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En Bretton Woods también se contemplaba una tercera organización económica internacional, una Organización Mundial de Comercio que gobernara las relaciones comerciales internacionales. De todas formas, no hubo acuerdo y se terminó creando una forma más flexible, que operaba a través de “rondas de negociación”, el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT). Aunque el GATT consiguió recortar los aranceles considerablemente, era difícil arribar a un acuerdo definitivo; y sólo en 1995, se llegó a él y nació la Organización Mundial de Comercio (OMC). Pero la OMC es radicalmente distinta del FMI y el BM. No fija ella las reglas sino que proporciona el foro donde las negociaciones comerciales tienen lugar, y garantiza que los acuerdos se cumplan.
La OMC ha pasado a ser al comercio, lo que el AMI a las inversiones, aunque en la composición de la OMC figure una mayoría de países subdesarrollados. Se trata de un organismo no electivo, controlado por burócratas de los países poderosos con capacidad de generar decisiones. Las reglas de la organización las propone y aprueba primero el grupo “QUAD”, formado por EUA, Canadá, la UE y Japón [207].
Las ideas e intenciones en la creación de las instituciones económicas internacionales fueron evolucionando con los años y se convirtieron en algo muy diferente. La orientación keynesiana del FMI, que subrayaba los fallos del mercado y el papel del Estado en la creación de empleo, fue reemplazada por la sacralización del libre mercado en los ‘80, como parte del nuevo “Consenso de Washington” de 1989, entre el FMI, el BM y el Tesoro de EUA, sobre las políticas “correctas” para los países subdesarrollados, que marcó un enfoque completamente distinto del desarrollo económico y la estabilización [208].
De todas formas la mayoría de los países industrializados, particularmente EUA y Japón edificaron sus economías mediante la protección de algunas de sus industrias, hasta que fueron lo suficientemente fuertes como para competir con compañías extranjeras. Forzar a un país en desarrollo a abrirse a los productos importados que compiten con los elaborados por alguna de sus industrias, en general, ha demostrado que tiene consecuencias nefastas.
Los controles de capital son otro ejemplo: los países europeos bloquearon el flujo de capitales hasta los años ‘70. No obstante, a los países en desarrollo, con un sistema bancario que apenas funciona, se los obligó a abrir sus mercados. La rápida liberalización de los mercados de capitales, del modo recomendado por el FMI, significó dejarlos a merced de los intereses corporativos y permitir la degradación del Estado.
La aplicación de estos procedimientos representa un problema más grave aún, toda vez que el FMI y el BM son protagonistas dominantes en la economía mundial. No sólo los países que buscan su ayuda, sino también los que aspiran a obtener su “sello de aprobación” para lograr un mejor acceso a los mercados internacionales de capitales deben seguir sus instrucciones económicas, que reflejan sus ideologías y teorías sobre el mercado libre.
Tras la crisis asiática de 1997 las políticas del FMI exacerbaron los trastornos en Indonesia y Tailandia. Las reformas liberales en América Latina tuvieron relativo éxito en algunos casos, un ejemplo muy citado es Chile, aunque si bien cumple con los requisitos de la ideología dominante, el grado de desarrollo del país, en lo industrial y social es muy bajo. Buena parte del resto del continente aún debe recuperarse de la denominada década perdida para el crecimiento que siguió a los así llamados exitosos rescates del FMI a comienzos de los años ‘80, y muchos sufren hoy tasas de desempleo persistentemente elevadas: las de Argentina, por ejemplo, son de dos dígitos desde 1995 aunque la inflación haya sido contenida. El colapso de Argentina en el 2001 es uno de los más recientes fracasos. Incluso los países que han experimentado un moderado crecimiento, han visto cómo los beneficios han sido acaparados por los ricos, y especialmente por los muy ricos, el 10% acaudalado, mientras que la pobreza se ha mantenido y en algunos casos las rentas más bajas han llegado a caer.
En los problemas del FMI y las demás instituciones económicas internacionales, subyace un problema de Gobierno: quién decide qué hacer. Las instituciones están dominadas no sólo por los países industrializados más ricos sino también por los intereses comerciales y financieros de esos países, lo que se refleja en las políticas de esas instituciones. La elección de sus presidentes simboliza esos problemas y con demasiada asiduidad ha contribuido a su disfunción. Aunque casi todas las actividades del FMI y el BM tienen lugar hoy en el mundo subdesarrollado, estos organismos siempre están presididos por representantes de los países industrializados. Por costumbre o acuerdo tácito el presidente del FMI siempre es europeo, y el del Banco Mundial siempre es norteamericano. Estos son elegidos a puerta cerrada y jamás se ha considerado un requisito que el presidente posea alguna experiencia sobre el mundo en desarrollo. Las instituciones internacionales no son representativas de las naciones a las que sirven.
Los problemas también derivan de quién habla en nombre del país. En el FMI son los Ministros de Hacienda o Economía y los gobernadores o directores de los bancos centrales. En la OMC son los Ministros de Comercio. Cada uno de estos ministros se alinea estrechamente con grupos particulares en sus propios países. Los Ministros de Comercio reflejan las inquietudes de la comunidad empresarial, tanto los exportadores que desean nuevos mercados abiertos para sus productos como los productores de bienes que compiten con las importaciones. Estos grupos, aspiran a mantener todas las barreras comerciales que puedan y conservar todos los subsidios cuya concesión hayan obtenido presionando al Congreso.
Los Ministros de Hacienda o de Economía y los gobernadores o directores de los bancos centrales suelen estar muy vinculados con la comunidad financiera; provienen de empresas financieras y, después de su etapa en el gobierno, allí regresan. Estas personas ven naturalmente el mundo a través de los ojos de la comunidad financiera. Las decisiones de cualquier institución reflejan naturalmente las perspectivas e intereses de los que toman las decisiones; por ello es que las políticas de las instituciones económicas internacionales, a menudo, se ajusten en función de intereses comerciales y financieros de los países industrializados avanzados.
Lo mismo ocurre con los intelectuales y académicos. Gran parte de los que tienen acceso al poder, lo logran porque se han graduado en universidades extranjeras, especialmente en EUA o algunas europeas -muy pocos, escasísimos, en asiáticas-, a la vez que por adoptar una actitud intelectual “mercenaria”, que los beneficia con financiaciones para sus proyectos; ya que el haber estudiado en universidades extranjeras no desmerece, si el objeto es llevar nuevos o mejores conocimientos para adaptarlos a la realidad local en orden a mejorarla. De esta forma el pensamiento del “centro” y su ideología “penetra” en la “periferia” con muy pocas posibilidades de que se modifiquen estas perspectivas, toda vez que los intelectuales o académicos que se han graduado en sus propios países, carecen de posibilidades de especializarse o de desarrollar proyectos de investigación, ya que hay poca o ninguna financiación para desarrollar criterios alternativos, a la vez que esto les impide tener acceso al poder. De la misma manera tienen pocas oportunidades los intelectuales graduados -o postgraduados- en universidades extranjeras que quieren adaptar sus conocimientos a la realidad local. Muchos, al no encontrar cabida, se vuelven a ir al exterior. Se termina generando un círculo vicioso que crece, con pocas o nulas posibilidades de salir de él. El “régimen de la verdad”, termina siendo el que predomina [210].
Para los campesinos de los países subdesarrollados que se esfuerzan para pagar las deudas contraídas por sus países con el FMI, o el empresario preocupado por los aumentos en el impuesto sobre el valor agregado, establecidos a instancias del FMI, el esquema actual de esta organización es de tributación sin representación. En el sistema internacional de la globalización bajo la égida del FMI crece la desilusión a medida que los pobres en Indonesia, Marruecos o Papúa-Nueva Guinea ven reducirse los subsidios al combustible y los alimentos; y los de Tailandia comprueban que se extiende el sida como resultado de los recortes en gastos sanitarios impuestos por el FMI. Lo mismo podría decirse de América Latina.
Sin alternativas, sin vías para expresar su inquietud, para instar a un cambio, la gente se perturba. Tal vez las calles no son el sitio para discutir cuestiones, formular políticas o anudar compromisos, pero las protestas han hecho que funcionarios y economistas en todo el mundo reflexionen sobre las alternativas a las políticas del Consenso de Washington en tanto que única y verdadera vía para el crecimiento y el desarrollo; ya que las universidades y los centros científicos de la periferia no han servido para ello.
Queda claro no sólo para los ciudadanos corrientes sino también para los que elaboran políticas, y no sólo en los países en desarrollo sino también en los desarrollados, que la globalización tal como ha sido puesta en práctica no ha conseguido lo que sus partidarios prometieron que lograría. En algunos casos ni siquiera ha generado crecimiento, y cuando lo ha hecho, no ha proporcionado beneficios a todos; el efecto neto de las políticas estipuladas por el Consenso de Washington ha sido favorecer a la minoría a expensas de la mayoría, a los ricos a expensas de los pobres. En muchos casos los valores e intereses comerciales han prevalecido sobre las preocupaciones acerca del medio ambiente, la democracia, los derechos humanos y la justicia social [211]. La globalización sigue ley del paralelogramo [212].
En la actualidad, con la caída constante en los costes de transporte y comunicación, y la reducción de las barreras creadas por los seres humanos frente al flujo de bienes, servicios y capitales, aunque persisten barreras importantes al libre movimiento de trabajadores, tenemos un proceso de globalización análogo a los procesos anteriores en los que se formaron las economías nacionales. No hay “gobierno mundial”, responsable ante los pueblos de todos los países, que supervise el proceso de globalización de modo comparable a cómo los gobiernos de EUA y otras naciones guiaron el proceso de nacionalización. En vez de ello, hay un sistema que se podría denominar: “Gobierno Global sin Estado Global”, en el cual un pequeño grupo de instituciones: BM, FMI, OMC y unos pocos participantes, los ministros de Finanzas, Economía y Comercio, estrechamente vinculados a algunos intereses financieros y comerciales, controlan el escenario, pero muchos de los afectados por sus decisiones no tienen casi voz [213]. ¿Se pueden cambiar algunas de las reglas en beneficio del mundo subdesarrollado? Existe formas de modificar el régimen, generado por los países más poderosos, o aprovecharlo en su propio beneficio por parte de los países de la periferia [214].
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