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La expansión de la OTAN hacia el Este, en una etapa en la que los temas de agenda predominantes eran económicos y no estratégico-militares, muestra el verdadero propósito del gobierno de EUA.
El 11 de septiembre del 2001, encontró suficiente justificativo como para reorientar las tendencias mundiales del eje económico hacia el estratégico-militar, cuando el planeta se despertó con la noticia de que el país más poderoso militarmente, había sido atacado por un grupo terrorista.
Lo significativo era que no se trataba de un ataque exterior por una potencia enemiga, frente a la que EUA estaba preparado a través del supercostoso “escudo antimisiles”; sino de un ataque con armas tan simples como cortapapeles, cortaplumas o cutter, con las que los terroristas tomaron la cabina de aviones civiles norteamericanos desviándolos de su vuelo regular, hacia las “Torres Gemelas”, símbolo del poder económico y hacia el Pentágono, símbolo del poder militar. Con métodos simples, los terroristas, utilizaron los aviones civiles norteamericanos, que aprendieron a manejar en escuelas norteamericanas, para atacar.
Algunos analistas invitados a la televisión, en su mayoría profesores de universidades norteamericanas o asesores políticos de ese país hicieron las más diversas conjeturas: podía tratarse de un ataque terrorista de fundamentalistas islámicos, otros, incluso dijeron que podían ser grupos ultra-nacionalistas norteamericanos que estaban en contra del gobierno de George W. Bush. También se esgrimió la hipótesis de que el gobierno -sus servicios de inteligencia- estaba enterado con anticipación de la posibilidad de los ataques, pero dejó que ocurrieran para poder llevar adelante una política imperial a través del control del eje estratégico-militar.
Lo cierto es que lo ocurrido ha matado no solamente personas sino también ideas: la noción de que la tecnología haría de EUA una fortaleza casi imposible de penetrar. A partir del 11 de septiembre, se abre una nueva discusión sobre la viabilidad del escudo antimisiles, protector contra los ataques balísticos, y la inexpugnabilidad de EUA.
Los terroristas han demostrado, con una aparente extrema escasez de medios, cómo pueden superar la brillante creatividad de científicos e ingenieros. El poder militar no necesariamente constituye una garantía de la seguridad nacional.
EUA y sus aliados más prominentes, no han sido capaces, hasta ahora, de diseñar una estrategia e implementar una política creíble en relación con el Islam. Esta tarea queda como un difícil desafío. Superada la fase emotiva, no resulta fácil implementar una acción prudente que sirva a ese fin.
También es cierto, que EUA no está verdaderamente preparado para defenderse de ataques o actuar frente a situaciones de sorpresa, salvo el uso de la fuerza a posteriori. La caída del Sha de Irán tomó por sorpresa a EUA más allá de la tecnología que maneja la CIA, instalándose el Ayatolá Komehini, que no manejaba sus vínculos con el pueblo iraní por internet -que en esa época no existía- sino enviando cassettes grabados. Lo mismo pasó con la “crisis de los rehenes” en Irán.
Algunos líderes de relevancia mundial dijeron, frente al atentado, que había comenzado la Tercera Guerra Mundial, mientras el presidente de EUA afirmaba frente a su Nación y frente al mundo que los autores del atentado y aquellos que los protegieran serían castigados con toda la fuerza. De ahora en adelante, tanto grupos terroristas, como Estados que -posiblemente- los alberguen o ayuden, serán el “enemigo” declarado de EUA.
La comunidad internacional se manifestó contra el ataque terrorista.
Para el gobierno de EUA no cabía duda de que los responsables fueron grupos asociados con el multimillonario saudita Osama Bin Laden, personaje que, en la década de los ‘80, fue socio de EUA en la lucha que los afganos mantenían con las tropas soviéticas que habían invadido su país.
Es importante aclarar que Afganistán ha sido zona geopolítica de disputa entre EUA y la URSS. Cuando la URSS decidió la invasión de Afganistán, éste país mantenía un gobierno pro norteamericano, y EUA lo aprovechaba, además de su importancia estratégica como ruta del petróleo, con el objeto de instalar bases militares próximas a Moscú.
En 1980, este multimillonario abandonó su país -Arabia Saudita- para trasladarse hasta Afganistán y luchar contra los invasores. Unos años después, en 1998, ya retirados de Afganistán (y vencidos) los soviéticos, Osama Bin Laden fue acusado de atentar, contra las embajadas norteamericanas en Tanzania y Kenia, provocando la muerte de 259 personas. A partir de ese momento, se convirtió en el enemigo público número uno de EUA, y el país que le dio albergue, Afganistán, pasó a ser enemigo directo de la principal potencia militar de la tierra.
Bin Laden se mostró feliz por los atentados, pero negó su participación en ellos. “Osama Bin Laden agradeció al todopoderoso Alá” cuando “oyó las noticias”, dijo Jamal Ismail, jefe de la oficina de la televisión de Abu Dabi en Islamabad, citando a un asesor de Bin Laden. Bin Laden ha elogiado a las personas que llevaron a cabo los ataques en EUA, “pero él no tuvo información o conocimiento del ataque” [372].
Más allá de existir o no pruebas fehacientes sobre la intervención de grupos liderados por Bin Laden, el gobierno norteamericano decidió que fue él el causante. El propio Primer Ministro británico, Tony Blair, en discurso dicho ante la Cámara de los Comunes, confesó que las pruebas no eran suficientes como para llevar a Bin Laden ante los tribunales [373]. Lo mismo dijo el coordinador del contraterrorismo del Departamento de Estado de EUA, Frank Taylor, presente en la reunión del Consejo de la OTAN: “no son pruebas con carácter jurídico, pero sí elocuentes. (...) No nos dieron muchos elementos como para ir ante un juzgado, pero sí los suficientes como para creer que están persiguiendo al hombre adecuado” [374].
El atentado, y la responsabilidad de los hechos que EUA otorgó a Bin Laden y a Afganistán, por considerar que lo protegía, dejó a este país sólo ante el mundo. Sus pocos aliados, entre ellos Pakistán, que tenía vínculos con los talibanes de Afganistán y con el que tiene fronteras comunes, decidió repudiar la acción y distanciarse de su antiguo aliado.
Afganistán quedó sólo. Con Irán por ejemplo, un país que EUA mira con mucha preocupación -declarado uno de los componentes del “eje del mal”-, aunque el gobierno de aquél ha hecho propuestas de diálogo; tiene serios problemas fronterizos. Su ejército ataca continuamente sobre la frontera de este país. Esa región es considerada la zona por excelencia del opio y de su circulación.
Estamos asistiendo a las nuevas formas de la guerra. Una guerra que no puede ser ganada sólo por el poder militar convencional, así éste cuente con una capacidad de destrucción de tal magnitud, como no se tuvo hasta el presente.
Hoy, el enemigo del ejército más poderoso del planeta no tiene nombre propio ni rostro. No tiene fronteras determinadas. No cuenta con barcos de guerra y tampoco con aviones.
Los líderes mundiales de los países del Primer Mundo, aliados de EUA como Alemania, Francia, Gran Bretaña, saben que ellos también están expuestos, a partir del 11 de septiembre, a ser destruidos por este enemigo sin rostro visible sin aviso previo.
El promocionado y criticado escudo antimisiles de EUA, para defenderse de “cualquier agresión”, no había considerado las de este tipo.
Poco después, la URSS, se desintegraría, dando lugar al fin del sistema bipolar en 1991. Además, los rusos están más que preocupados frente al riesgo de que los talibanes extendieran su influencia y su poder hacia Chechenia, una ex república soviética que mantiene con Rusia una guerra no declarada.
Sin embargo, en un principio, el presidente ruso Vladimir Putin pidió prudencia a EUA en sus anunciados actos de represalia por los atentados cometidos en Washington y Nueva York. “El mal debe ser castigado”, dijo Putin durante una visita a Armenia, aclarando que las medidas de EUA deben ser “meditadas” y “basarse en hechos irrefutables”.
El ministro de Relaciones Exteriores ruso, Igor Ivanov, que acompañaba a Putin en su visita a Armenia declaró que “en la lucha contra el terrorismo, el uso de la fuerza no puede excluirse. Sabemos que en el territorio controlado por los talibanes hay campos de entrenamiento de terroristas y se cultiva droga que va a Europa, Rusia y EUA”. No obstante, explicó que la “acción militar no puede resolver el problema de raíz, es obvio” [375].
Horas después del ataque del 11 de septiembre del 2001, el presidente ruso Vladimir Putin fue el primer líder extranjero en comunicarse con el presidente Bush que se encontraba a bordo del avión presidencial. Le ofreció las condolencias de su pueblo y le comunicó que Rusia había sacado todas sus fuerzas nucleares y convencionales del estado de alerta y había suspendido todo tipo de ejercicios militares para que no hubiera ninguna confusión. La Consejera para la Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, dijo que no hubo momento que mejor cristalizara el fin de la Guerra Fría que ese llamado telefónico.
Frente a los atentados y la amenaza de una represalia militar norteamericana, Putin no sólo desactivó toda posibilidad de una acción militar, sino que le ofreció a Bush toda su colaboración en la guerra antiterrorista, incluyendo el uso del espacio aéreo ruso, apoyo en operaciones de inteligencia y armamento para las fuerzas afganas del norte que se oponen al régimen talibán.
El Secretario de Estado, Colin Powell, calificó la oferta de Moscú como “un cambio sísmico de proporciones históricas” en las relaciones entre ambos países. Putin, además, dio luz verde para que EUA pudiera usar bases en los países que se encuentran en su “patio trasero”, como Tajikistán y Uzbekistán.
El presidente ruso también adoptó una posición mucho más flexible sobre la expansión de la OTAN hacia países que habían estado bajo la órbita de la ex URSS. Pareciera que Putin aprovechó ese momento para consolidar el acercamiento de Rusia a EUA y sus aliados de la OTAN y su ingreso definitivo al mundo capitalista.
Como contrapartida por todos los gestos realizados por Putin, el gobierno de George W. Bush prometió a Rusia que apoyaría su ingreso a la OMC, a la vez que expresó su preocupación por los grupos terroristas que están operando en Chechenia, lo que le da a Rusia cierta justificación para su ofensiva militar contra los separatistas chechenos [376].
Entre los temas en que aún hay desacuerdo entre EUA y Rusia, están:
1) A EUA lo que más le preocupa es la venta de armas y de tecnología de Rusia a Irán. Pareciera que Irán se podría convertir en el tercer comprador de armas rusas, después de China e India.
2) Por su parte, Rusia se opone al despliegue del sistema de defensa antimisiles que propuso Bush y que era una de las prioridades de su política exterior hasta el 11 de septiembre. Para Putin, ese escudo nuclear, basado en la iniciativa de Ronald Reagan de la “guerra de las galaxias”, viola el tratado ABM (antibalístico), firmado en 1972 por ambos países, que fue denunciado por el gobierno de George W. Bush poco tiempo después [377].
La India atribuyó el ataque a guerrilleros de Cachemira, supuestamente apoyados por Pakistán. Para congraciarse con la India, Colin Powell dijo que “EUA y la India están unidos contra el terrorismo y eso incluye también el terrorismo dirigido contra la India”.
En ese contexto, India, rival histórico de Pakistán, ha dado naturalmente su apoyo inmediato y contundente a EUA. La lucha contra la guerrilla islámica puede favorecer su situación en Cachemira.
Según India, los talibanes combaten a los separatistas de la región de Himalaya que está disputando con Pakistán desde 1947.
Aliada a la URSS durante la guerra fría, India se ha aproximado últimamente a EUA, lo que significó un gran cambio de alianzas en Asia. India preocupada por la amenaza explícita de China que ha transferido tecnología nuclear a Pakistán, observa con preocupación los cambios.
Sin duda Pakistán se transformó en una pieza clave en la estrategia norteamericana. Pakistán también por su relación con China quedó en la peor situación para decidir. Pobre y muy endeudado, este país ha sido tradicionalmente aliado de EUA.
EUA solicitó a Pakistán permiso de sobrevuelo por su espacio aéreo y para el estacionamiento de tropas, así como medidas de aislamiento económico a Afganistán y el cierre de fronteras.
Pakistán fue un aliado de EUA durante la guerra librada en Afganistán, en los ‘80, contra las tropas soviéticas. De allí data su alianza con los talibanes, a los que EUA y Pakistán armaron para expulsar al comunismo [379].
Jiang Zemin prometió que Beijing iba a cooperar con información y cerrando las fuentes de financiación de los grupos que estén involucrados en el terrorismo. Aseguró que los dos líderes habían llegado a un “consenso” sobre la lucha contra el terrorismo, las relaciones chino-estadounidenses y la necesidad de mantener la estabilidad mundial.
Jiang Zemin estaba interesado en dar prioridad a la discusión de temas económicos y a la cuestión de Taiwán, que China considera una provincia renegada.
China mantiene viejas disputas con el fundamentalismo islámico en la estratégica provincia de Xinjiang, en el noroeste. El gobierno chino, que siempre apoyó al mundo árabe, condenó los atentados a EUA; pero no perdió la ocasión para criticarlo: “los ataques del 11 de septiembre fueron una respuesta comprensible a la economía norteamericana. Muchas personas se han convertido en victimas inocentes de EUA desde que acabó la guerra fría”, comentó Quiao Liang, un miembro de la fuerza aérea china al diario “South China Morning Post” de Hong Kong.
Muhamad Jatami, es un clérigo moderado que hizo un llamamiento al diálogo entre las civilizaciones, condenó enérgicamente los ataques suicidas del 11 de septiembre del 2001 en EUA pero se opuso a los ataques de “represalia” [382] en Afganistán. Declaró que: “El pueblo estadounidense ha sido víctima de crímenes terroristas, mientras que la población de Afganistán está sujeta a una doble opresión, por parte de los ignorantes que los gobiernan y los ataques de EUA” [383].
Irán y EUA se han comunicado en forma indirecta o a través del grupo de “seis más dos” que comprende a los seis vecinos de Afganistán -entre ellos Irán-, más EUA y Rusia. El grupo intentaba encontrar una solución política a la crisis afgana.
Irán no ha tenido relaciones diplomáticas con EUA en los últimos 22 años. Una comisión parlamentaria iraní exhortó a conversaciones directas con EUA para el establecimiento de un nuevo gobierno afgano. Los reformistas en Irán, buscaban una cooperación más estrecha con EUA y sus aliados, y los ortodoxos exigían una posición más dura contra Washington.
EUA, por su parte, vaciló en buscar la cooperación iraní en su guerra contra el terrorismo, mencionando las preocupaciones acerca del apoyo de Irán a grupos extremistas en Medio Oriente [384].
El Afganistán conducido por los talibanes, sólo mantenía relaciones diplomáticas con Arabia Saudita, los Emiratos Arabes Unidos y Pakistán.
El mundo tomó conocimiento, sorprendido, de que la familia de Bin Laden controla, entre otras empresas de tecnología de punta, a Iridum, que tiene 87 satélites de comunicaciones girando en el espacio, además de ser proveedores, con otras empresas, de equipos bélicos para el Pentágono, y de participar de manera decisiva en la reconstrucción de Kuwait y en las grandes obras públicas de Arabia Saudita.
El tema del terrorismo -como otros, vinculados a los derechos humanos; el narcotráfico y el lavado de dinero por causa de éste o por la corrupción; el medio ambiente, etc.-, es asunto de toda la comunidad internacional, no de los países que fueron atacados, y para ello debe ponerse en manos de organismos idóneos y no de un Estado en particular, que controle, según su propio parecer, lo que está bien y lo que está mal.
En lo que no hay que ser neutrales tampoco, es en cómo encarar el tema de la lucha contra el terrorismo, a la vez que considerar qué es terrorismo y qué no lo es.
1) Debe separarse lo que es “terrorismo” de lo que es “lucha por la liberación”, para no confundir ni tergiversar.
2) Es importante tener pruebas fehacientes de quiénes fueron los que generaron el ataque y no decidir de antemano quién fue y por qué país es apoyado, según criterios que tienen que ver con razones ideológicas, étnicas o religiosas.
Ni Argentina, ni América Latina se pueden prestar, de manera ligera, a este tipo de manejos hechos por el gobierno de EUA en nombre de la lucha contra el terrorismo. Eso significaría facilitar la conducta imperial de EUA y no la lucha contra el terrorismo.
El caso del envío de tropas, por parte del gobierno argentino de Carlos Menem, a la guerra del Golfo Pérsico en 1991 fue más un acompañamiento a la potencia hegemónica en sus intereses imperiales, que una contribución al orden mundial desde la perspectiva de la ONU o de la comunidad internacional, más allá de sus propios comentarios al respecto.
Argentina debe mantener una política de claro apoyo contra el terrorismo internacional, pero al mismo tiempo debe consensuarla con los países del Mercosur y de latinoamérica en su conjunto y procurar que esto se haga en el marco de organismos internacionales como la ONU.
Cualquier decisión que adopte Argentina, debe ser consensuada por todos los sectores internos, y comprender que si hay algo que EUA no necesita, que tiene de sobra, es capacidad bélica para actuar. El apoyo de Argentina, como parte de la comunidad de naciones, pasa, en primer lugar, por el repudio total y absoluto a cualquier forma de terrorismo, incluyendo el terrorismo de Estado, y también debe repudiar toda forma de imperialismo y colonialismo.
El presidente argentino en ese momento, Fernando De la Rúa, dialogó con sus colegas del MERCOSUR para unificar posiciones y aseguró que se analizaría la aplicación del TIAR. Tratado que no funcionó a la hora de la guerra de las Malvinas en 1982, pero que sí tuvo un óptimo funcionamiento toda vez que EUA quiso “disciplinar” un gobierno en América Latina [386]. Ratificó que la Argentina estaba comprometida en la lucha contra el terrorismo internacional y que los países de América convocaron a una reunión, en Washington, para evaluar la aplicación del TIAR.
En conferencia de prensa, expresó que “comprometemos nuestra acción y esfuerzo en la lucha contra el terrorismo internacional, que es uno de los grandes flagelos de la época” [387]. Confirmó que Argentina actuaría en apoyo de EUA conforme a los tratados firmados dentro de la órbita de la ONU, de la OEA y del TIAR. “Nuestro país no forma parte orgánica de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); su designación como aliado extra OTAN es una distinción, pero que no significa compromisos particulares en la alianza militar que la OTAN implica. (...) Sí, en cambio, vamos a estar en el TIAR y en Naciones Unidas, donde debe destacarse la resolución del Consejo de Seguridad, que ha dispuesto la lucha abierta contra el terrorismo, convocando a todos los países que la integran en este sentido” [388].
El ex presidente Carlos Menem, detenido en ese momento, por ser el presunto jefe de una asociación ilícita que contrabandeó armas a Ecuador y Croacia, cumpliendo arresto domiciliario, reclamó un “alineamiento inmediato” con EUA. “Debemos alinearnos inmediatamente con EUA a partir de la decisión que tomó EUA de designar (en 1997) a Argentina aliado especial extra OTAN” [389].
La diputada Elisa Carrió del partido Argentinos para una República de Iguales (ARI), consideró como “un acto irresponsable la decisión del gobierno argentino de mandar ayuda militar a EUA, que además no lo necesita” [390].
Si se trata de esto último, sería una nueva tesis divisionista, al igual que la que usó el gobierno de Truman, convencido por el pensamiento de George Kennan, sobre la “contención del comunismo”, lo que hizo que el mundo viviera durante 50 años girando alrededor del conflicto entre las dos superpotencias, sin poder hacer nada que contradijera sus designios. Se trataría entonces del hallazgo de nuevos enemigos para substituir los de la guerra fría. Esto muestra una falta de creatividad en el liderazgo político mundial, y a la vez un desconocimiento de la importancia de entender y prepararse para el cambio sustantivo.
La imaginación de la dirigencia estadounidense, pareciera agotarse en el enfrentamiento entre supuestos “bienes” y supuestos “males” [391]; frente a los que EUA se arma “defensor de la democracia y la civilización”, obviando el rol de los organismos internacionales de alcance mundial e ignorando la voluntad el pensamiento y la opinión de la propia comunidad internacional.
El presidente George W. Bush ha reiterado en diversas oportunidades que no se trata de una lucha contra el islamismo sino contra el terrorismo, pero esa reiteración no es suficientemente convincente, toda vez que actúa como si los fundamentalismos fueran islámicos y trata de resolver las situaciones de manera militar y unilateral, más allá de convocar a “coaliciones” internacionales contra el terrorismo. Llama mucho la atención que los Estados que patrocinan a los terroristas tienen, en su mayoría, una importante población musulmana y/o se trata de Estados considerados como peligrosos o enemigos por el gobierno norteamericano.
Para todo esto, los gobiernos norteamericanos tienen ideólogos-académicos que justifican este tipo de pensamiento.
A principios del siglo XX, el ex presidente Teodoro Roosevelt para justificar su intervencionismo, consideraba que EUA tenía un rol como “Nación Civilizada”, debiendo ejercer un “poder de policía internacional” [392]. Wilson, procuraba una “comunidad internacional organizada” que, haciendo uso de “la fuerza organizada” logre el Imperio de la ley e imponga la democracia [393]. Wilson era liberal; pero un liberal muy particular, dada su vocación intervencionista.
Samuel Huntington, para quien Occidente es único pero no universal, dice que, valores diversos están profundamente arraigados en otras civilizaciones que no convergen a pesar de aparentes modas y hasta uniformidad en los consumos. Hoy la visión de Huntington vuelve a atraer a muchos, aunque por distintos motivos [394].
La hipótesis de Huntington en su trabajo “Choque entre Civilizaciones”, es que: “la fuente fundamental del conflicto... no será básicamente ideológica o económica. Las grandes divisiones de la humanidad, así como las fuentes dominantes de conflicto serán culturales. Los Estados-Nación seguirán siendo los actores más poderosos en los asuntos mundiales, pero los principales conflictos de la política mundial ocurrirán entre naciones y grupos de civilizaciones diferentes. El choque de las civilizaciones dominará la política mundial. Las líneas de falla entre las civilizaciones serán las líneas de batalla del futuro.”
Con el fin de la guerra fría, la política internacional se corre de su fase occidental (?) [395] y su pieza central se convierte en la interacción (?) entre occidente y las civilizaciones no occidentales y entre las civilizaciones no occidentales mismas (?) [396].
Para Huntington ahora es más significativo agrupar a los países, no en términos de sus sistemas políticos o económicos o en términos de su nivel de desarrollo [397], como en la etapa de la guerra fría, sino más bien en términos de su cultura y civilización.
Como occidente -vertiente europea y vertiente norteamericana según Huntington- se encuentra en la “cumbre de su poder”, se enfrenta a “no occidentes” que -a criterio de Huntington- cada vez más tienen el deseo, la voluntad y los recursos para forjar el mundo en formas no occidentales [398].
Occidente, como lo llama Huntington, puede ser que esté en la cumbre del poder, pero no en su mejor momento social y cultural. Si lo que pretende es mantener el predominio, sea en su vertiente norteamericana, con 40 millones de pobres -según cifras oficiales-, 3 millones de homeless, un alto grado de corrupción -Watergate, Whitegate; los problemas con las grandes corporaciones y sus vinculaciones con el propio gobierno de George W Bush, etc.-, un alto índice de drogadicción, problemas de seguridad personal en las principales ciudades, conflictos sociales -caso Los Angeles y Miami-, de la misma manera que en su vertiente europea, donde el desempleo promedio está en el orden del 11%, con problemas de drogadicción y situaciones sociales de todo orden; realmente muestra una falta de visión de los problemas propios y las capacidades.
Lo que se debe hacer, -según Huntington- es promocionar (?) los valores occidentales de democracia y liberalismo -modelo Theodoro Roosevelt y Wilson- como valores universales (?) [399], para mantener su predominio militar y para adelantar sus intereses económicos; lo que provoca respuestas contrarias de otras civilizaciones [400]. Cada vez más debilitados, por la falta de coherencia ideológica -como si el liberalismo no fuera una ideología- para formar coaliciones, los gobiernos y los grupos intentarán conseguir el apoyo apelando a la religión común y la identidad de civilización [401].
Huntington parece olvidarse que todo proceso de dominación, sea imperial o colonial, actúa como un péndulo. Cuando “va”, domina, cuando “vuelve” reacciona.
Sin embargo, al finalizar su trabajo, pareciera reflexionar de manera más coherente, asegurando que, en el futuro, no habrá una civilización universal, sino un mundo de diferentes civilizaciones, cada una de las cuales tendrá que aprender a coexistir con las otras. ¿Ocurrirá esto con la “civilización occidental”?
En países como la Argentina, han aparecido pseudo intelectuales que, acogiéndose a la tesis de Huntington, hablan de que el país se encuentra en la “frontera”, pero del “lado bueno”, en el choque entre civilizaciones y por lo tanto, supuestamente, -los argentinos- se “salvarían”. Este tipo de visiones absurdas y pseudo-científicas, favorecen el conflicto y la represión, en vez de adoptar perspectivas creativas. Por otra parte, muestran una visión aislacionista y egoísta del rol de países como Argentina en el sistema mundial.
La distancia de Occidente, sea respecto de Asia o el Islam, parece ampliarse en todos los aspectos desde las instituciones sociales y políticas. Frente a estas situaciones Huntington ve a Occidente replegándose sobre sí mismo concentrado en sus propios valores.
En los últimos años la globalización volvió, a las regiones del mundo y a su gente, más interdependientes. Intercambio de flujos de mercaderías, capitales y personas, migraciones y ósmosis creciente entre civilizaciones.
Sin duda la “renaissance” islámica y los recursos del petróleo han dado a los musulmanes una nueva confianza en sus caracteres distintivos y en el valor de su civilización comparada con la cultura occidental.
Son conocidos los resentimientos sufridos por los musulmanes bajo las presiones de Occidente, percibidas como una imposición, y los sufrimientos por las intervenciones en los conflictos con el mundo islámico, en Irak, utilizando Occidente -EUA en el marco de la OTAN- su poder económico y militar.
El lingüista estadounidense Noam Chomsky se ha mostrado, una vez más, audaz, al declarar, que el horror que se ha abatido el martes 11 de septiembre del 2001 sobre EUA ha sido un regalo para la extrema derecha que sueña con imponer un sistema omnímodo de control y militarización del mundo.
Tulio Halperin, aunque remiso a reconocer a Huntington como intelectual, se manifiesta en el sentido de darle la razón en este caso [402].
El presidente norteamericano George W. Bush pareciera confirmar que se trata de una lucha entre civilizaciones, al decir en un discurso en el Centro de Convenciones Mundiales de Georgia, que su país permanece fuerte, frente al terrorismo, “mientras sus militares libran una guerra para salvar a la civilización misma”. “Esta gran nación nunca será intimidada”... “Ninguno de nosotros jamás hubiera deseado el mal que se ha hecho a nuestro país, pero hemos aprendido que aún de la maldad pueden emerger grandes logros. Durante estos últimos dos meses, hemos mostrado al mundo que EUA es una gran Nación. EUA ha respondido magníficamente: con preocupación y coraje. (...) Estamos librando una guerra para salvar a la civilización misma. No la buscamos pero pelearemos y venceremos” [403].
No cabe duda que el episodio es una divisoria de aguas. Por primera vez, un país fue objeto de un ataque de escala de una ofensiva militar como las que pudiera haber realizado algún ejército nacional, pero en este caso efectuado por un grupo terrorista o, en cualquier caso, por una entidad que no sea un Estado.
El presidente George W. Bush, en un mensaje a la nación dijo que “no haremos distinciones entre los terroristas que cometieron estos actos y aquellos que los albergan” [405].
Se pueden adivinar entre tinieblas los perfiles de lo que puede representar este ataque para EUA y para el régimen de seguridad internacional del post-bipolarismo. Hasta el 11 de septiembre, las tendencias globales hacían presumir que el nuevo orden que se estaba gestando girarían alrededor del eje económico, en un mundo multipolar; mientras que los acontecimientos del 11 de septiembre y la decisión adoptada por el gobierno de Bush muestran que se agregan, paralelamente, nuevas tendencias, que pueden contradecir las anteriores, ya que el mundo podría girar alrededor del eje estratégico-militar, teniendo a EUA como motor de esas nuevas tendencias.
Por otra parte, la forma en que la gran mayoría de Estados con poder relativo se han subordinado a la actitud de EUA -hablo de Estados como Alemania, Francia, Rusia, China, etc.- le dan mayor fortaleza y credibilidad a esta nueva tendencia.
Desde el fin del bipolarismo, han disminuido los conflictos inter-estatales y crecieron los conflictos intra-estatales y transnacionales. Los conflictos involucran actores no gubernamentales y fuerzas transnacionales, tanto legales como ilegales. El mundo, las fuerzas armadas y los organismos internacionales no están preparados para esta novedad [406].
En este contexto, EUA logró apoyo internacional significativo y prácticamente irrestricto, a la vez que consiguió legitimar y legalizar su demanda de acción a través del CS de la ONU. En nombre de la legítima defensa [407], no son improbables las “políticas vengativas” en el marco de la invocación de la defensa propia. Ya ha manifestado el gobierno norteamericano que accionará contra varios países que considera involucrados en el apoyo al terrorismo y que pertenecen al mundo islámico. Los “halcones” sienten que ha llegado su hora, promoviendo la construcción del sistema de defensa antimisiles y el retiro del Tratado ABM. En este contexto, resulta difícil para los actores menores mantenerse neutrales, o no alinearse, aislarse o no involucrarse.
Si a esto se agrega la crisis entre israelíes y palestinos, en la que EUA tiene una posición de “mediador” interesado del lado israelí, se tiene una combinación de factores perturbadores que pueden alentar el estallido de problemas mayúsculos.
Si, históricamente, EUA se manejó en función de sus intereses de seguridad, a partir del 11 de septiembre hará que la seguridad mundial sea variable dependiente de la seguridad interior de EUA.
Toda actitud que adopte EUA, será, en sus propios términos, la respuesta que “Occidente” le dé al tema del terrorismo. Nadie podrá abstraerse de “su” visión y posición o será considerado un enemigo. Esto deja en claro que EUA “suple” el rol que los organismos internacionales deben cumplir en estos u otros casos.
Los acontecimientos del 11 de septiembre han hecho cambiar la agenda internacional. La prioridad para EUA en su relación con el resto del mundo ahora es la cuestión del terrorismo. Y como se trata de la potencia imperial, sus prioridades se trasladarán al conjunto de las relaciones internacionales.
Después de finalizada la segunda guerra mundial y durante varias décadas, la seguridad del mundo estaba regulada por un equilibrio de poderes con capacidad de destrucción que, permitía un cierto control en el nivel de conflicto en cualquier parte del planeta. Este equilibrio estaba dado por las dos cabezas de bloque, EUA y la URSS. Desde la desintegración de la Unión Soviética ese cuadro cambió y ningún Estado tiene la capacidad militar que EUA tiene.
En este contexto se desarrollan grupos religiosos y étnicos insatisfechos, resultantes de la actividad colonial europea; algunos que utilizan la capacidad terrorista para dirimir sus demandas. EUA entrenó, por ejemplo, a la “contra” en Nicaragua, al igual que grupos militares argentinos, para llevar a cabo, entre otros, actos de terrorismo contra el gobierno sandinista. Los grupos terroristas islámicos actúan en función de los conflictos en Medio Oriente, Africa, Asia Central y Asia Oriental. En Medio Oriente, antes de la fundación del Estado de Israel, muchos judíos que hoy forman parte del gobierno fueron terroristas [408]. También hay grupos terroristas que actúan dentro de sus países, como sucede en EUA. Hay que diferenciar al terrorismo liberacionista, del terrorismo destructivo.
EUA considera como Estados terroristas a Irak, Siria e Irán, de la misma manera que a Somalía, contra los que realizará actividades militares.
El orden mundial del sistema bipolar, giró alrededor del “paradigma” de la seguridad por la lucha entre dos ideologías incompatibles, el capitalismo y el comunismo. Finalizado el bipolarismo, las grandes tendencias mundiales se orientaron hacia el “eje” económico, teniendo como “paradigma” principal el conocimiento y el desarrollo científico y tecnológico. Sin embargo, con los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001, se vuelve a la tendencia de un orden que gire alrededor del “paradigma” de la seguridad; esta vez no por pugna entre ideologías, sino por el terrorismo.
Con EUA como única superpotencia dominante, los escenarios posibles de conflicto se han modificado dramáticamente. No sólo no hay un enemigo claramente identificado -aunque se sabe que se llama terrorismo, pero no tiene cara ni lugar ni forma de lucha definidos-, como sucedía con la ex URSS y sus aliados durante la segunda mitad del siglo XX, sino que el o los enemigos, son invisibles.
EUA a través de la Doctrina Bush ha decidido que el “lugar” de los terroristas está en los Estados que “los protegen” y, hasta el momento, ha decidido que los países islámicos son los protectores.
Sin embargo, las primeras hipótesis en ocasión de la voladura de un edificio de la administración federal en Oklahoma, en abril de 1995, habían apuntado a organizaciones terroristas extranjeras, especialmente las que se suele ubicar bajo la apelación de “fundamentalismo islámico”. Luego, las investigaciones revelaron que se trataba de una organización terrorista interna, y concluyeron con la ejecución del norteamericano Timoty McVeigh, que se declaró culpable [409].
El ex Secretario de Estado Henry Kissinger, comentó que:
EUA debe reaccionar de la misma manera que lo hizo tras el ataque japonés contra Pearl Harbor en la II Guerra Mundial, y los responsables de los atentados cometidos en Nueva York y Washington “deben terminar igual” que aquellos que bombardearon esa base estadounidense en el Pacífico, haciendo referencia a las dos bombas atómicas lanzadas por su país sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki [410].
Por su parte, el Secretario de Estado Colin Powell, pese a mostrar cautela de mencionar a Osama Bin Laden como el cerebro de los ataques, emitió una advertencia al gobierno talibán de Afganistán y otros países por proteger a terroristas:
“Para aquellos que están suministrando refugio, respaldo, aliento y otros recursos a organizaciones, como la que encabeza el señor Osama Bin Laden necesitan entender que no podrán separar sus actividades de la actividad de estos perpetradores”. EUA está llevando adelante una campaña para combatir a una nueva clase de enemigo, que se encuentra oculto en todo el mundo. “Vamos a usar todas las armas y herramientas a nuestra disposición para luchar en esta campaña y ganar esta guerra” [411].
Si lo definimos como guerra, los temas quedan enmarcados dentro del sentimiento nacionalista y ello separa a EUA de los pueblos de otras naciones. Si lo definimos como crimen contra la humanidad, conlleva la posibilidad de unir a la humanidad en contra del azote del terrorismo.
EUA tomó la decisión, unilateralmente, y no quedan muchas posibilidades de modificarla: guerra. El rol de los organismos internacionales y de la comunicad internacional, será el de aceptar la actitud del gobierno norteamericano o atenerse a las consecuencias.
Definir la postura nacional de EUA como “guerra”, lleva a ese país hacia la dirección del estado de excepción. EUA es una de las sociedades más armadas de la historia. ¿Se necesita ir en la dirección de la guerra -matando extranjeros inocentes y restringiendo libertades-?
¿No sería conveniente tratar el problema desde una perspectiva policial en vez de militar y con una actitud universal y no unilateral, obligando al resto del mundo a subordinarse a las decisiones bajo el lema de “estas conmigo o estás contra mí”?; retornando a los criterios de la “guerra fría”.
Si un criminal entra en una villa y es buscado por la policía, cuando lo encuentra lo detiene. Si es buscado por fuerzas militares, la villa puede quedar totalmente destruida perjudicando a sus habitantes y, en muchos casos, matando inocentes y, muy probablemente, sin encontrar al criminal.
La actitud policial no ha sido la adoptada por el gobierno norteamericano de Bush. Se negó a negociar, e incluso a aceptar la posible colaboración que el gobierno talibán y otros gobiernos islámicos propusieron para resolver el tema, además de la colaboración del resto de los gobiernos del mundo [412].
Su conducta fue -y sigue siendo- imperial y no la de una superpotencia en problemas.
Si EUA se hubiera comprometido con el mundo para establecer un sistema judicial internacional efectivo contra el crimen [413], el apoyo del resto de los países sería muy fuerte y volvería difícil para algún país acoger a los que cometen actos de violencia masiva [414].
No obstante ello, EUA prefiere el sistema de tribunales “especiales”, como el de la ex Yugoslavia, o el de Ruanda; en los que se puede juzgar a otros, pero no ser juzgado.
Hay quienes sostienen que el ataque de EUA y el Reino Unido sobre Afganistán es claramente ilegal. Viola el derecho internacional y las palabras enunciadas en la Carta de la ONU.
Pese a las repetidas referencias al derecho a la autodefensa bajo el Artículo 51, la Carta simplemente no sería aplicable en este caso. El Artículo 51 otorga a un Estado el derecho a repeler un ataque que se está llevando a cabo o es inminente, como una medida temporal hasta que el CS de la ONU pueda tomar las medidas necesarias para la paz y la seguridad internacionales.
Art. 51.
Ninguna disposición de esta Carta menoscabará el derecho inmanente de legitima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas, hasta tanto que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales. Las medidas tomadas por los Miembros en ejercicio del derecho de legitima defensa serán comunicadas inmediatamente al Consejo de Seguridad, y no afectarán en manera alguna la autoridad y responsabilidad del Consejo conforme a la presente Carta para ejercer en cualquier momento la acción que estime necesaria con el fin de mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales.
El Consejo de Seguridad ha aprobado -entre otras- dos resoluciones condenando los ataques del 11 de septiembre y anunciado un paquete de medidas dirigidas a combatir el terrorismo. Estas incluyen medidas para la supresión legal del terrorismo y su financiación, y para la cooperación entre Estados en materia de seguridad, inteligencia, investigaciones penales y procesos judiciales relativos al terrorismo. El Consejo de Seguridad ha establecido un comité para monitorear el progreso de las medidas adoptadas en la resolución y ha dado a todos los Estados 90 días para que presenten sus respectivos informes. De ninguna resolución puede decirse que autorice al uso de la fuerza militar. Es cierto que, ambas, en sus preámbulos, abstractamente “confirman” el inherente derecho a la legítima defensa, pero lo hacen “de acuerdo con la Carta”. Ni dicen que la acción militar contra Afganistán estaría incluida en el derecho a la autodefensa ni podrían decirlo. Esto es debido a que el derecho a la autodefensa [415] unilateral no incluye el derecho a las represalias una vez el ataque ha parado.
El derecho de autodefensa, en derecho internacional, es como el derecho de autodefensa en el derecho interno: permite defenderse cuando la ley no está alrededor, pero no permite tomarse la justicia por mano propia.
El CS de la ONU está únicamente autorizado a permitir el uso de la fuerza donde sea “necesaria para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales.”
Con todo lo que se ha dicho sobre cómo las cosas han cambiado desde el 11 de septiembre, una cosa que no ha cambiado es el menosprecio de EUA por el derecho internacional. Tanto su campaña de bombardeo durante una década contra Irak como el bombardeo de 1999 contra Yugoslavia fueron ambos ilegales. EUA ni siquiera reconoce la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia.Se retiró de ella en 1986 cuando fue condenado por el ataque contra Nicaragua, poniendo minas en sus puertos y financiando a la “contra”. En ese caso, la Corte rechazó las alegaciones de EUA de que estaba actuando bajo el Artículo 51 de la Carta de la ONU, en defensa de los vecinos de Nicaragua [416].
Bush y el Primer Ministro de Gran Bretaña, Tony Blair, acordaron que se necesitaba una fuerte estructura de mando y que la operación militar debía ser llevada adelante completamente por las fuerzas de los dos países. Una alianza más grande como la que operó en Kosovo, complicaría la toma de decisiones.
La “fase inicial” del asalto sería contra Osama Bin Laden y su supuesta red terrorista en Afganistán.
El acuerdo entre Bush y Blair se dio en las reuniones que mantuvieron en la Casa Blanca, antes del discurso del presidente al Capitolio. En sus declaraciones, Bush envió un ultimátum al gobierno talibán para que entregara inmediatamente a Osama Bin Laden, y a todos los terroristas que se escondían en Afganistán [417].
El Secretario de Defensa de EUA, Donald Rumsfeld, anunció que la operación militar, no supondría un ataque masivo como en otras guerras, sino un conflicto de años y con todo tipo de medios para acabar con la amenaza terrorista. Esto hizo pensar, que no sólo se atacaría a Afganistán, sino también a otros países del orbe.
El sentido que le quiso dar el Pentágono a la operación, es el de la defensa de la libertad para asegurarla de forma permanente [419].
El material fue suministrado en la más estricta confidencialidad por el coordinador del contraterrorismo del Departamento de Estado, Frank Taylor. El hermetismo oficial convirtió así la confesión de un arrepentido en París, en la primera evidencia que llega al público acerca de la vinculación de Osama Bin Laden con la campaña terrorista en Occidente [420].
Sin embargo, como comentaba anteriormente, el propio Primer Ministro británico, Tony Blair, en discurso dicho ante la Cámara de los Comunes, confesó que las pruebas no eran suficientes como para llevar a Bin Laden ante los tribunales [421]. También, para el Consejo de la OTAN, la información suministrada por Taylor “no son pruebas con carácter jurídico, pero sí elocuentes”. No se trataba de “elementos como para ir ante un juzgado, pero sí lo suficientes como para creer que están persiguiendo al hombre adecuado” [422].
El Secretario General de la OTAN, lord George Robertson, declaró que los aliados, basándose en el informe, llegaron a la conclusión de que los ataques fueron lanzados desde fuera de EUA y, por consiguiente, invocaron el artículo V de la OTAN, que determina que una agresión contra un miembro de la alianza constituye un ataque contra todos. Asistencia recíproca [423].
De esta manera, la OTAN invocó por primera vez en su historia el artículo V, que contiene la cláusula de asistencia recíproca, con lo cual manifestó su respaldo político a una acción bélica contra el régimen afgano.
En Rusia el presidente Vladimir Putin, dijo que Moscú no necesita más pruebas sobre la participación de Bin Laden en los atentados y pidió una acción decidida contra el terrorismo.
El presidente norteamericano George W. Bush dijo que el gobierno afgano debía entregar a Bin Laden y destruir los campos terroristas “o sufrir las consecuencias”; mientras que el gobierno talibán instó a realizar negociaciones para evitar la guerra, aunque insistió en que no entregaría a Bin Laden sin pruebas.
De esta manera, el gobierno norteamericano, una vez más impuso a la OTAN por sobre la ONU; haciendo uso de este último organismo, sólo para legitimar y legalizar sus actos, pero usando una fuerza que no es la que establece el artículo 43 de la Carta de la ONU y sus correlatos, artículos 44, 45, 46 y 47.
Art. 43. 1. Todos los Miembros de las Naciones Unidas con el fin de contribuir al mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, se comprometen a poner a disposición del Consejo de Seguridad, cuando éste lo solicite, de conformidad con un convenio especial o con convenios especiales, las fuerzas armadas, la ayuda y las facilidades, incluso el derecho de paso, que sean necesarias para el propósito de mantener la paz y la seguridad internacionales.
2. Dicho convenio o convenios fijarán el número y clase de la fuerzas, su grado de preparación y su ubicación general como también la naturaleza de las facilidades y de la ayuda que habrán de darse.
3. El convenio o convenios serán negociados a iniciativa del Consejo de Seguridad tan pronto como sea posible; serán concertados entre el Consejo de Seguridad y Miembros individuales o entre el Consejo de Seguridad y grupos de Miembros, y estarán sujetos a ratificación por los Estados signatarios de acuerdo con sus respectivos procedimientos constitucionales.
Art. 44. Cuando el Consejo de Seguridad haya decidido hacer uso de la fuerza, antes de requerir a un Miembro que no esté representado en él a que provea fuerzas armadas en cumplimiento de las obligaciones contraídas en virtud del Art. 43, invitará a dicho Miembro, si éste así lo deseare, a participar en las decisiones del Consejo de Seguridad relativas al empleo de contingentes de fuerzas armadas de dicho Miembro.
Art. 45. A fin de que la Organización pueda tomar medida militares urgentes, sus Miembros mantendrán contingentes de fuerzas aéreas nacionales inmediatamente disponibles para la ejecución combinada de una acción coercitiva internacional. La potencia y el grado de preparación de estos contingentes y los planes para su acción combinada serán determinados, dentro de los limites establecidos en el convenio o convenios especiales de que trata el Art. 43, por el Consejo de Seguridad con la ayuda del Comité de Estado Mayor.
Art. 46. Los planes para el empleo de la fuerza armada serán hechos por el Consejo de Seguridad con la ayuda del Comité de Estado Mayor.
Art. 47. 1. Se establecerá un Comité de Estado Mayor para asesorar y asistir al Consejo de Seguridad en todas las cuestiones relativas a las necesidades militares del Consejo para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, al empleo y comando de las fuerzas puestas a su disposición, a la regulación de los armamentos y al posible desarme.
2. El Comité de Estado Mayor estará integrado por los Jefes de Estado Mayor de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad o sus representantes. Todo Miembro de las Naciones Unidas que no esté permanentemente representado en el Comité será invitado por este a asociarse a sus labores cuando el desempeño eficiente de las funciones del Comité requiera la participación de dicho Miembro.
3. El Comité de Estado Mayor tendrá a su cargo, bajo la autoridad del Consejo de Seguridad, la dirección estratégica de todas las fuerzas armadas puestas a disposición del Consejo. Las cuestiones relativas al comando de dichas fuerzas serán resueltas posteriormente.
4. El Comité de Estado Mayor, con autorización del Consejo de Seguridad y después de consultar con los organismos regionales apropiados, podrá establecer subcomités regionales.
Después del fin del bipolarismo en 1991, durante diez años, EUA buscó un nuevo desafío en el terreno estratégico-militar; ya que su capacidad competitiva en el terreno económico estaba permanentemente cuestionada por Europa y el mundo asiático y EUA tiene la necesidad de manejarse de manera exclusiva y excluyente, por su tradición aislacionista. El conjunto de guerras locales en el Golfo Pérsico y en la antigua Yugoslavia, durante los años ‘90, tuvo la suficiente envergadura como para movilizar a la nación.
Todo esto cambió el 11 de septiembre del 2001. Entre las ruinas de las Torres Gemelas de Nueva York, Bush distinguió al nuevo enemigo y le declaró la guerra; no sólo al terrorismo internacional, sino también a los Estados que, según su criterio, lo cobijaban.
De esta manera, con los acontecimientos del 11 de septiembre, EUA torció las cosas, de manera tal que se diera un predominio del “eje” estratégico-militar.
La historia del Imperio norteamericano se asemeja a la del Imperio Romano. Hacia el siglo III antes de Cristo, Roma tuvo su enemigo, que era Cartago. Una vez vencida, sólo le quedaron los bárbaros en las afueras del Imperio. Los nuevos bárbaros son, para George W. Bush, los terroristas y los “Estados bandidos”. Un adversario al parecer inferior a la URSS. También los bárbaros eran despreciados por los romanos. ¿Cómo compararlos con Cartago? Sin embargo, fueron los bárbaros los que terminaron destruyendo al Imperio [424].
Bush describió en un discurso al congreso el 20 de septiembre del 2001, que el mundo está dividido entre buenos y malos, un mapa negro y blanco en el que cada país debe escoger su color. “O están con nosotros o están con los terroristas”.
Esa es la esencia de lo que el propio presidente norteamericano llama la “Doctrina Bush”. Se le pidió que aclarara la definición, y un mayor oficial de la Casa Blanca dijo: “Nosotros debemos eliminar el azote del terrorismo internacional. No sólo necesitamos eliminar a los terroristas y sus redes, sino también a aquellos que los albergan” [425].
Esto justificaría la adopción de una doctrina imperial de guerras permanentes, unilaterales y “preventivas” [426].
La propaganda de guerra al terrorismo en EUA sirve para fortalecer al Estado represor, socavar la oposición a los recortes masivos del gasto social y al fuerte incremento del militar, así como silenciar las voces que pudieran poner en duda la teoría de la conspiración terrorista internacional [427]. Bush no trata de encontrar mecanismos negociados de justicia para los pueblos y para las partes. Quiere que EUA y sus “aliados” sean vistos como los que tienen la razón y que los otros se ajusten a lo demandado.
La doctrina Powell nació como consecuencia de los largos años de frustraciones de las fuerzas armadas estadounidenses en Vietnam. En esa guerra, EUA aumentó gradualmente el uso de la fuerza y declaró interrupciones periódicas en su campaña de bombardeos. Eso dio tiempo a los diplomáticos para hablar y, según los críticos, al enemigo para recuperarse y volver al combate.
De ese conflicto surgió una generación de oficiales norteamericanos que se prometieron a sí mismos no volver a combatir nunca de esa forma, y Colin Powell -un joven oficial del ejército en Vietnam que ascendió hasta llegar a ser comandante del Estado Mayor Conjunto y luego Secretario de Estado con George W. Bush- era uno de ellos. Si había que utilizar la fuerza estadounidense, afirmaban, debía ser aplastante y decisiva. El poder militar de EUA sería como un relámpago: feroz, pero breve.
Los ejemplos más puros de la doctrina Powell fueron la invasión a Panamá, en 1989, cuando las fuerzas armadas estadounidenses ingresaron en el país en un ataque relámpago de varios días con muertes civiles y capturaron a su líder, Manuel Noriega y luego de apresarlo lo juzgaron y encarcelaron en EUA; y, la guerra del Golfo, en 1991 con Irak.
Durante varias administraciones demócratas y republicanas hubo un artículo de fe: la fuerza militar, en caso de ser utilizada, debía ser aplastante e inexorable. EUA no daría un golpe sin tener un plan y un objetivo político claro para sacar a las fuerzas estadounidenses al campo de batalla.
Si bien los bombardeos constituyen una parte importante del plan, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld subrayó que el Pentágono adopta un “enfoque mesurado”, pero debe tener una presencia y capacidad de disuasión en varios frentes importantes a la vez. Habría que poder “vencer dos agresores al mismo tiempo, conservando a la vez la capacidad de llevar adelante una contraofensiva de magnitud y de ocupar la capital de un enemigo para instalar allí un nuevo régimen” [428].
En parte, el enfoque mesurado, deriva de los problemas singulares que planteó entrar en guerra con Bin Laden y el gobierno talibán en Afganistán. Los gobernantes de ese país tenían cuarteles, fuerzas militares, campos de aterrizaje y pertrechos que podían ser atacados. Pero carecían de los vastos ejércitos que las fuerzas armadas estadounidenses enfrentaron en conflictos anteriores, lo cual reducía el número de blancos militares.
La planificación del Pentágono también refleja una estrategia política más amplia. El gobierno norteamericano trató de dejar bien claro que libraba su batalla contra los terroristas y no contra el pueblo afgano. De modo que arrojar alimentos a los refugiados hambrientos era tan importante como los ataques con bombas guiadas por láser.
Hay casos en los que el modelo Powell pudo seguir siendo útil. La administración Bush dejó bien claro que no sólo perseguirá a los terroristas sino que también considerará responsables a los gobiernos que los amparan. En esos casos, las fuerzas armadas estadounidenses pueden ser todavía aplastantes y decisivas según lo aplicó el general Powell durante la guerra del Golfo [429].
En realidad, se trataba de una estrategia para consolidar el apoyo de los países árabes moderados. Para ello el presidente George W. Bush respaldó por primera vez, la idea de la creación de un Estado palestino y envió a su Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, a una gira por cuatro países árabes, clave en el operativo militar antiterrorista: Egipto, Omán, Arabia Saudita y Uzbekistán. Esto, tiene que ver con la necesidad del gobierno de George W. Bush de impedir, que la guerra contra el terrorismo se transforme en una guerra entre el mundo occidental y el mundo árabe.
El primer ministro, Tony Blair, coincidió con las declaraciones de Bush sobre el derecho de los palestinos a vivir en su propia tierra: “Los palestinos tienen que tener la justicia, la oportunidad de prosperar en su propia tierra, como socios iguales con Israel”, declaró Blair durante un discurso pronunciado ante el congreso anual del Partido Laborista en Brighton (Inglaterra). Pero agregó, que “el Estado de Israel tiene que ser reconocido por todos, liberado del miedo y saber que está aceptado como parte del futuro de Medio Oriente, sin que esté amenazada su existencia”.
Uno de los puntos aún no resuelto es si el gobierno norteamericano dirá que es necesario que Israel ponga fin a la expansión de los asentamientos judíos, algo que todavía ningún presidente de EUA se ha atrevido a hacer.
En su viaje a Egipto, Arabia Saudita, Omán y Uzbekistán, Donald Rumsfeld se entrevistó no sólo con jefes militares sino también con líderes políticos. Uzbekistán es uno de los países que limitan con Afganistán y desde donde EUA lanzó un operativo en contra del régimen talibán afgano [431].
Por su parte, Siria dijo que se uniría a una coalición internacional para combatir el terrorismo tras los ataques suicidas del 11 de septiembre en EUA, pero enfatizó que la sabiduría y la información adecuada eran esenciales.
El canciller sirio Farouq al Shara previno contra propósitos ocultos contra cualquier país. Al Shara dijo que las raíces del terrorismo, especialmente en conflictos regionales como el árabe-israelí, deben ser tratadas de diferente manera, e instó a la comunidad a distinguir entre el terrorismo y la resistencia contra una ocupación extranjera.
El canciller sirio instó a EUA “primero a usar la sabiduría, segundo a usar información precisa y evidencias claras, y continuar lidiando con el tema de los ataques en un nivel justo y balanceado... y no tener propósitos ocultos para ningún país”.
Al Shara describió la ocupación israelí de tierras árabes como el mayor nivel de terrorismo e instó a intensificar esfuerzos en todo el mundo para resolver el conflicto palestino-israelí, que dura más de 50 años.
Siria se encuentra en la lista estadounidense de países que presuntamente apoyan el terrorismo, pero se unió a una fuerza multinacional liderada por EUA contra Irak en 1991.
Al igual que Siria, Líbano ha condenado los ataques contra EUA, pero también instó a la comunidad internacional a distinguir entre el “terrorismo” y la “resistencia” legítima del grupo guerrillero libanés Hezbollah y grupos militantes palestinos radicados en Damasco [432].
Pero los “grupos de resistencia” pasaron a ser terroristas para EUA e Israel en muy poco tiempo, toda vez que EUA logró fortalecerse en su intervención en Afganistán. Esto le ha permitido al gobierno halcón de Israel, Ariel Sharon, lograr su objetivo inicial, de encontrar justificativos para abandonar toda negociación que permita la creación de un Estado palestino, a la vez que poder volver a invadir territorios. El ex Secretario de Estado de George Bush padre, James Baker escribió en sus memorias que Ariel Sharon era un “obstáculo para la paz” [433].
Ya para principios del mes de diciembre del 2001, en que EUA se había consolidado en las operaciones en Afganistán, el gobierno norteamericano declaraba que “Israel tiene derecho a defenderse” del terrorismo a la vez que afirmaba que Yaser Arafat ya no era un interlocutor válido.
George W. Bush dio carta blanca a Ariel Sharon. Por primera vez en mucho tiempo, EUA no pidió al Gobierno israelí que se autocontrole al lanzar represalias o que su respuesta sea “proporcionada”.
El portavoz de la Casa Blanca Ari Fleischer, mostró un paralelismo entre los problemas de EUA e Israel con el terrorismo: “Como ha dicho el presidente más de una vez, no hay terroristas buenos y terroristas malos, e Israel tiene derecho a defenderse” [434].
La actitud “mediadora” de EUA se mostró, de una vez por todas, evidentemente unilateral en sus objetivos de definición de paz en el Medio Oriente.
Por su parte, los Cancilleres de la UE no estuvieron de acuerdo con las políticas norteamericanas respecto del conflicto palestino-israelí, y plantearon que debería centrarse menos en temas de seguridad y más en las cuestiones políticas del conflicto. La posición de los ministros de la UE difiere de la que mantienen Israel y EUA, que piden el fin de la violencia en la región como requisito previo para que puedan reanudarse las negociaciones. “Deberíamos avanzar hacia la búsqueda de una solución política que no puede ir acompañada al cien por cien de una seguridad absoluta” expresaron los cancilleres europeos en una declaración.
Algunos miembros de la UE criticaron el apoyo de EUA al Primer Ministro israelí, Ariel Sharon. El Ministro francés de Relaciones Exteriores, Hubert Védrine, uno de los más críticos, declaró que la UE debería seguir presentando su posición, incluso si ésta difería de la de EUA: “De forma paralela necesitamos relanzar un plan político. (...) Después de un año de obsesión con la seguridad, ya vemos ahora dónde estamos. Durante meses la cuestión ha sido acabar con la violencia, pero todo sigue en un punto muerto. (...) Los palestinos tienen el derecho de expresarse de otra manera que no sea el suicidio”.
El Canciller español y presidente pro tempore de la UE, Josep Piqué, se refirió al aislamiento al que fue sometido el presidente palestino, Yasser Arafat, quien permanecía confinado por el ejército israelí en su residencia de la Ribera Occidental desde los primeros días de diciembre del 2001. Expresó que: “No se le puede pedir que haga el cien por cien de esfuerzos y al mismo tiempo limitar y debilitar su libertad de movimientos”.
Francia propuso un plan de reconocimiento por parte de Israel sobre la necesidad de un Estado palestino y la celebración de elecciones en los territorios palestinos que daría al ganador un mandato para negociar la paz. EUA descartó la propuesta francesa.
El comisario de Relaciones Exteriores de la UE, Chris Patten, en comentarios hechos a un diario británico, acusó al gobierno de EUA de perseguir una política exterior “absolutista y simplista”. Los gobiernos europeos “deben impedir” que EUA asuma una actitud “directamente unilateral”.
El discurso de Bush sobre el estado de la Unión, donde el presidente calificó a Irak, Irán y Corea del Norte como “ejes del mal”, también dejó al descubierto una brecha diplomática con la UE, la cual tiene una política de “compromiso constructivo” con los sectores moderados de Irán y Corea del Norte [435].
Adicionalmente, el premier israelí, Ariel Sharon, recibió luz verde de parte del presidente estadounidense, George W. Bush, para dar una respuesta militar a eventuales ataques por parte de Irak. Recibió, además, la confirmación de que Israel será preventivamente informado por EUA acerca de “cualquier plan de ataque de Irak”.
Se planteó la “reactivación” del grupo de defensa conjunto entre Israel y EUA, y el SubSecretario de Defensa, Doug Feith, conduciría una delegación del Pentágono, a Israel para concentrarse en los “preparativos para un ataque estadounidense sobre Irak” [436].
Fuentes
diplomáticas de Medio Oriente afirmaron que apoyarían
una operación militar si Bush garantizaba la salida de Saddam
Hussein de Bagdad. Aseguraron que Turquía prestaría
bases para una acción [437].
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