Tapa Orden Mundial Imperial

 

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PARTE I

VISIONES DE ORDEN MUNDIAL

CARACTERISTICAS

Capítulo III

VISIONES Y PROPUESTAS “IDEALISTAS” DE ORDEN MUNDIAL

El idealismo [53], a través del “neo-institucionalismo” pretende encontrar las mejores formas de “gobierno” mundial, así como estatal, frente a los grandes cambios que se vienen gestando. Observa que tanto los organismos estatales, como los internacionales han quedado obsoletos y no son más funcionales.

La diferencia con el realismo es que, para este último, el marco jurídico-institucional es una resultante del orden de hecho y no el generador del orden. Por lo tanto, al cambiar el orden de hecho o desaparecer el sistema, el marco jurídico-institucional pierde vigencia y sólo puede modificarse, adaptándolo o creando otro que responda al nuevo orden (de hecho); nunca antes o como forma de (re)generarlo.

No obstante, cierta tendencia dominante al idealismo persiste, pretendiendo de manera voluntarista avanzar en el sistema mundial a través de conceptos como “buenos y malos”, “eje del mal”, “libertad de comercio”, “globalización”, etc., en forma abstracta, sin ver que la “dirección” del sistema está dada por el poder y no por la “convergencia” de voluntades “desiguales” vigente en el sistema por el mero hecho de “un Estado un voto” en las instituciones internacionales.

Si bien la “comunidad internacional” está formada por todos los Estados del sistema, en realidad se dirige en el sentido de los poderosos, representados en el G7, el CS de la ONU, la OTAN, y no por la AG de la ONU, u organismos regionales manejados por los países de la periferia, por ejemplo.

El neo-institucionalismo insiste con su propuesta y visión. En 1992, se creó una Comisión del Gobierno Mundial presidida por Ingvar Carlsu, ex Primer Ministro sueco, y por Shridath Ramphal, ex Secretario General de la Commonwealth. Además, forman parte de esta comisión unos veinte dirigentes, que en su mayoría han desempeñado o siguen desempeñando funciones importantes en Naciones Unidas y en la UE, como Jacques Delors, Bernard Chidzero, Jan Pronk y Maurice Stong  [54].

El “buen gobierno” no ha sido definido con precisión. Lo emplean, al referirse al proyecto de orden internacional, como una especie equivalente de instituciones y prácticas favorables a la paz y al desarrollo. Consiste en la idea de que los gobiernos de los Estados no poseen el monopolio del poder legítimo, y de que hay otras instituciones y protagonistas que contribuyen al mantenimiento del orden y participan en la regulación económica y social. Según los neo-institucionalistas, los gobiernos ya no poseen el monopolio de las funciones de mando y arbitraje político, que ahora son ejercidas por una gran gama de organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, así como por empresas privadas y movimientos sociales que contribuyen, conjuntamente a determinadas formas de regulación política, económica y social, en el plano nacional e internacional. Con el buen gobierno quieren significar que todos los protagonistas gubernamentales o no gubernamentales de la política, ejercitan y controlan la autoridad y el poder.

Siguiendo los criterios neoliberales establecidos por el Banco Mundial plantean que los gobiernos deben hacer respetar las leyes que permiten el funcionamiento del mercado, especialmente protegiendo la propiedad privada y la seguridad de las inversiones. De esta manera, el buen gobierno favorece la participación de los protagonistas no gubernamentales, especialmente de las empresas privadas.

De la misma manera, la OCDE define el concepto del buen gobierno, como “la utilización de la autoridad política y el ejercicio del control en relación con la gestión de los recursos de una sociedad, con miras al desarrollo económico y social” [55]. De esta forma, las autoridades públicas deben crear el entorno que permita funcionar bien a los protagonistas económicos. Los países de la OCDE subordinan su ayuda a los países pobres, a la promoción y aplicación del modelo liberal.

Según la “Comisión del Gobierno Mundial”, en el plano mundial, la acción llevada a cabo por las ONG, los movimientos de ciudadanos, las empresas transnacionales y los mercados de capitales integrados, contribuyen al buen gobierno. De acuerdo con estos criterios, el buen gobierno implicaría modalidades de cooperación y de solución de conflictos con protagonistas múltiples, aunque la jerarquía de éstos no se precisa. El buen gobierno refleja realidades institucionales e incluso actitudes individuales muy diversas [56].

Esta “Comisión” rechaza algunos de los postulados del realismo, al hacer hincapié en la importancia de las instituciones en la política internacional. Esta perspectiva tiene una larga tradición doctrinal, que se remonta a David Hume y que trata de determinar científicamente la influencia de las instituciones en la vida de las sociedades. Entre sus postulados, con una visión institucionalista anti-realista, se establece que la sociedad internacional no es anárquica -de acuerdo con esto, no tiende hacia los intereses nacionales y/o soberanos-. A pesar de la ausencia de poder coercitivo legítimo [57], los protagonistas internacionales reconocen la existencia de reglas de juego, aceptan obligaciones, practican la cooperación y actúan de forma previsible a causa de la existencia de mecanismos de regulación formales e informales.

Oran Young [58] un neo-institucionalista, con una visión “voluntarista”, considera que la base del buen gobierno la constituye el conjunto de instituciones, leyes, procedimientos y normas que permiten a las personas expresar sus preocupaciones, y luchar en defensa de sus intereses en un contexto relativamente previsible y equitativo. De esta manera, las estructuras internacionales no reflejan exclusivamente las jerarquías de poder, porque las instituciones influyen en la política de los Estados provocando esperanzas, delimitando objetivos, orientando intereses y preferencias.

Encuentra niveles de “igualdad” en el relacionamiento global, difíciles de observar en la realidad.

Ernst-Otto Czempiel habla de la capacidad que poseen los protagonistas para “conseguir que las cosas se hagan”, cuando no disponen de competencias legales de autoridad al respecto. Da como ejemplo la disuasión mediante el terror nuclear que, a su parecer, ha constituido un sistema de gobierno que parece haber favorecido la dictadura [59]. Su deseo es sustituirlo por un buen gobierno basado en el desarme y control de los armamentos, que pueda hacer que la democracia prevalezca.

Hasta ahora, el control de armamentos lo pueden lograr Estados poderosos, como EUA por sobre otros, pero nadie puede controlar la proliferación de EUA. Por otra parte, ¿de qué manera se lograría la “democracia” en las relaciones internacionales?

James Rosenau utiliza el término “buen gobierno” para expresar un sistema de normas. Sostiene la idea de un “buen gobierno sin gobierno” para referirse a las funciones que ha de asumir todo sistema social, pero de las que no se hacen cargo los Gobiernos  [60]. La sociedad internacional dice, implica un índice cada vez mayor de institucionalización e innumerables mecanismos de regulación, aunque esté desprovista al mismo tiempo de un órgano de poder supranacional.

Creo que ya falla al hablar de “sociedad internacional” que implica un alto índice de “racionalidad” en las relaciones, cuando en el sistema mundial predominan los lazos basados en el interés y el poder, mostrando características mucho más primitivas, presentes en la “comunidad”  [61]. Toda la institucionalización alcanzada durante el siglo XX no alcanza para hacer mínimamente una “sociedad internacional”.

Para Rosenau, un ejemplo típico de “buen gobierno sin gobierno”, es un sistema de gestión dirigido por valores y empresas comunes, que se impone a partir de una lógica consensual y que no exige necesariamente medios coercitivos.

La pregunta que uno se hace frente a esta afirmación, es si hay tal grado de convergencia de voluntades como para que haya un orden mundial descentralizado.

Rosenau dice que si las acciones de los gobiernos consideran apoyarse en una autoridad formal y en poderes de policía, las acciones del buen gobierno parecen surgir de iniciativas que expresan objetivos comunes.

Entonces la pregunta es ¿quiénes establecen o imponen los objetivos comunes? Ya que no surgen de la comunidad total, sino de aquellos que tiene capacidad de “direccionamiento”, que son los menos.

Rosenau insiste en que en la esfera de las relaciones internacionales, el buen gobierno se lleva a cabo, antes que nada, mediante acuerdos y prácticas de los Estados, sobre todo de las grandes potencias. El buen gobierno sería por consiguiente un sistema de normas realizadas por acuerdo de la mayoría, y permitiría que los proyectos colectivos se concretasen sin la autoridad formal y la sanción concreta de los gobiernos.

Insisto con las preguntas: ¿cuántos Estados son “la mayoría”?

Para Rosenau, las organizaciones intergubernamentales, así como las formas de regulación informal o dinamizadas por ONG’s o empresas transnacionales, también formarían parte integrante del buen gobierno.

En general hace una gran mezcla. Una cosa son los “repartidores supremos de poder”, como los grandes Estados, ciertos actores transnacionales, etc., y otra son los “reguladores” de los “repartos” establecidos, tales como las organizaciones intergubernamentales  [62].

LA APOLOGIA DEL NEOLIBERALISMO

Hacia fines de los ‘80 se comenzó a concretar un proceso que se venía arrastrando desde principios de los ‘70, generando una nueva definición de la articulación entre el Estado y el mercado y, en un plano más general, entre la autoridad política y la sociedad civil. Ya desde principios de los ‘70 se había comenzado a gestar un desmoronamiento del sistema de Bretton Woods, a partir de la declaración de inconvertibilidad del dólar en oro por parte del gobierno norteamericano de Richard Nixon, que se profundizó con la eliminación de las restricciones a los mercados financieros.

El endeudamiento de los poderes públicos obligó a los gobiernos a “obtener mejores resultados con menos recursos”, así como a utilizar métodos de gestión administrativa copiados del sector privado por considerarse que el rendimiento de éste era mayor. El resultado de todo ello ha sido que en varios países de la OCDE se registró una tendencia a desnacionalizar algunas empresas estatales, e incluso a privatizar algunos servicios públicos.

El FMI y el Banco Mundial (BM), apoyados por las grandes potencias económicas, han fomentado la aplicación de programas de ajuste estructural de inspiración liberal. La hegemonía prácticamente universal del mercado capitalista después de la desintegración de la URSS en 1991, ha impedido que emerjan ideologías alternativas a la liberal.

Las sociedades se ven obligadas a adoptar valores establecidos por la ideología dominante. Esto tiende a invalidar las concepciones tradicionales de la soberanía estatal.

Francis Fukuyama en su pensamiento desarrollado en el “Fin de la Historia” considera a esto como que viene a ser el advenimiento de una forma de “consenso planetario” sobre los principios de la democracia liberal, la superioridad del mercado capitalista, y las formas de organización social moderna  [63].

Esto, se condice con la dificultad, provisoria, de que asomen ideologías alternativas. Se trata de un problema de poder, no de “consensos”. Resulta muy complejo alcanzar “consensos” en un mundo estratificado.

Richard Rosencrance considera que, en un futuro previsible, “la única civilización internacional digna de tal calificativo será la procedente de la cultura económica dominante del mercado mundial” [64].

La expansión del régimen de la “democracia liberal” se ha convertido, merced al poder de la ideología dominante y de aquellos que la “direccionan”, en una referencia inevitable.

Las concepciones neoliberales han llegado a ser dominantes en las instituciones internacionales, ya que todas se dedican a defender la misma lógica económica y política, inclusive en la UNCTAD  [65] que fue creada merced a presiones del Tercer Mundo, en los años ‘60, para impugnar las estructuras internacionales dominantes. Los conceptos económicos clásicos y las perspectivas utilitaristas del siglo XIX relativas a la función limitada del Estado han vuelto a ponerse de moda. En regiones como Africa Subsahariana, el poder conferido por el Estado es un botín que se reparte en función de vínculos de clientelas y etnias [66]. Lo propio se puede decir de América Latina donde los gobiernos que emergen y pretenden constituirse en alternativas diferentes al neoliberalismo, son atacados desde adentro y desde afuera.

¿EL FIN DE LA POLITICA?

Tal y como se define, la problemática del “buen gobierno” refleja el planteamiento utilitarista que ha predominado en las ciencias sociales norteamericanas. Es la prolongación de una corriente de pensamiento de inspiración funcionalista, que implica una concepción pragmática y tecnocrática de las relaciones sociales. El “buen gobierno sin gobierno” es un exponente de esta evolución. Según esta corriente, la función de los Estados no ha desaparecido, pero otras estructuras organizativas animadas por nuevos protagonistas de la sociedad civil operan paralelamente, para presionar o ver la forma de que aquellas funciones que las administraciones públicas no han sido capaces de asumir correctamente se realicen.

También hay que reconocer que han aparecido ciertos protagonistas que pretenden hacer que el Estado lleve a cabo ciertas funciones, en beneficio de determinados sectores y de la ideología dominante, por ejemplo: las calificadoras de riesgo país, los organismos como el FMI y el BM, la banca privada, etc.

Las relaciones de poder e influencia entre todos estos actores, son tan difusas y están tan incrustadas en negociaciones y procedimientos de adopción de decisiones de tanta complejidad, que parecen no ser controladas por un poder político claramente identificable.

Los países de la OCDE, por ejemplo, han establecido relaciones de integración tan complejos, que resulta difícil localizar en su esfera de soberanía estatal la realización de un sinnúmero de políticas, que son objeto de negociaciones y de adopción de decisiones bilaterales o multilaterales. La gestión tecnocrática de los asuntos públicos da la impresión de absorber lo esencial de la vida política. El sistema político ya no está solamente estructurado por decisiones gubernamentales, sino por un conjunto denso y complejo de redes y regímenes de “gestión” -más que de cooperación- funcional.

Esta visión “administrativa” evita forzosamente el análisis de los intereses sociopolíticos, de las relaciones de poder y hegemonía, y de los conflictos políticos que dejan su impronta en la evolución de las relaciones internacionales. El neoinstitucionalismo tiene una visión que se abstrae totalmente del eje de poder dominante. Esta visión considera que la irrupción de las empresas transnacionales en el campo de la vida pública es un cambio positivo que permite compensar las carencias gubernamentales. Más allá de lo positivo o no, deja ver que el Estado ha perdido su rol participativo dominante y la creación de nuevas instituciones no le devolverá sus funciones ni su participación, solo agiornaran la nueva forma de relacionamiento y de toma de decisiones entre los diversos y heterogéneos actores.

Oran R. Young dice que, en toda una serie de circunstancias, los gobiernos son incapaces de satisfacer las crecientes demandas de “buen gobierno”, y de ahí la necesidad de fomentar la participación de otros protagonistas no estatales. Este autor enmarca sus análisis en una corriente que denomina “institucionalismo neoliberal” [67].

La Comisión del Gobierno Mundial enfoca la política internacional como una empresa a cuya edificación han de contribuir todos los protagonistas, independientemente de que sean grandes o pequeños, con fines utilitarios y consensuales. Debería reformarse el sistema de las Naciones Unidas con este propósito. Sin embargo, esta “Comisión” no tiene en cuenta el “juego de las relaciones de poder”.

No cabe duda que en las sociedades hay otras fuentes de solidaridad o cohesión distintas del poder de los Gobiernos, sus políticas y sus actividades, por ejemplo: los grupos que dan de comer a los niños y ancianos, los que generan autoayuda para construir viviendas, los grupos solidarios en general, el sector del trueque, etc. El Estado no abarca todo el campo de la política, y las relaciones internacionales no se reducen a las relaciones diplomáticas y estratégicas entre los gobiernos de las grandes potencias. Aunque el Estado desempeña una función importante en el “reparto autoritativo de bienes y valores”, ha perdido el monopolio de esta función. No obstante, no es con reformas jurídico-institucionales solamente que se consigue alcanzar un orden mundial; éstas sólo “institucionalizan” el orden de “hecho” que se basa en la “estructura” de poder.

Puede ser que las características de los actores transnacionales, sus estrategias y su influencia política están condicionadas por la configuración de las relaciones de fuerza entre las grandes potencias y por las estructuras institucionales que de ellas se derivan, como también puede ser que los Estados poderosos sean influidos por los actores transnacionales, como las petroleras, las empresas de armamentos, la microelectrónica, la telefonía y la informática, los grupos financieros poderosos, etc. Lo importante es pensar, que el “viejo” Estado, el “westfaliano” ya no puede reeditarse. Otro Estado será, más allá de lo cierto de que el Estado es muy importante. También puede ser que los regímenes interiores de las grandes potencias impriman su huella en la índole y el impacto de los actores transnacionales, o a la inversa, que estos grupos sean los que controlan a sus gobiernos, como el caso de la Comisión Trilateral.

En realidad, las empresas transnacionales tienen como finalidad la obtención de ganancias. Su contribución al bien común es dudosa como mínimo. Estas empresas ofrecen pocos empleos relativamente. La protección del medio ambiente no es de su incumbencia inmediata, aunque pueden contribuir a ella adaptándose a las nuevas demandas económicas y sociales. En materia de justicia distributiva no tienen nada que ofrecer, y su vocación no es la gestión de los asuntos públicos, aunque desde luego mantienen vínculos estrechos y complejos con los Estados, pudiendo concretamente extender su hegemonía o limitar su autonomía. Pero equiparar las empresas transnacionales con las estructuras del “buen gobierno” supone valorizar su contribución al orden político, o al menos su función económica y social; y esta posición traduce una opción ideológica. En realidad, la idea sería mostrar el poder que tienen para hacer que el “buen gobierno” sea lo que les interesa a ellas. Esta sería una perspectiva “realista” y mostraría el funcionamiento del sistema, no según las “normas institucionales” lo dicen, sino según la “estructura de poder” vigente.

Las ONG persiguen asimismo objetivos sectoriales específicos  [68], y por eso el campo de su acción política es también limitado. Las ONG’s están haciendo, aunque de una manera diferente a los sindicatos en el siglo XIX, lo mismo que éstos hacían en relación con el Estado, obligándolo a que adopte medidas tales como respeto de los derechos humanos, el medio ambiente, la mujer, la resolución de los problemas de la pobreza, etc. Resulta totalmente evidente que la cuestión social ha adquirido dimensiones internacionales, mientras que faltan instituciones políticas capaces de captarla. Estas organizaciones, constituyen “paliativos”, que no reemplazan las estrategias de desarrollo, pero, hasta que no aparezca un nuevo “Estado” -status- que cumpla eficientemente sus funciones, seguirán operando como actores independientes.

Las organizaciones intergubernamentales gozan, a veces, de cierta autonomía con respecto a los Estados, aunque no en relación con los más poderosos; casos del FMI, BM, OMC, OTAN. En estos casos, operan como protagonistas de la política internacional, y forman parte de las estructuras del orden político internacional en cuya evolución dejan su impronta. No obstante, siguen estando en una posición de subordinación respecto de los Estados poderosos y no siguen los criterios “mayoritarios” dados por lo que constituiría la “comunidad internacional” global.

Hay que poner de relieve que los principios que defienden, las normas que propagan, y los proyectos que llevan a cabo, no pueden comprenderse si se hace abstracción de los intereses de las grandes potencias.

LA GLOBALIZACION ENTRE LA INTEGRACION Y LA ANARQUIA  [69]

UNA VISION NEO-INSTITUCIONALISTA

Los actuales cambios estructurales [70] están modificando las condiciones de ejercicio de la soberanía, que ya desde la década de los ‘70, con la emergencia de numerosos y crecientes protagonistas no estatales, intervienen e influyen en la política mundial.

Existen dispositivos de cooperación y redes de integración transnacionales sobre las que no tienen control directo los Gobiernos. Jacques Delors ha dicho que la Unión Europea (UE) es un “objeto político no identificado”, señalando la aparición de un conjunto institucional y político de nuevo tipo que no se puede describir en función de las categorías de los sistemas políticos tradicionales, como el Estado, la federación o la confederación. Efectivamente, en el caso de la UE, se observan actores estatales, subestatales, transnacionales, internacionales, supraestatales, etc.  [71]. Se podría utilizar la misma fórmula para calificar al sistema mundial, que contempla la rápida modificación de sus estructuras y que se va caracterizando por el creciente poder de movimientos sociales, empresas y organizaciones que se sustraen en parte al control de los Estados  [72].

Las mutaciones estructurales y la mundialización han tenido el efecto de disminuir el interés de los países industrializados por Naciones Unidas. Los motivos de este desinterés son complejos. Sin embargo, se pueden relacionar con el hecho de que en los países desarrollados la política internacional ha ido cambiando de temperamento paulatinamente. Los Estados que hoy en día forman parte de la OCDE han anudado entre sí lazos de interdependencia muy fuertes, que descansan en redes de cooperación importantes. Estos Estados forman un conjunto que presenta las características de una sólida integración económica, social y política, apoyada por mecanismos institucionales sólidos y diversificados. En su mayoría disfrutan de un nivel de seguridad internacional relativamente elevada, por formar parte de la OTAN o por contar con su protección indirecta.

Estas pueden ser causas por las que a los Estados desarrollados poco les importa la ONU y otros organismos, y sí les interesa que funcionen el FMI, el BM, la OMC y la OTAN.

En el marco de la OMC los gobiernos tienen que negociar entre sí, al mismo tiempo que negocian en el plano interno con los partidos y grupos de presión nacionales. El aumento cuantitativo y cualitativo de los actores no estatales, como las empresas transnacionales, las organizaciones intergubernamentales y las ONG’s, está influyendo de forma diversa en el curso de la política internacional. Con mayor frecuencia que antes, los gobiernos tienen que llegar a acuerdos con estos actores que persiguen objetivos muy distintos y contribuyen a veces al desarrollo y la gestión de mecanismos de regulación internacional.

Como consecuencia de estos cambios, las instituciones de las Naciones Unidas son menos útiles para los países de la OCDE, ya que la mayoría de las funciones que tenían encomendadas pueden ser desempeñadas por otros mecanismos de cooperación, o bien por protagonistas privados y no gubernamentales que pueden ser controlados más fácilmente y resultan más eficaces.

No obstante, las consideraciones sobre el “buen gobierno” son emitidas con mucha frecuencia por personas que parecen confundir el ámbito de los países de la OCDE con el de la política internacional. Contrariamente a algunas ideas de moda, la globalización no convierte en realidad la utopía de una “aldea planetaria” en la que todos sus habitantes serían vecinos gracias a las redes de intercambios y la convergencia de los modos de vida. Esta noción crea ilusiones porque el desarrollo de los nuevos medios de comunicación ha correspondido a una concentración cada vez más intensa de las actividades económicas en los centros de negocios de ciudades como Nueva York, Los Angeles, Londres, Tokio, París, Francfort, Sao Paulo, Hong Kong, Singapur, México. La globalización no es igualitaria, sino que se dirige en el sentido de los más poderosos y siguiendo sus intereses. Lo esencial de las actividades económicas modernas se desarrolla en las grandes ciudades que tienen la mayoría de los domicilios sociales e incluso a veces de los centros de producción de las grandes empresas, así como de las sedes de importantes bancos, compañías de seguros, calificadoras de riesgo, bufetes de abogados y asesorías, y también de las mayores sociedades financieras  [73].

Se ha vuelto en parte obsoleto el modelo del Estado que dispone del monopolio de la autoridad política legítima para hacerse obedecer en un espacio territorial delimitado, y que determina autónomamente la forma y contenido de sus políticas públicas. No obstante, es innegable que la globalización, disminuye la capacidad de los Estados para defender un tipo de regulación económica y social que se había relacionado con la defensa del concepto moderno de ciudadanía. Los Estados se ven enfrentados al problema de los flujos de inversiones y capitales “golondrina” que pueden, a cada instante, salir en busca de mejores condiciones de rentabilidad. Los gobiernos, para salvaguardar la competitividad de su economía, tienen una excesiva tendencia a caer en la tentación de renunciar a su sistema de protección social.

Por su parte, la legitimidad y el fundamento político de las protestas sociales, se asientan en la idea de que las sociedades tienen que poder controlar su evolución histórica. No puede existir un orden político y jurídico en un mundo sin fronteras, en el que los gobiernos tengan que plegarse a las condiciones de las empresas y los mercados financieros. Un mundo sin fronteras es un mundo sin soberanías. Los mecanismos de regulación internacional existentes son deficientes. Las instituciones internacionales son incapaces de contribuir a la disminución de los problemas planteados por el desempleo, la pobreza y la marginación.

Desde el desmoronamiento del régimen de Bretton Woods ocurrido a principios de los setenta, el FMI y el BM no han demostrado ser eficaces en la prevención de las crisis monetarias y financieras que se han venido sucediendo. Los casos del “efecto tequila” de 1994 en México, la crisis de Asia en 1998, los casos de Rusia y Brasil en el mismo año, el de Argentina en el 2001-2003, son ejemplos contundentes. El sistema monetario internacional es inestable hoy en día. Se caracteriza por movimientos de capitales errantes, esencialmente especulativos, sin relación alguna con la producción o los intercambios comerciales. Los dispositivos de regulación de la economía internacional están escasamente institucionalizados y son muy aleatorios. La capacidad de los Estados para participar en esos dispositivos es muy dispar. La mayoría de los países están excluidos de ellos. Las instituciones de Bretton Woods no han fomentado verdaderamente el desarrollo de los países pobres  [74]. EUA las utilizó -y las utiliza- para encontrar soluciones a la crisis de la deuda que amenazaba con desquiciar el conjunto del sistema financiero de los países de la OCDE. Y las elites de los países endeudados las utilizaron para hacer que las exigencias del ajuste recayeran sobre los pobres. Esas instituciones también desempeñan una función en la transición de los países del Este hacia la economía de mercado  [75].

En realidad, los países de la OCDE, bajo los auspicios de EUA, apuestan por las fuerzas del mercado como instrumento de regulación social. La OMC fue creada en 1995, al concluir las negociaciones de la Ronda Uruguay del GATT, para estimular esta dinámica eliminando paulatinamente los obstáculos que ponían trabas a la plena realización de las ventajas comparativas.



© DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, La Construcción de un Orden Mundial Imperial, (Buenos Aires, Edic. del Autor, 2003), ISBN: 987-43-6267-7


Foto AutorEsta página fue hecha por: Luis DALLANEGRA PEDRAZA

Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (Universidad Nacional de Rosario, Argentina). Profesor y Evaluador en Cursos de Grado, Postgrado y Doctorado en el país y en el exterior.  Director del Centro de Estudios Internacionales Argentinos (CEINAR) y de la Revista Argentina de Relaciones Internacionales, 1977-1981. Miembro Observador Internacional del Comité Internacional de Apoyo y Verificación CIAV-OEA en la "desmovilización" de la guerrilla "contra" en Nicaragua, 1990. Director de Doctorado en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario, Rosario, Argentina, 2002-2005. Investigador Científico del "Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas" (CONICET).

e-Mail: luisdallanegra@gmail.com


 [53] Sobre el significado del “idealismo y realismo” ver DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Tendencias del orden Mundial: Régimen Internacional, (Buenos Aires, Edición del Autor, 2001), Cap. IV.
 [54] Ver Pierre de Senarclens, “Buen Gobierno y Crisis de los Mecanismos de Regulación Internacionales”, en RICS: http://www.unesco.org/issj/rics155/senarclensspa.html. Pierre de Senarclens es profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Lausana. Ha sido director de la División de los Derechos Humanos, la Democracia y la Paz de la UNESCO (1980-1983). Entre sus obras recientes, figuran: La Crise des Nations Unies, (1988), La Politique Internationale (1992), y From Yalta to the Iron Curtain (1994).
 [55] OCDE, “Development Assistance Committee Orientations on Participatory Development and Good Governance”, París, OCDE/GD (93) 191, pág. 14, 1993.
 [56] Comisión del Gobierno Mundial, Our Global Neighborhood: the Report of the Commission on global Governance, (Oxford, Oxford University Press, 1995), pág. 14.
 [57] Que sería el poder de policía capaz de operar como “árbitro supremo”, independiente de los más poderosos, con capacidad de mantener o restablecer el orden.
 [58] Oran R. Young, “The Effectiveness of International Institutions: Hard Cases and Critical Variables”, en Rosenau y Czempiel, Governance without Government: Order and Change in World Politics, (Cambridge, Cambridge University Press), pág. 160.
 [59] Ernst-Otto Czempiel, “Governance and Democratization”, en Governance without Government: Order and Change in World Politics, (Cambridge, Cambridge University Press), pág. 250.
 [60] James N. Rosenau, “Governance: Order, and Change in World Politics”, en James N. Rosenau y Ernst-Otto Czempel, Governance without Government: Order and Change in World Politics, (Cambridge, Cambridge University Press), págs. 3-4.
 [61] Ver sobre el tema, Tönnies, Ferdinand, Comunidad y Sociedad, (Buenos Aires, Edit. Losada, 1947). Esto fue bien desarrollado por Puig, Juan Carlos, Derecho de la Comunidad Internacional, (Bs. As., Depalma, 1974), Vol. I, Parte General. También lo he analizado en DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Tendencias del Orden Mundial: Régimen Internacional, (Buenos Aires, Edición del Autor, 2001), Cap. VI.
 [62] Este es un tema muy bien estudiado por Puig, Juan Carlos, Derecho de la Comunidad Internacional, (Bs. As., Depalma, 1974), Vol. I, Parte General.
 [63] Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man, (Penguin Books, 1992), págs. XIV-XV.
 [64] Rosencrance, Richard, “The Rise of the Virtual State”, Foreign Affairs, Julio-Agosto de 1996, pág. 45.
 [65] Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, por sus siglas en inglés.
 [66] Sobre el particular ver a Achill Mbembe, “Une économie de prédation. Les rapports entre la rareté matérielle et la démocratie en Afrique subsaharienne” en Foi et développement. Centre Lebret, N° 241, marzo-abril de 1996.
 [67] Oran R. Young, International Governance. Protecting the Environment in a Stateless Society, (Ithaca, Cornell University Press, 1994), pág. X.
 [68] Pero a diferencia de las empresas y la banca, lo hacen sin fines de lucro.
 [69] Ver en DALLANEGRA PEDRAZA, Luis El Orden Mundial del Siglo XXI, (Buenos Aires, Ediciones de la Universidad, 1998), “Escenarios Hacia el 2000: Megatemas”, Págs. 255 y ss., en especial el primero que habla sobre la paradoja de la globalización, con la fragmentación de los Estados y la integración entre Estados.
[70] Ver DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Tendencias del Orden Mundial: Régimen Internacional, (Buenos Aires, Edición del Autor, 2001), pág. 23, Factores que Generan Cambios en el Estado-Nación.
[71] Ver Castells, Manuel, La Era de la Información: Economía, Sociedad y Cultura, (México DF, Editorial Siglo XXI, 1997), Vol. I. Este tema lo he tratado en DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Tendencias del Orden Mundial: Régimen Internacional, (Buenos Aires, Edición del Autor, 2001), págs. 26 y ss. “El Estado Red”.
[72] Ver DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Tendencias del Orden Mundial: Régimen Internacional, (Buenos Aires, Edición del Autor, 2001), Cap. III, especialmente los gráficos 9 y 10: “Estado Actor” y “Estado Gestor”.
[73] Sobre el particular, ver Saskia Sassen, Cities in World Economy, (Londres, Pine Forge Press, 1994), págs. 4-5.
[74] Ver Stiglitz, Joseph E., El Malestar en la Globalización, (Buenos Aires, Taurus, 2002). También ver Minsburg, Nahum, Valle, Héctor W. (Edit.) El Impacto de la Globalización: La Encrucijada Económica del Siglo XXI, (Buenos Aires, Ediciones Letra Buena, 1994).
[75] “The Bretton Woods Institutions and Global Governance”, en Kene, Peter B., (compilador), Managing the World Economy. Fifty Years after Bretton Woods, (Washington DC Institute for International Economics, Septiembre de 1994), págs. 411-12.