han eliminado los últimos restos de soberanía económica. Con una moneda única, un Banco Central Europeo y mercados integrados, no pueden darse políticas económicas nacionales. Incluso los presupuestos de cada país tendrán márgenes muy estrechos entre las obligaciones históricamente contraídas (tales como seguridad social), los criterios de los mercados financieros y la armonización con los criterios europeos.

Al menos en el ámbito de la Unión Europea, se ha pasado, según Manuel Castells, a vivir en una nueva forma política: el “Estado red”. Es un Estado hecho de Estados-Nación, de naciones sin Estado, de Gobiernos autónomos, de ayuntamientos, de instituciones europeas de todo orden -desde la Comisión Europea y sus comisarios al Parlamento Europeo o el Tribunal Europeo, la Auditoria Europea, los Consejos de Gobierno y las comisiones especializadas de la Unión Europea- y de instituciones multilaterales como la OTAN y las Naciones Unidas, y también de actores transnacionales. Todas esas instituciones están, además, cada vez más articuladas en redes de organizaciones no gubernamentales u organismos intermedios como son la Asociación de Regiones Europeas o el Comité de Regiones y Municipios de Europa. La política real, es decir, la intervención desde la Administración pública sobre los procesos económicos, sociales y culturales que forman la trama de nuestras vidas, se desarrolla en esa red de Estados y trozos de Estado cuya capacidad de relación se instrumenta cada vez más sobre la base de tecnologías de información.

Por tanto, para Manuel Castells, no estamos ante el fin del Estado, ni siquiera del Estado-Nación, sino ante el surgimiento de una forma superior y más flexible de Estado que engloba a las anteriores, agiliza a sus componentes y los hace operativos en el nuevo mundo con la condición de que renuncien al orden y mando [77].

Hardt y Negri observan también una nueva forma de construcción imperial ajena a la tradicional, pero que sigue siendo “piramidal”. Dicen, que muchos ubican a la autoridad última que gobierna el proceso de globalización y del nuevo orden mundial en EUA. Los que sostienen esto ven a EUA como el líder mundial y única superpotencia, y sus detractores lo denuncian como un opresor imperialista. Ambos puntos de vista se basan en la suposición de que EUA ha reemplazado a las naciones europeas en el manejo del poder mundial. Si el siglo XIX fue un siglo británico, entonces el siglo XX ha sido un siglo de EUA. Si la modernidad fue europea, entonces la posmodernidad es de EUA [78]. Aquellos que están en desacuerdo, la crítica más condenatoria que pueden hacer es que EUA está repitiendo las prácticas de los viejos imperialismos europeos, mientras que los que están de acuerdo, celebran a EUA como un líder mundial más eficiente y benevolente, haciendo bien lo que los europeos hicieron mal.

La hipótesis básica de Hardt y Negri, es que una nueva forma imperial de soberanía está emergiendo, y contradice ambos puntos de vista. EUA no puede, e, incluso, ningún Estado-Nación puede hoy, constituir el centro de un proyecto imperialista. El imperialismo ha concluido. Ninguna Nación será líder mundial, del modo que lo fueron las naciones modernas europeas [79].

Desde esta perspectiva, debe considerarse:

1) el concepto de Imperio incluye a un régimen que, abarca a la totalidad espacial, o que gobierna sobre todo el mundo. Ninguna frontera territorial limita su reinado.

2) El concepto de Imperio no se presenta a sí mismo como un régimen histórico originado en la conquista típica del imperialismo, sino como un orden.

Estaríamos en una etapa de transición desde el derecho soberano de los Estados-Nación y el derecho internacional que provino de allí, hacia las primeras figuras globales posmodernas del derecho imperial. Para Hardt y Negri, la noción de orden internacional que la modernidad europea continuamente ha propuesto y repropuesto, al menos desde la Paz de Westfalia, se halla en crisis.

Otros ubican la etapa de crisis y transición entre el orden estatal y el imperial en el tiempo de las guerras napoleónicas, o tal vez su origen se ubique en el Congreso de Viena y el establecimiento de la Santa Alianza  [80].

Para Hardt y Negri el nacimiento de la ONU al final de la 2da GM reinició, consolidó y extendió este desarrollado orden jurídico internacional, que fue al principio europeo, pero progresivamente se ha vuelto completamente global. La ONU puede ser comprendida como la culminación de todo este proceso constitutivo que revela las limitaciones de la noción de orden internacional yendo más allá de él, hacia una nueva noción de orden global.

En este sentido, a mi criterio, Hardt y Negri confunden y mezclan el rol de los “repartidores supremos” -poder- como EUA o las potencias europeas con el de los “reguladores” -encargados de que se cumpla el “orden de repartos”- como la ONU. La Carta de la ONU constituyó el régimen escrito del sistema internacional bipolar en el que los “repartidores supremos” estaban reflejados en el CS.

La idea “kelseniana” [81] de que el derecho se volviera una “organización de la humanidad y pudiera en consecuencia identificarse con la suprema idea ética” muestra la perspectiva cargada de idealismo-juridicista del planteo de Hardt y Negri. Según los autores, Hans Kelsen, quiso ir más allá de la lógica del poder en las relaciones internacionales, de modo que “los Estados particulares puedan ser vistos jurídicamente como entidades de igual rango” y así podría formarse un “Estado mundial y universal”, organizado como una “comunidad universal superior a los Estados particulares, incorporándolos a todos dentro de sí misma”  [82].

Esto, más allá de ser ingenuo en cuanto a sus objetivos, epistemológicamente, es pretender mostrar que la ciencia política y el derecho operan a compartimentos estancos. Pretender separar la lógica del poder y el derecho, es no comprender el funcionamiento del sistema político, sea estatal o internacional. El derecho, termina reflejando e institucionalizando, la lógica del poder. De por sí, no es esto, justamente, lo que está haciendo el gobierno de George W. Bush, ni lo que vino haciendo históricamente EUA  [83].

Según Hardt y Negri, en las ambiguas experiencias de la ONU comenzó a tomar forma el concepto jurídico del Imperio. De todas formas, según ellos, las respuestas teóricas hacia la constitucionalización de un poder mundial supranacional, han sido totalmente inadecuadas. Para ellos, la “analogía doméstica” se volvió la herramienta metodológica fundamental en el análisis de las formas de orden internacional y supranacional. Las variantes “hobbesianas” enfocaron primariamente la transferencia del título de soberanía y concibieron a la constitución de la entidad soberana supranacional como un acuerdo contractual basado en la convergencia de sujetos estatales preexistentes [84]. Un nuevo poder trascendente, concentrado básicamente en las manos de los militares sería, según esta escuela, el único medio capaz de constituir un sistema internacional seguro y así superar la anarquía que los Estados soberanos necesariamente producen. Contrariamente, según la variante “lockeana”, el mismo proceso se proyecta en términos más descentralizados y pluralistas. En este marco, cuando se logra la transferencia hacia un centro supranacional, emergen redes de contrapoderes locales, constitucionalmente efectivas, para contestar y/o apoyar a la nueva figura del poder. Más que seguridad global, lo que Hardt y Negri proponen es un constitucionalismo global. Esto equivaldría, según ellos, a un proyecto para superar los imperativos del Estado, constituyendo una sociedad civil global.

Mientras la hipótesis “hobbesiana” enfatiza el proceso contractual que origina una nueva unidad y un poder supranacional trascendental, la hipótesis “lockeana” apunta hacia los contrapoderes que animan al proceso constitutivo y apoyan al poder supranacional. En ambos casos, según los autores, el nuevo poder global es presentado meramente de modo análogo a la concepción clásica del poder soberano nacional de los Estados. En lugar de reconocer la nueva naturaleza del poder imperial, las dos hipótesis simplemente insisten en las antiguas formas heredadas de la constitución del Estado: una forma monárquica en el caso “hobbesiano”, una forma liberal en el “lockeano”. Según Hardt y Negri, lo que no comprendieron es que la soberanía imperial marca un cambio de paradigma. Para ellos, paradójicamente, sólo la concepción de Kelsen apuntó al problema real, aún cuando esa concepción se limitara a un punto de vista estrictamente formal. ¿Qué poder político que ya exista o pueda ser creado -se debió preguntar Kelsen, dicen ellos- es apto para una globalización de las relaciones económicas y sociales? ¿Qué fuente jurídica, qué norma fundamental, y qué comando puede sostener un nuevo orden y evitar la caída en el desorden global?

Su visión carece de realismo. El sistema internacional se encuentra en un estado aún demasiado “embrionario” como para que se alcance tal grado racional de organización  [85], similar a la estatal. La sociedad civil global, recién está en formación.

Hardt y Negri, siguiendo los criterios de Immanuel Wallerstein [86] consideran que, en términos constitucionales, los procesos de globalización ya no son sólo un hecho sino, también, una fuente de definiciones jurídicas que tienden a proyectar una figura supranacional única de poder político.

Entretanto, otros teóricos  [87] se resisten a reconocer un cambio mayor en las relaciones globales de poder, porque observan que los Estados-Nación capitalistas dominantes continúan ejerciendo una dominación imperialista sobre las otras naciones y regiones del mundo. Desde esta perspectiva, las tendencias contemporáneas hacia el Imperio no representarían un fenómeno de globalización o mundialización, sino, simplemente, un perfeccionamiento del imperialismo.

El punto de partida de Hardt y Negri para el estudio sobre el Imperio se orienta hacia una nueva noción del derecho, o, más aún, una nueva inscripción de la autoridad y un nuevo diseño de la producción de normas e instrumentos legales de coerción que garanticen los contratos y resuelvan los conflictos. Piensan en términos de “constitución”, más que de estructura de poder.

De acuerdo con su criterio, las nuevas formas jurídicas revelan una primera visión de la tendencia hacia la regulación centralizada y unitaria del mercado mundial y las relaciones globales de poder, con todas las dificultades que presenta dicho proyecto. Las transformaciones jurídicas apuntan efectivamente hacia cambios en la constitución material del orden y poder mundial.

Tal vez, lo que quieren significar, es que el “régimen” que se genera, es la resultante de la “direccionalidad” dada por las fuerzas vigentes, y la correlación de fuerzas muestra una construcción imperial  [88].

De esta manera, se estaría gestando un “derecho imperial” por sobre el derecho internacional. En la antigua Roma imperial, el concepto de Imperio unió categorías jurídicas y valores éticos universales, haciéndolos funcionar juntos como un todo orgánico. Cada sistema jurídico es, según Hardt y Negri, la cristalización de un conjunto de valores, porque la ética forma parte de la materialidad de cada fundación jurídica. Los valores, de por sí, tienen que ver con las características societales y la estructura de poder vigente. De esta manera, el sistema jurídico, es la resultante de los valores y el poder dominantes  [89].

De acuerdo con Hardt y Negri, el concepto de Imperio es presentado como un concierto global bajo la dirección de un único conductor, un poder unitario que mantiene la paz social y produce sus verdades éticas. Y para alcanzar estos fines, al poder único se le otorga la fuerza necesaria para conducir, cuando sea necesario, “guerras justas” en las fronteras, contra los “bárbaros”, e internamente contra los “rebeldes”.

Un ejemplo de la nueva tendencia está dado por el renovado interés en el concepto de “bellum justum”, o “guerra justa”. Este concepto, que estuvo orgánicamente ligado a los antiguos órdenes imperiales, ha comenzado a reaparecer, particularmente en el transcurso de la Guerra del Golfo en 1991  [90]. Tradicionalmente, este concepto descansa primariamente en la idea de que cuando un Estado se halla a sí mismo confrontado con una amenaza de agresión que puede poner en peligro su integridad territorial o independencia política, tiene un “jus ad bellum” (derecho a hacer guerra). Sin embargo, esto sólo puede hacerlo en defensa propia y su ejercicio está limitado al momento en que toma medidas el Consejo de Seguridad (CS) de la ONU  [91].

La Carta de la ONU establece en su Art. 43 la creación de una fuerza armada. Sin embargo, tales fuerzas armadas nunca se establecieron. A cambio, EUA creo la OTAN en 1949, y otros organismos de seguridad colectiva como el TIAR (1947) [92], la SEATO, ANZUS y CENTO (en el Medio Oriente, del que no es miembro, pero sí Gran Bretaña) y en 1955 la URSS creó el Pacto de Varsovia, como respuesta; debilitando, ambas grandes potencias, toda posibilidad de la ONU de cumplir con los objetivos del Capítulo VII  [93]. Estos sistemas de seguridad colectiva no están subordinados a la ONU ni pertenecen a la ONU, más allá de que cumplan con el Art. 52 de la Carta. De todas formas, el caso Kosovo (1999) no fue tratado respetando el Art. 53, en el que es el CS de la ONU quien debe tomar decisiones, y no un organismo regional, como por ejemplo la OTAN  [94].

Las medidas de autodefensa preventivas no están cubiertas por el Art. 51 de la Carta de la ONU.

De todas formas, EUA ha introducido el nuevo concepto de “intervención preventiva” o “guerra preventiva” [95], particularmente luego de los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001. Este es el hito en el que el gobierno de EUA vuelca las tendencias del sistema mundial, del eje económico, en el que tiene que competir bis a bis con Europa y Asia, hacia el eje estratégico-militar, en el que tiene ventajas comparativas y competitivas exclusivas y excluyentes y le permite llevar adelante su objetivo de construcción imperial.

GUERRA PREVENTIVA Y PODER IMPERIAL

Lejos de repetir nociones antiguas o medievales, sin embargo, los conceptos actuales presentan ciertas innovaciones. La guerra justa ya no es, en ningún sentido, una actividad de defensa o resistencia, como lo fue, por ejemplo, en la tradición cristiana desde San Agustín hasta los escolásticos de la Contrarreforma, como una necesidad de la “ciudad mundial” para garantizar su propia supervivencia. Se ha vuelto, una actividad que se justifica por sí misma. En este concepto de guerra justa se combinan dos elementos distintos:

1) La legitimación del aparato militar, en tanto está éticamente basado; y

2) la efectividad de la acción militar para alcanzar la paz y el orden deseados  [96].

La “justicia” ha quedado como un objetivo secundario en el marco de la ONU, y en el concepto de las grandes potencias, está subordinada al orden, su mantenimiento o restablecimiento y no a las demandas hechas por los “desordenadores” o reclamantes. Hay una ecuación compleja que resolver entre el grado de “concentración” de poder entre pocos actores -uno, dos o pocos más de cuatro- y el grado de difusión de poder entre muchos actores con alícuotas porciones de poder. Dependiendo de una u otra hipótesis, resultará un tipo de orden y un tipo de justicia subordinada al orden emergente o vigente [97].

Sería legítimo que la ONU operara a través del Art. 43 y no EUA -que con sus actitudes pretende reemplazar a la ONU- como lo ha hecho en los casos de Irak en 1991, Kosovo en 1999, Afganistán en el 2001, Irak en el 2003 y continúa su camino. No obstante, EUA se está comparando con la ONU y mostrando su “lentitud” en la toma de decisiones y su “ineficiencia” por lo que insta a lo que llama la “comunidad internacional” a seguir sus pasos en defensa del “bien”.

Vuelvo a insistir con la pregunta: ¿a qué se llama “comunidad internacional”?

Si estuviéramos en el marco de la ONU, la comunidad internacional, desde el punto de vista numérico y jurídico, estaría representada en la AG, aunque desde el punto de vista del poder, esté representada en el CS. EUA hace referencia a la comunidad internacional, pero ésta -la numérico-jurídica- está totalmente inhabilitada para tomar decisiones. La AG sólo cumple un papel decorativo en la ONU y carece de la más mínima influencia sobre las decisiones del CS aunque tuviera el voto mayoritario. Desde esta perspectiva, es el poder y no la representación numérica quien decide el destino de la seguridad, la paz y la estabilidad del planeta, a la vez que decide que es justo y qué no.

Gráfico 8 Posibilidad del Orden Justo

Posibilidad del Orden Justo

El cambio de paradigma que se viene gestando, de acuerdo con Hardt y Negri, está definido, al menos inicialmente, por el reconocimiento de que sólo un poder establecido, sobredeterminado y relativamente autónomo respecto de los Estados-Nación soberanos, es capaz de funcionar como centro del nuevo orden mundial, ejerciendo sobre él una regulación efectiva y, cuando sea preciso, coerción.

En realidad se trataría de un Estado con “super-soberanía” que operaría como centro del nuevo orden mundial. Esto es lo que viene buscando el gobierno norteamericano, ya que, al menos en el terreno estratégico-militar, tiene capacidad de operar de manera exclusiva y excluyente. No obstante ello, la imagen “estatalista” del poder y del funcionamiento del eje estratégico-militar que tiene EUA, quedó desfasada por los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001.

De acuerdo con Maquiavelo, el Imperio se forma sobre la base de la capacidad para presentar a la fuerza puesta al servicio del derecho y la paz. El Imperio, de acuerdo con este criterio, no nace por su propia voluntad, sino que es llamado a ser y constituirse sobre la base de su capacidad para resolver conflictos. El Imperio se conforma y sus intervenciones se vuelven jurídicamente legitimadas sólo cuando se ha insertado en la cadena de consenso internacional orientada a resolver conflictos existentes. La expansión del Imperio está enraizada en la trayectoria interna de los conflictos que se supone que debe resolver  [98]. El primer objetivo del Imperio es, por lo tanto, expandir el dominio del consenso que sostiene su propio poder.

Se va generando una función de “excepcionalidad” a fin de tener control y garantizar a la autoridad interviniente. De esta manera se genera:

1) La capacidad de definir, de un modo excepcional, las demandas de intervención; y

2) la capacidad de poner en movimiento las fuerzas e instrumentos que, de diversos modos, puedan ser aplicados a la diversidad y pluralidad de acuerdos en crisis.

De acuerdo con Hardt y Negri, el poder jurídico de mandar sobre la excepción y la capacidad de desplegar una “fuerza policial” son, por lo tanto, dos coordenadas iniciales que definen el modelo imperial de autoridad.

El derecho a la intervención es concebido comúnmente como el derecho u obligación de los actores dominantes del orden mundial, de intervenir en los territorios de otros, en interés de prevenir o resolver problemas humanitarios, garantizar acuerdos e imponer la paz  [99].

El caso Kosovo de 1999 estaría inscripto en este criterio; aunque debería ser la ONU y no un Estado, para este caso EUA el que decida la intervención.

El derecho de intervención figura en el conjunto de instrumentos acordados en el marco de Naciones Unidas para mantener o restablecer el orden internacional, pero la reconfiguración que de este derecho ha ido introduciendo EUA apoyado por otros poderes -aunque no en el mismo nivel de capacidad global que este país-, representa un salto cualitativo. Los Estados individuales soberanos o el poder supranacional (ONU), ya no podrán intervenir para asegurar o imponer la aplicación de acuerdos internacionales aceptados voluntariamente como bajo el antiguo ordenamiento internacional. Ahora, los actores supranacionales que están legitimados, no por derecho sino por consenso, intervienen en nombre de cualquier tipo de emergencia y principios éticos superiores. Lo que está detrás de esta intervención no es sólo un permanente estado de emergencia y excepción, sino un permanente estado de emergencia y excepción justificado por la apelación a valores esenciales de justicia. En otras palabras, el derecho de la “policía internacional” se legitima por valores universales  [100].

El poder imperial podría ser definido como una “acción policial internacional” y también al interior de los Estados, en caso de ser necesario, fundada sobre una práctica de guerra justa, para afrontar emergencias que aparecen continuamente. La necesidad de acción policial y la aplicación del poder imperial, se hace conocer a través de mecanismos de comunicación y difusión del pensamiento  [101].

En un sistema imperial o de orientación hacia la conformación imperial, las organizaciones, como la ONU, así como organismos tales como el FMI, BM, OMC, dejan de tener la función que poseían en el viejo orden internacional. En el nuevo esquema, las legitima su nueva posible función dentro del orden o configuración imperial. Fuera de ese marco, estas instituciones son ineficaces. El actor imperial, e incluso los actores transnacionales, que operan más allá de las configuraciones soberanas, se encargan de reconvertir esta funcionalidad. En el aspecto de la seguridad y la paz, EUA, en su aspiración imperial, va imponiendo -y expandiendo- a la OTAN por sobre la ONU.

En determinados aspectos, las corporaciones transnacionales van construyendo la trama de la nueva configuración. En la segunda mitad del siglo XX las corporaciones financieras e industriales multinacionales y transnacionales comenzaron, a estructurar territorios globales. Hay quienes sostienen que estas corporaciones han venido a ocupar el espacio anteriormente detentado por los diversos sistemas colonialistas e imperialistas. Las actividades de las corporaciones estructuran directamente y articulan territorios y poblaciones. Tienden a hacer de los Estados-Nación meros instrumentos para marcar los flujos de mercancías, dinero y poblaciones que ponen en movimiento. Las corporaciones transnacionales distribuyen directamente la fuerza de trabajo sobre los distintos mercados, colocan recursos funcionalmente y organizan jerárquicamente los diversos sectores de la producción mundial. El complejo aparato que selecciona las inversiones y dirige los movimientos financieros y monetarios determina la nueva geografía del mercado mundial  [102].

El desarrollo de redes de comunicación tiene una relación orgánica con la emergencia del nuevo orden mundial  [103]. Las industrias de la comunicación integran el imaginario y lo simbólico -generación de ideas y valores-, no simplemente poniéndolos al servicio del poder, sino, en realidad, integrándolos dentro de su funcionamiento  [104].

GENERACION DE ANTICUERPOS

Frente a la tendencia imperial y el debilitamiento del Estado-Nación, particularmente por la acción transnacional, crece, aunque todavía de manera desarticulada, la resistencia social. Las resistencias ya no son marginales sino que actúan en el centro de un sistema que se va abriendo en redes y se va expresando a partir de diferentes sectores, según las problemáticas que se plantean. El hecho de hablar de resistencia, no significa hablar de “izquierda” en el sentido ideológico, aunque toda resistencia esté a la izquierda del proceso dominante; sino de demanda insatisfecha y reclamo por justicia. Aunque las luchas aparezcan como antisistémicas, no se realizan meramente contra el sistema imperial o la mundialización o globalización. No son simples fuerzas negativas. También expresan, alimentan y desarrollan positivamente sus propios proyectos o perspectivas. Todo nuevo sistema tiene nuevas formas de resistencia.

Una larga tradición de cientistas políticos ha dicho que el problema no es por qué se rebela la gente sino por qué no lo hace.

Todo sistema tiene tendencia a generar anticuerpos en la medida en que se generan demandas insatisfechas. El equilibrio entre las demandas y la satisfacción o represión de las mismas, es lo que constituye el “orden”.

Sólo cuando la resistencia provoca una “crisis” en el sistema, es que sobreviene un cambio sustantivo. La crisis, es el punto de inflexión entre una etapa o modelo que se agota o termina, por diversas circunstancias, y el inicio de una nueva etapa o modelo, cualquiera sea la ideología que lo controle. Sólo así hay cambio. De otra forma, sólo hay malestar y destrucción dentro del modelo, pero no hay crisis.

De acuerdo con el pensamiento de Spinoza, si sólo cortamos la cabeza tiránica del cuerpo social, nos quedaremos con el cuerpo deforme de la sociedad. Lo que necesitamos es crear otro cuerpo social, lo cual es un proyecto que va mucho más allá del rechazo y la resistencia  [105].



© DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, La Construcción de un Orden Mundial Imperial, (Buenos Aires, Edic. del Autor, 2003), ISBN: 987-43-6267-7


Foto AutorEsta página fue hecha por: Luis DALLANEGRA PEDRAZA

Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (Universidad Nacional de Rosario, Argentina). Profesor y Evaluador en Cursos de Grado, Postgrado y Doctorado en el país y en el exterior.  Director del Centro de Estudios Internacionales Argentinos (CEINAR) y de la Revista Argentina de Relaciones Internacionales, 1977-1981. Miembro Observador Internacional del Comité Internacional de Apoyo y Verificación CIAV-OEA en la "desmovilización" de la guerrilla "contra" en Nicaragua, 1990. Director de Doctorado en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario, Rosario, Argentina, 2002-2005. Investigador Científico del "Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas" (CONICET).

e-Mail: luisdallanegra@gmail.com


[76] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, (Cambridge, Massachussets, Harvard University Press, 2000). Sobre el tema del imperio también ver Einsestadt, S.N., Los Sistemas Políticos de los Imperios, (Madrid, Revista de Occidente, 1966), Traducción del Inglés: José Díaz García.
[77] Castells, Manuel, La Era de la Información: Economía, Sociedad y Cultura, Fin del Milenio, Volumen III, (México DF, Editorial Siglo XXI, 1997). Traducción de Carmen Martínez Gimeno. Original en Inglés año 1997. Este tema, lo he trabajado, junto a otras 5 hipótesis sobre el futuro del Estado-Nación, en DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Tendencias del Orden Mundial: Régimen Internacional, (Buenos Aires, Edición del Autor, 2001), Cap. II.
[78] Para Manuel Castells, la postmodernidad es europea, toda vez que ceden soberanía en aras de una construcción superior. Castells, Manuel, La Era de la Información: Economía, Sociedad y Cultura, Fin del Milenio, Volumen III, (México DF, Editorial Siglo XXI, 1997). Traducción de Carmen Martínez Gimeno. Original en Inglés año 1997. También ver sobre la postmodernidad europea y la modernidad de EUA a, Cooper, Robert, The Post-Modern State and the World Order, (New York, McGraw Hill, 1996).
[79] Sobre el concepto de Imperio, ver Maurice Duverger, “Le concept d’empire”, en Maurice Duverger, Ed. Le concept d’empire (Paris: PUF, 1980), pág. 5-23. Duverger divide los ejemplos históricos en dos modelos primarios, con el Imperio Romano por un lado y el Chino, Arabe, Mesoamericano y otros Imperios, por otro. El análisis de Hardt y Negri pertenece básicamente al lado Romano porque este es el modelo que ha animado la tradición Euro-americana que ha desembocado en el orden mundial contemporáneo.
[80] Danilo Zolo, Cosmópolis: Prospects for World Government, (Cambridge Polity Press, 1997), Traducción: David McKie, es el que expresa con mayor claridad la hipótesis de que el paradigma del proyecto del nuevo orden mundial debe localizarse en la Paz de Viena. Véase también a Falk, Richard, “The Interplay of Westphalia and Charter Conception of International Legal Order”, en Blach, C. A., y Falk, Richard, (Eds.) The Future of International Legal Order (Princeton: Princeton University Press, 1969), 1: 32-70.
[81] Kelsen, Hans, Principios de Derecho Internacional Público, (Bs. As., El Ateneo, 1965), pág. 586.
[82] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, (Cambridge, Massachussets, Harvard University Press, 2000) pág. 9.
[83] Esto lo he trabajado en, DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, “El Orden Mundial del Siglo XXI”, (Buenos Aires, Ediciones de la Universidad, 1998) Cap. XIV. También ver Stoessinger, John G., El Poderío de las Naciones, (México, Gernika, 1980), Cáp 9, “Derecho Internacional y Orden Político”.
[84] Norberto Bobbio, Il problema della guerra e le vie della pace (Bologna, Il Mulino, 1984).
[85] Sobre el particular, ver Puig, Juan Carlos, Derecho de la Comunidad Internacional, (Buenos Aires, Depalma, 1974), Vol. I, Parte General.
[86] Wallerstein, Immanuel, The Capitalist World-Economy (Cambridge, Cambridge University Press, 1979), en Wallerstein, Immanuel, Wallerstein, The Modern World System, 3 Vols. (New York, Academic Press, 1974-1988).
[87] Ver, como ejemplo, Amin, Samir, Empire of Chaos (New York, Monthly Review Press, 1992). Boron, Atilio, A., en Imperio Imperialismo, (Buenos Aires, FLACSO, 2002), es crítico del libro de Hardt y Negri, pero más bien desde una perspectiva marxista. No considera que haya Imperio, sino que continúa el imperialismo.
[88] Ver DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Reformulación del Orden Mundial: El Fin de una “Macro-Etapa”, (Buenos Aires, Edición del Autor, 2003), Cap. I.
[89] Esto lo he desarrollado bajo el concepto de “Dimensión Cuadrática del Derecho Internacional” en DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Tendencias del Orden Mundial: Régimen Internacional, (Buenos Aires, Edición del Autor, 2001), pág. 135 y ss.
[90] Sobre este tema habla Walzer, Michael, Just and Unjust Wars, (New York, Basic Books, 1992). La renovación de la teoría de la guerra justa en los ‘90 se analiza en Elshtain, Jean Bethke, Just War Theory (Oxford, Basil Blackwell, 1992).
[91] Artículo 51 de la Carta de la ONU.
[92] Fue el primer organismo de seguridad colectiva de la “guerra fría”.
[93] Acción en caso de amenazas a la paz, quebrantamientos de la paz o actos de agresión.
[94] Art. 53: 1. El Consejo de Seguridad utilizará dichos acuerdos u organismos regionales, si a ello hubiere lugar, para aplicar medidas coercitivas bajo su autoridad. Sin embargo no se aplicarán medidas coercitivas en virtud de acuerdos regionales o por organismos regionales sin autorización del Consejo de Seguridad, salvo que contra Estados enemigos según se les define en el párrafo 2 de este articulo, se tomen las medidas dispuestas en virtud del art. 107 o en acuerdos regionales dirigidos contra la renovación de una política de agresión de parte de dichos Estados, hasta tanto que a solicitud de los gobiernos interesados quede a cargo de la Organización la responsabilidad de prevenir nuevas agresiones de parte de aquellos Estados. 2. El término “Estados enemigos” empleado en el párrafo 1 de este articulo se aplica a todo Estado que durante la segunda guerra mundial haya sido enemigo de cualquiera de los signatarios de esta Carta. El Art. 107 hace referencia a situaciones planteadas en la segunda guerra mundial.
[95] The Washington Post, Allies Are Cautious On “Bush Doctrine”, 16 de Octubre del 2001.
[96] La “justicia” ha quedado como un objetivo secundario en el marco de la ONU y en el concepto de las grandes potencias, es algo subordinado al orden, su mantenimiento o restablecimiento y no a las demandas hechas por los “desordenadores” o reclamantes.
[97] Este tema lo desarrollé en profundidad en, DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, “El Orden Mundial del Siglo XXI”, (Buenos Aires, Ediciones de la Universidad, 1998), bajo los títulos: “El Teorema del Poder y el Orden” y “El Teorema del Orden Justo”, págs. 202-203.
[98] Negri, Antonio, Insurgencies: Constituent Power and the Modern State, (Minneapolis, University of Minnesota Press, 1999), Traducción: Maurizia Boscagli.
[99] Ver Lyons, Gene y Mastanduno, Michael, (Eds.), Beyond Westphalia? State Sovereignty and International Intervention (Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1995). También, Kanter, Arnold y Brooks, Linton, (Eds.), U. S. Intervention Policy for the Post-Cold War World (New York, Norton, 1994).
[100] Ver Hoffmann, Stanley, Duties Beyond Borders (Syracuse, Syracuse University Press, 1981). También Nardin, Terry y Mapel, David R., (Eds.), Traditions of International Ethics (Cambridge, Cambridge University Press, 1992).
[101] “Régimen de la verdad” o lo que el poder decide qué está bien y qué está mal. Este tema, que pertenece a Michel Foucault, lo he trabajado en DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, El Orden Mundial del Siglo XXI, (Buenos Aires, Ediciones de la Universidad, 1998), Cap. III. También ver DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Tendencias del Orden Mundial: Régimen Internacional, (Buenos Aires, Edición del Autor, 2001), pág. 66 y ss.
[102] Ver Kennedy, Paul, Preparing for the Twenty-first Century (New York, Random House, 1993).
[103] Ver Comor, Edward, (Ed.), The Global Political Economy of Communication (London, Macmillan,1994). También Habermas, Jürgen, Theory of Communicative Action, (Boston, Beacon Press, 1984), Traducción: Thomas McCartthy.
[104] Bradley, Stephen, (Ed.), Globalization, Technologies and Competition: The Fusion of Computers and Telecommunications in the 90s (Cambridge, Mass, Harvard Business School Press, 1993). También Serfaty, Simon, The Media and Foreign Policy (London, Macmillan, 1990).
[105] Ver: Negri, Antonio, The Savage Anomaly, (trad. Michael Hardt) (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1991). También, Spinoza, Baruch, “Ethics”, en The Collected Works of Spinoza, (Princeton, Princeton University Press, 1985), Vol. 1.