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La globalización debe ser vista como el resultado de un proyecto promovido por determinados sectores económicos, financieros e industriales de los países industrializados y ejecutada por los gobiernos que la representan yno como un acontecimiento “natural”, producto ineludible de los avances científicos y tecnológicos en el campo de la informática y la comunicación.
El sistema financiero globalizado comprende rentistas, operadores bursátiles, cuya atención a los vaivenes de los mercados financieros se sostiene con especuladores internacionales, fondos de inversión, grandes bancos oligopólicos que controlan gran parte de la economía mundial. A ellos se le agregan las mafias vinculadas al lavado de dinero, del narcotráfico, del comercio de armas, del contrabando, de la corrupción de gobiernos, la inmigración ilegal, el tráfico de órganos, la prostitución infantil, la trata de blancas, los gerentes de los “paraísos fiscales”.
Las políticas estatales, en realidad no existen. Han dejado de ser una decisión soberana para obedecer a las pautas del denominado Consenso de Washington de 1989 de desregulación, achicamiento del rol del Estado, privatizaciones, etc. Se ha generado una dicotomía: interferencia estatal nefasta versus desregulación bienhechora, de la que no se puede salir.
Mediante este artificio queda oculta la “desregulación”, que no es otra cosa que la imposición de una nueva modalidad de regulación, sólo que en lugar de descansar como antes en una normativa impuesta por poderes públicos teóricamente responsables ante la ciudadanía y controlables por ella mediante el sufragio universal, ahora lo hace sobre normas y estándares impuestos por los oligopolios que controlan a los mercados y fijan a su antojo las reglas del juego que mejor sirven a sus intereses. La prueba de esto la ofrecen las superganancias que reporta el capital financiero, principal beneficiario de la nueva modalidad de regulación. Si antes eran los gobiernos quienes regulaban a los mercados, ahora, con la pretendida “desregulación”, son los que manejan la estructura del poder financiero quienes imponen las leyes que habrán de favorecerlos y beneficiarlos. No se trata, en consecuencia, de regulación sí o no, sino de quién fija las normas regulatorias y con vistas a cuáles intereses.
No hay mercados desregulados. Todos los mercados están regulados y sólo funcionan bajo esta condición. La única cuestión es saber por quién y cómo están regulados. Detrás de la expresión desregulación se oculta la regulación unilateral de los mercados por parte del capital dominante [199].
Gráfico 10 ¿Globalización vs Soberanía?
Hacia el futuro, tanto los Estados como las organizaciones internacionales, deberán tener en cuenta el poder de estos actores no estatales en el momento de tomar decisiones [201].
Por otra parte, uno piensa hasta qué punto, un Estado poderoso como es EUA, puede actuar independientemente, siendo que el partido gobernante, el republicano es la agrupación política más ligada a los intereses de las grandes corporaciones; especialmente su presidente George W. Bush y su vicepresidente, Richard Cheney. De lo que se trata, es de saber si la necesaria independencia del poder político con respecto al poder económico habrá de producirse durante la gestión de quienes son, en muchos casos, miembros de una élite empresarial [202].
Este es el caso de gran parte de los países de América Latina, que entre los ‘40 y los ‘70 estaban “integrados” a la economía mundial, porque producían lo que el mundo producía, particularmente siderúrgicos y sector metal-mecánica, a la vez que eran los sectores considerados importantes para lograr el “despegue” hacia el desarrollo, independientemente del grado de apertura de sus economías; pero que, especialmente luego de la caída del Muro de Berlín y de la desintegración de la URSS en que la economía capitalista se expandió al planeta, quedaron “desintegrados” de la economía mundial, independientemente de su apertura, toda vez que no producen lo que el mundo produce predominantemente: microelectrónica, informática, robótica, telefonía, etc., que sí producen los países asiáticos y que los latinoamericanos importan.
En general, la globalización, ha reducido la sensación de aislamiento experimentada en buena parte del mundo en desarrollo y ha brindado a muchas personas de esas naciones, acceso a un conocimiento que hace un siglo ni siquiera estaba al alcance de los más ricos del planeta. Las propias protestas anti-globalización son resultado de esta mayor interconexión.
No obstante, pese a los repetidos compromisos sobre la mitigación de la pobreza en distintos foros mundiales, el número de pobres ha aumentado. Esto sucedió al mismo tiempo que la renta mundial total aumentaba en promedio un 2,5 por ciento anual [203].
El mundo industrializado, particularmente EUA, aseguró a los países de Europa del Este, que el nuevo sistema económico les brindaría una prosperidad sin precedentes. En vez de ello, generó una pobreza sin precedentes. En muchos aspectos, para el grueso de la población, la economía de mercado se ha revelado incluso peor de lo que habían predicho sus dirigentes comunistas. El contraste en la transición rusa, manejada por las instituciones económicas internacionales, y la china, manejada por los propios chinos, no puede ser mayor. En 1990 el PIB chino era el 60% del ruso, y a finales de la década la situación se había invertido; Rusia registró un aumento inédito de la pobreza y China un descenso inédito. China, desarrolló una apertura periférica y un proteccionismo céntrico.
Los críticos de la globalización acusan a los países industrializados de forzar a los países pobres a eliminar las barreras comerciales, mientras ellos mantuvieron las suyas e impidieron que los periféricos pudieran exportar productos agrícolas, privándolos de una necesaria renta vía exportaciones. EUA fue, uno de los principales causantes de esta situación.
No se trató sólo de que los países industrializados se negaron a abrir sus mercados a los bienes de los países en desarrollo, manteniendo sus cuotas frente a una multitud de bienes, desde los textiles hasta el azúcar, aunque insistieron en que éstos abrieran los suyos a sus bienes; no fue sólo que los países industrializados continuaron subsidiando la agricultura y dificultando la competencia de los países pobres, aunque insistieron en que éstos suprimieran los subsidios a sus bienes industriales. Los “términos del intercambio” después del último acuerdo comercial de 1995 (el octavo) revelaron que el efecto neto fue reducir los precios que algunos de los países más pobres del mundo cobran con relación a lo que pagan por sus importaciones. El resultado fue que algunas de las naciones más pobres empeoraron aún más su situación.
La banca, se benefició por la flexibilización de los controles sobre los mercados de capitales en América Latina y Asia, pero esas regiones sufrieron cuando los flujos de dinero especulativo o capital “golondrina” que se habían derramado sobre los países, súbitamente tomaron la dirección opuesta, una salida abrupta dejando atrás divisas colapsadas y sistemas bancarios debilitados.
La Ronda Uruguay del GATT fortaleció los derechos de propiedad intelectual, pero sirvió fundamentalmente para que las compañías farmacéuticas norteamericanas y occidentales pudieran impedir que los laboratorios de los países periféricos pudieran hacer uso de su propiedad intelectual. Para medir adecuadamente la asimetría en términos de relaciones de fuerza que caracteriza al sistema de patentes, recordemos que, de acuerdo a la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), los particulares y las firmas de los países industrializados detentaban a mediados de los ´90, el 95% de las patentes de Africa, casi el 85% de los de América Latina y el 70% de los de Asia [204]. En el caso del sida la condena internacional fue tan firme que los laboratorios debieron retroceder y finalmente acordaron rebajar sus precios y vender los medicamentos al coste a finales del 2001. Pero el problema subyacente, el hecho de que el régimen de propiedad intelectual establecido en la Ronda Uruguay no era equilibrado y reflejaba sobre todo los intereses y perspectivas de los productores y no de los usuarios, en los países desarrollados o en desarrollo, continuó en pie.
Durante décadas, el mundo industrializado hizo oídos sordos a las demandas de los pobres en Africa y los países subdesarrollados de otras partes del planeta. Quienes trabajaban en estas regiones, sabían que algo no iba bien cuando asistían a la generalización de las crisis financieras y al aumento del número de pobres. Pero ellos no podían cambiar las reglas de juego o influir sobre las instituciones financieras internacionales que las dictaban. Demás está decir que estos procesos ocurrieron merced a gobiernos, mayoritariamente funcionales a la ideología dominante y “disfuncionales” a los intereses del pueblo, aunque éste lo hubiera votado. Los procesos, denominados “democráticos”, más por su “electoralismo delegativo”, pasaron a ser regímenes políticos “condicionados” a los requisitos que los prestamistas internacionales imponían a cambio de su cooperación, minando la soberanía nacional y siguiendo los criterios de actores transnacionales, como las “calificadoras de riesgo país”.
Hasta la llegada de las protestas, habían pocas esperanzas para el cambio. Las manifestaciones en Praga, Seattle, Washington, Génova, promovieron la necesidad de una reforma en la agenda del mundo desarrollado. Se dio un choque entre la visión de la globalización por parte de los manifestantes, y la del Secretario del Tesoro de EUA, o los Ministros de Hacienda y de Comercio de la mayoría de las naciones industrializadas. Una disparidad de enfoques.
Los que generaron rechazo, han sido los aspectos económicos más limitados de la globalización, así como las instituciones internacionales que han fijado las reglas y han establecido o propiciado medidas como la liberalización de los mercados de capitales, favoreciendo el flujo de dinero volátil, generando escasez de fondos o de inversiones en la periferia, mientras gracias a la “globalización” de las comunicaciones, muchos saben que en otras parte del mundo hay medicinas o conocimientos que pueden curar a niños o personas que mueren en la periferia por falta de éstos, o de fondos para adquirirlos. Esto genera una imagen perversa de la globalización.
Hay una contradicción entre las organizaciones internacionales vigentes. Por ejemplo, la OIT está preocupada porque el FMI presta escasa atención a los derechos laborales o por el rol que la OMC tiene sobre ellos, pero carece de poder suficiente para lograr mantener en vigencia las reglas que se alcanzaron con gran sacrificio hasta el momento. El Banco de Desarrollo de Asia aboga, contrariamente al FMI o el BM, por un “pluralismo competitivo” que brinde a los países en desarrollo enfoques alternativos sobre estrategias de desarrollo, incluyendo el “modelo asiático”, en el cual los Estados se apoyan en los mercados pero cumplen un papel activo en crear, modelar y guiar los mercados, incluyendo la promoción de nuevas tecnologías, y donde las empresas asumen una responsabilidad en el bienestar social de sus empleados [205].
El FMI ha cambiado profundamente a lo largo del tiempo. Fundado en la creencia de que los mercados funcionan muchas veces mal, ahora proclama la supremacía del mercado con fervor ideológico. Fundado en la creencia de que es necesaria una presión internacional sobre los países para que lleven a cabo políticas económicas expansivas, hoy el FMI aporta dinero sólo si los países emprenden políticas tales como, recortar los déficit y aumentar los impuestos o los tipos de interés, lo que contrae la economía. El FMI creado en Bretton Woods en 1944 hoy se contradice. El cambio más profundo ocurrió en los años ‘80, en que Ronald Reagan y Margaret Thatcher predicaron la ideología del libre mercado en EUA y el Reino Unido y la exportaron al mundo.
En
los ‘80, el BM comenzó a reorientar sus funciones, y de los
préstamos para proyectos de infraestructura pasó a los préstamos
de ajuste estructural; pero sólo hacía esto con
la aprobación del FMI, que a su vez le imponía sus
condiciones al país. Se suponía que el FMI se concentraba
en las crisis, pero los países en vías de desarrollo
siempre necesitaban ayuda, de modo que el FMI se convirtió en
ingrediente permanente de
la vida de buena parte de estos países. La caída del Muro
de
Berlín en 1989 y la desintegración de la URSS en 1991,
abrió
un nuevo terreno para el FMI: el manejo de la transición hacia
la
economía de mercado en la ex URSS y los países europeos
del
ex bloque oriental. Cuando las crisis se agudizaron y los fondos del
FMI
resultaron insuficientes, el BM fue llamado para que aportara decenas
de
miles de millones de dólares en ayudas de emergencia, pero
esencialmente como un socio menor, conforme a los criterios de los
programas dictados por
el FMI. Regía en principio una división del trabajo. Se suponía
que el FMI se limitaba a las cuestiones macroeconómicas del
país
en cuestión, a su déficit presupuestario, su
política
monetaria, su inflación, su déficit comercial, su deuda
externa;
y se suponía que el BM se encargaba de las cuestiones
estructurales:
a qué asignaba el Gobierno el gasto público, las
instituciones
financieras del país, su mercado laboral, sus políticas
comerciales.
Pero el FMI adoptó una posición expansionista, en el
entendimiento
de que prácticamente todo caía bajo su campo de
acción.
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