|
|
Es así que en cada ocasión crece la represión, particularmente en Praga, Niza, Québec, Gotemburgo, Barcelona, etc. contra los manifestantes que recurren a formas pacíficas de desobediencia civil; hasta el punto de que numerosos representantes de ONG’s admitieron que en estas ciudades, perdieron su creencia en la posibilidad de luchar democráticamente por sus ideas en países democráticos.
Al parecer, hay dos motivos principales:
1) El éxito obtenido por los movimientos de oposición a la globalización, que lograron hacer fracasar el proyecto de Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) en octubre de 1997 y la Ronda del Milenio de la OMC en Seattle, en diciembre de 1999. Para los dirigentes de los países desarrollados esas dos derrotas son altamente simbólicas, pues afectan a dos pilares del proyecto de globalización: la “libertad” de las finanzas y del comercio. La derrota del AMI fue aun más dolorosa, como resultado de la decisión oficial de Francia de retirarse, uno de los países líderes, bajo la presión, precisamente, de manifestaciones populares. El fracaso de Seattle también resultó un acontecimiento intolerable, dado que puso en evidencia que la mayoría de los gobiernos de los llamados “países en vías de desarrollo” comparten muchas de las críticas que los opositores del Norte hacen a la globalización.
2) La afirmación de EUA como potencia hegemónica en el plano militar, tecnológico, económico, financiero, político y cultural. Símbolo del capitalismo global contemporáneo, EUA encarna una lógica imperial y un orden planetario que coloca bajo su batuta las situaciones, los problemas y las perspectivas de las distintas sociedades del mundo [263].
Las desigualdades y el vaciamiento de las democracias, el desmantelamiento de los Estados y de los servicios sociales, la destrucción ecológica, están provocando un creciente y heterogéneo movimiento mundial de resistencia. Desde el primer Foro Social Mundial de Porto Alegre (2001), trabajadores, desocupados, campesinos con y sin tierra, ecologistas, estudiantes, indígenas, mujeres, pequeños y medianos industriales y comerciantes, que conforman una multitud de movimientos de distinto signo y orientación política, confluyen en busca de propuestas alternativas. Consideran que el mundo debe cambiar o se precipitará hacia la catástrofe. El único hilo conductor, que une a esos grupos, es la participación en busca de justicia.
En América Latina, la crisis económica y social ha agrandado y multiplicado estos movimientos y ambas crisis han conducido al debilitamiento e inestabilidad de la mayoría de los gobiernos, sin que aparezcan alternativas ni se genere una convergencia entre los distintos países en busca de respuestas [264].
Entre los historiadores, la globalización provoca la sensación de cosa ya vista. A principios del siglo XX había progreso material, deslumbrantes tecnologías nuevas (el automóvil, el teléfono, la máquina de escribir) y otros grandes logros, pero también expresiones de protesta contra un mundo que parecía escapar al control de las instituciones políticas tradicionales.
En ese momento, la respuesta provino principalmente de los países industrializados, más que de los pobres y periféricos. Fueron los Estados avanzados los que impusieron aranceles contra la “injusta” competencia extranjera. Se crearon bancos centrales para que administraran los desordenados flujos de capitales. La política inmigratoria se hizo más restrictiva a medida que los grandes receptores de inmigrantes empezaron a discutir su selectividad.
Después de la primera guerra mundial, una serie de impactos fueron revirtiendo el proceso de integración, hasta destruirlo definitivamente con la Gran Depresión: protección aduanera, pánicos financieros contagiosos que se extendieron desde la periferia hasta el corazón del sistema financiero mundial, y un retorno al nacionalismo económico y la autarquía. Las redes de seguridad contra una globalización excesiva anteriores a 1914, después de 1918 se transformaron en lazos gigantescos que estrangulaban la economía mundial.
A fines del siglo XIX, la aristocracia terrateniente europea se vio debilitada por la competencia de los cereales y otros alimentos baratos importados de ultramar. La caída de los precios agrarios y los arriendos le hizo vislumbrar su propia decadencia. Ante esta perspectiva, movilizó a los pequeños agricultores, artesanos y productores, que compartían su convicción de que la libre competencia era nociva. Para estos grupos, globalización era sinónimo de redistribución.
La clase trabajadora, en crecimiento, procuró utilizar el poder político para cambiar las relaciones económicas: por ejemplo, promover políticas impositivas más progresistas o poner fin al uso de los derechos arancelarios como instrumento protector del antiguo orden.
Acusada por las reacciones “antiglobalistas” de la izquierda y de la derecha, la elite comercial liberal juzgó absolutamente beneficiosos los frutos de la apertura económica o la globalización [265].
Hoy la globalización favorece a la tentativa imperial de EUA por dominar al mundo a fin de poder explotar libremente sus riquezas naturales, su fuerza de trabajo y sus mercados y encontrar un campo rentable y seguro para sus capitales especulativos. La globalización conforma una realidad ambivalente. Favorece el crecimiento global, pero está acompañada de desigualdades cada vez mayores. Impulsa el descubrimiento de la diversidad humana, pero conlleva el riesgo de la uniformación [266].
La globalización no puede ser mundialmente considerada, tal cual la plantean los países ricos, en especial EUA. Frente al planteo de globalización hecha por ellos, la gran periferia tiene otras urgencias, que pasan por satisfacer las necesidades básicas de los pueblos más pobres. No obstante, en la mayoría de los casos, los mismos gobiernos de la periferia, obedecen más a la ideología planteada desde el “Norte” que a las necesidades de sus propios países y regiones, en la esperanza de obtener beneficio, o debido a la corrupción generalizada.
La ideología del “talle universal”, propuesta por el Consenso de Washington de 1989, ha demostrado que la globalización es desigual y desigualitaria. La globalización requiere normas y el ejercicio del poder de la comunidad internacional en su conjunto. No puede ser un juego de ricos contra pobres. No puede funcionar sin leyes o instituciones internacionales [267].
Mientras en el orden mundial predomina la globalización, en el interior de los países se profundiza la fragmentación del Estado.
Si se habla de los beneficios de la globalización, ¿cómo se explica que en los últimos veinte años, la diferencia entre los más ricos y los más pobres haya crecido? La globalización, más que un fenómeno de integración global, se parece más a un diseño de políticas impuestas del centro a la periferia. El mal no es la globalización en sí misma, sino la unilateralidad.
Los acuerdos de Bretton Woods de 1944, que hablaban de los controles del capital y la regulación de divisas, que dieron origen al FMI y a préstamos para reconstrucción y fomento por el BIRF, hoy BM, quedaron en el arcón de los recuerdos, particularmente después de la declaración de inconvertibilidad del dólar en oro por parte de Richard Nixon e 1971. Los mercados financieros se liberalizaron, se eliminaron las restricciones al movimiento de capital y se desregularon las divisas.
Noam Chomsky dice que ahora nos enfrentamos a un doble electorado: el de los votantes y el de los especuladores. Los dueños del capital hacen referendos continuos de las decisiones gubernamentales y si éstas no son de su agrado ejercen veto atacando la moneda del país o retirando el capital [268]. El mismo referendo lo hacen las calificadoras de riesgo país, que son actores transnacionales que operan en beneficio del inversor.
Las diferencias sociales son crecientes: el 88 % de todos los usuarios de Internet vive en países industrializados que sólo representan el 15 por ciento de la población mundial. El sur de Asia, con el 20 por ciento de la población mundial, tiene menos del uno por ciento de la población global de Internet. Africa, por su parte, donde viven 740 millones de personas, cuenta solamente con 14 millones de líneas telefónicas y sólo un millón de usuarios de Internet.
En general, no existe la más mínima reacción de los gobiernos de los países de la periferia, salvo muy escasas excepciones. No existen vínculos “horizontales”, o como se decía en los ‘70 “Sur-Sur”, que favorezcan reacciones o resistencia, orientadas al fortalecimiento de la soberanía en la periferia, tal como se planteaba en las pautas para un Nuevo Orden Económico Internacional más justo (NOEI).
Sin embargo, la “sociedad civil”, al interior de los Estados y en el marco mundial sí está reaccionando, aunque de manera aún desarticulada, como para ir construyendo poder alternativo.
Las propuestas que se han hecho y las actividades que se han emprendido se orientarían hacia la conformación de un nuevo “pacto social” tanto en el nivel nacional, como en el mundial.
Diferentes propuestas de la sociedad civil comprenden:
Esta cifra representaría el equivalente de casi dos Planes Marshall por año que serían dedicados a combatir la pobreza y preservar el medio ambiente. Se trata de un monto que el BM considera suficiente para abatir las formas extremas de la pobreza en el mundo y financiar los programas de defensa del medio ambiente a nivel global. La recaudación de esta tasa, resultaría factible, por la concentración de las operaciones, debido a que casi el 85 % de las transacciones en los mercados cambiarios y especulativos son efectuadas en siete grandes centros: Nueva York, Tokio, Londres, Singapur, Hong Kong, Frankfurt y Viena y los operadores involucrados en las mismas son menos de un centenar de grandes bancos y fondos de inversión [269].
Si la tasa se aplicara también a las transacciones especulativas que tienen lugar en otras plazas, como Frankfurt, Tokio, Paris, Hong Kong, podría llegarse a recaudar en un año una suma levemente superior a tres Planes Marshall por año. Se trata de cifras muy superiores al PBI de la mayoría de los países de la periferia.
Esta tasa, es vista por el capital financiero como profundamente ilegítima e irracional, y como un atentado a sus buenos negocios. La tasa Tobin, no es la solución, pero es un comienzo de solución y, además, tiene la virtud de abrir una discusión donde antes estaba cerrada [270].
Un buen punto de partida, podría ser la supresión de los llamados “paraísos fiscales”, que facilitan las operaciones, muchas veces ilegales, que realizan los operadores. Estos “paraísos fiscales”, además, desempeñan un papel altamente pernicioso al posibilitar la evasión de las responsabilidades tributarias, y conspiran contra el bienestar general a causa de los privilegios y prerrogativas que les son otorgados al capital financiero [271].
Otra iniciativa podría consistir en coordinar las políticas tributarias a los efectos de evitar competencias que lleven a los Estados a reducir sus impuestos para atraer capitales, que sólo favorece la obtención de superganancias por parte de los capitalistas y la destrucción de los Estados y las sociedades anfitrionas.
Otra política es la eliminación del secreto bancario, fundamentalmente, para evitar el lavado de dinero.
La mayor deuda corresponde a EUA, la UE, Japón y el resto del mundo desarrollado que abarca un 90% de la deuda mundial [273].
De igual manera proceder con los estándares laborales, la mayoría ya establecidos a través de la OIT, pero abandonados por la mayoría de los Estados, siguiendo los criterios de la ideología dominante y los mandatos de la OMC.
En relación con la duración de la jornada de trabajo, un informe de la OIT comprueba que los asalariados de América Latina y el Caribe trabajaron a lo largo del año 2000 un promedio de 2.100 horas mientras que sus contrapartes europeas lo hicieron tan sólo durante 1.500 horas y por un salario superior.
En Chile existe un movimiento similar que busca el enjuiciamiento de Pinochet y quienes lo acompañaron [277].
Hay diversos grupos que operan bajo características similares en diferentes países de América Latina.
Yunus, desde hace más de 20 años comenzó a trabajar con los pobres más pobres de su país ofreciendo microcréditos (15 dólares, 20 dólares, 50 dólares) para que pudieran iniciar una actividad productiva propia. El sistema se transformó en un éxito y Yunus creó un banco totalmente destinado a minicréditos para indigentes -el Grameen Bank-, que hoy tiene sucursales en todo el mundo y ha sacado de la miseria y permitido tener trabajo autónomo a millones de personas. El ex presidente de EUA, Bill Clinton mencionó explícitamente, en la Cumbre de Davos (Suiza), en enero del 2000, donde se reúnen gobernantes, financistas y empresarios, a trazar los destinos económicos del planeta, la experiencia del Grameen Bank, como la mejor muestra de que se puede hacer algo para solucionar la miseria en el mundo [278].
Estas empresas, “recuperadas” por sus trabajadores, permiten dar trabajo a más de 15 mil personas que, de otra forma, estarían en la calle con sus familias respectivas. En este caso, es la sociedad civil, en forma de los trabajadores, la que da respuesta a los problemas sociales, laborales e incluso empresariales, cuando el Estado está ausente o, incluso es el causante de estas situaciones por las políticas emprendidas de flexibilización laboral, apertura a las importaciones en forma indiscriminada, etc.
Los trabajadores de estas empresas, presentaron en noviembre del 2002, un proyecto de reforma a la Ley de Quiebras al Congreso de la Nación Argentina, para evitar que se den situaciones de vaciamiento y desempleo masivos, sin una solución concreta.
Los trabajadores han recuperado y puesto en funcionamiento, empresas textiles, lavaderos de lana, metalúrgicas, de cerámicas, de autopartes, gráficas, de panadería, frigoríficas, de salud, avícolas, etc. [281].
- Arriba |
|
bravenet.com