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Los modelos de desarrollo global, giran alrededor de los modelos de desarrollo establecidos por los países industrializados centrales. No hay modelos de desarrollo periféricos que permitan hacer uso de las ventajas comparativas y competitivas de esas regiones o países.
Las elites del centro lograron que las elites de la periferia dejaran de lado los modelos de sustitución de importaciones; aunque, luego de una década de graves problemas sociales, económicos y laborales, se vuelven a aplicar en gran parte de los países periféricos.
John Kenneth Galbraith, ex asesor de los presidentes Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy, dijo: “Globalización (…) es un término que nosotros, los americanos, inventamos para disimular nuestra política de avance económico en otros países y para tornar respetables los movimientos especulativos del capital”. El ex Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger coincidió diciendo que: “lo que se llama globalización es en verdad otro nombre de la posición dominante de EUA” [189].
En la tentativa de imponer su dominio mundial, EUA utiliza su fuerza política, económica y militar, no sólo con sus propios instrumentos de poder como el Tesoro, el Pentágono y sus bancos y empresas nacionales, sino también a través de instrumentos internacionales en los que tiene control como el FMI, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio (OMC). Esas organizaciones internacionales sólo son operativas, en la medida en que sirven a la estrategia de EUA. Estas organizaciones se destinaban, en principio, a ayudar en la regulación de las relaciones financieras y comerciales a nivel internacional, pero, desde un principio, fueron cooptadas por la potencia hegemónica, y pasaron a servir a su estrategia internacional. A partir del Consenso de Washington de 1989 [190], fueron usadas para imponer a los países de la periferia los programas llamados “neoliberales”, que procuraban someter sus economías a la política “globalizadora”. De esta manera se debilitó la protección de sus economías a fin de permitir la invasión de la producción extranjera, se forzó la entrega de sus empresas estratégicas bajo el esquema de que la privatización las haría más eficientes, principalmente las de minería, petróleo, energía y telecomunicaciones, se flexibilizaron los derechos laborales con vistas a abaratar el costo de la fuerza de trabajo y así aumentar la rentabilidad y la “competitividad” de las empresas; se promovió la desregulación financiera, favoreciendo de esta forma la libre circulación de los capitales, cuya mayoría son especulativos.
El surgimiento de la OMC vino a reforzar al imperio. La OMC surgió como continuación del antiguo GATT, también creado en el contexto de los acuerdos de Bretón Woods. La transformación del GATT en OMC no fue un mero cambio de nomenclatura. Significó, sobre todo, aumentar el dominio del imperio norteamericano sobre la institución, y por lo tanto, sobre todo el comercio internacional.
La OMC usa su poder de sancionar a los países que eventualmente no se encuadren en sus reglas, inclusive con puniciones financieras o retaliaciones comerciales, con el objetivo de abrir las economías al comercio internacional. No obstante, sus reglas y resoluciones, más que favorecer el desarrollo de los países en vías de desarrollo o subdesarrollados, favorecen a las empresas transnacionales [191].
De todas formas, fracasaron las reuniones de la OMC, realizadas en Seatle (EUA, 1999) y en Doha en (Qatar, 2001). No se logró ningún acuerdo relevante debido a que EUA resistió aceptar una mayor apertura de su mercado, principalmente en el área de los productos agrícolas. Los demás países, cuyos gobiernos ya habían abierto sus economías para los productos norteamericanos, esperando tener una contrapartida de EUA, no recibieron la esperada compensación. No obstante, en la periferia, la mayoría de los gobiernos, han tenido políticas funcionales a la ideología dominante.
La llamada globalización es un proceso unilateral. Al mismo tiempo en que EUA fuerza a los demás países a abrir sus economías para sus productos, refuerza cada vez más sus barreras proteccionistas para-arancelarias y aumenta los subsidios. En esa misma línea, operan la Unión Europea y Japón [192].
EUA reduce sus barreras tarifarias, pero las substituye por barreras no-tarifarias, que redundan en un proteccionismo disfrazado. Para eso, usan subsidios a la producción local, cuotas de importación, medidas antidumping y una serie infinita de prohibiciones en las áreas fitosanitarias, ambientales, etc.
En el área de subsidios, según la OCDE los 24 países más ricos vienen dando subsidios a sus productores pero, al mismo tiempo, el gobierno norteamericano impone tasas a los productos de otros países que dicen ser subsidiados. La reciente guerra del acero, planteada por el gobierno de Bush, para establecer cuotas y tasas al acero importado, es un ejemplo.
Fueron solo los gobiernos de los países de la periferia quienes llevaron a cabo la apertura económica y por eso se encuentran sujetos a una gran vulnerabilidad externa, acompañado de una deuda externa explosiva, desnacionalización de la economía, desindustrialización, desempleo masivo, problemas en sus finanzas públicas, hambre, pobreza y miseria. Esta situación no sólo fue resultado de la aplicación del modelo en abstracto, sin contemplar las características particulares ni las ventajas comparativas y competitivas de cada economía, sino también de la funcionalidad de las élites dirigentes de la periferia, que hicieron caso omiso de los intereses nacionales y las necesidades de sus países y obedecieron ciegamente a la ideología, dejándose presionar por los lobbies empresarios y financieros.
Las consecuencias de la globalización para los países de la periferia derivan en vulnerabilidad externa, deuda externa explosiva, desnacionalización de la economía, desindustrialización, desempleo en masa, finanzas públicas deficitarias, hambre, miseria.
Las mercaderías de los países industrializados invaden las economías de la periferia, pero las de estos enfrentan obstáculos para acceder a los mercados de aquellos; los trabajadores pierden el empleo.
El predominio del capital financiero puramente especulativo es la característica central. Ese capital especulativo condujo a la economía mundial a un alto grado de vulnerabilidad [193].
Los economistas a cargo de la construcción del orden imperial pregonan que hay globalización de la economía porque hay un libre movimiento internacional de capitales, tecnología, fuerza de trabajo y mercaderías; pero no es así. Las tecnologías avanzadas son monopolizadas por los carteles de los países centrales; las mercaderías de los países centrales invaden las economías dependientes, pero las de estos enfrentan obstáculos para acceder a los mercados de aquellos; los trabajadores que, en la fase del ingreso de los productos extranjeros pierden el empleo en la periferia no consiguen ingresar libremente a los países desarrollados para conseguir trabajo y un mejor horizonte de vida.
El hecho de que el capital financiero fluya por el mundo buscando rentabilidad, apropiándose de la riqueza de los distintos países o para especular, no significa que el conjunto del capital tenga esa movilidad, sólo apenas el capital controlado por las oligarquías financieras de los países desarrollados. Lo que predomina en ese movimiento de capital no es su inversión productiva, sino aquella vinculada a la especulación.
El predominio del capital financiero puramente especulativo es una característica central de la economía globalizada. Al establecer vínculos financieros en todas partes del mundo, ese capital especulativo condujo a la economía mundial a un grado de vulnerabilidad nunca experimentado anteriormente. Al retirarse de la producción, buscando mayoritariamente rentabilidad en forma especulativa, condujo al desempleo a millones de trabajadores, generando pobreza y miseria. Lo que se está globalizando, es el desempleo masivo, el hambre, la pobreza y la miseria [194].
La globalización, según se esperaba tenía que ver con la integración de los mercados a un lado y otro de las fronteras, en el marco de tres dimensiones básicas:
1) el mercado de las materias primas, en el comercio;
2) el mercado del trabajo, con la migración; o
3) el mercado de capitales.
La cuestión no tiene tanto que ver con el volumen del comercio, la migración laboral o los flujos de capitales, sino cuán fácil resulta moverse uno mismo y mover capitales entre los lugares. Si no hay una intervención estatal o hay muy poca, si el costo para hacer esos movimientos es bajo, entonces se dice que están muy bien integrados, que hay vínculos globales entre países.
La expectativa número uno era: si nos abrimos totalmente, obtendremos beneficios en el crecimiento. Lo que sucedió, fue decepcionante. La expectativa era que se compartiría en forma general, y que se introducirían tendencias igualitarias al abrirse al mundo. Pero ocurrió lo contrario.
Todo país que desarrolle una política económica dentro de los criterios de la globalización, debe considerar primero si puede resistir un compromiso con cierto orden e instituciones y un estilo de política que defina la identidad nacional. Gran parte de los países periféricos no está preparado. En todo caso, no tienen por qué abrirse en las tres dimensiones juntas al mismo tiempo. Pueden abrirse reguladamente en el comercio de materias primas; cerrarse en los flujos financieros de capital; controlar las transacciones de divisas; limitar los flujos de capital sobre sus fronteras y controlarlos hasta estar listos para abrirse. Abrirse no significa abrirse para todo.
China es un ejemplo de alto rendimiento en el crecimiento durante casi 25 años, a un 10% anual y salió de un primitivismo preindustrial llegando a ser un importante productor mundial. El desarrollo chino es desigual porque se produce sobre todo en los límites costeros, en donde están los que ganan. China no permite el flujo de capitales ilimitados a través de sus fronteras. Son mucho más liberales respecto de las tecnologías y las multinacionales para poder mejorar la tecnología y el comercio. En la India también el desarrollo es desparejo.
La mayoría de los países de América Latina no está en condiciones de abrirse indiscriminadamente. Más allá de ciertos países mostrados como modelo, caso de Chile, éste casi no produce nada, la mayor parte de lo que consume lo importa y los niveles de desigualdad social son altos.
Las crisis de México (1994-95), la Argentina (1995), Brasil (1998-99) y Argentina (2001-03), estallaron en los países que habían recibido los mayores flujos de capital en las fases de auge previas. A estas crisis de la globalización financiera pueden agregarse las de la Argentina (1981-82) y Chile (1982), porque tuvieron lugar en contextos de liberalización y apertura de la cuenta de capital, semejantes a los que se generalizarían en los años ‘90. Se pueden destacar ciertos rasgos comunes:
1) no existían prácticamente barreras al libre movimiento de los flujos de capital;
2) los flujos de capital del período de auge previo eran de gran magnitud en proporción a los mercados nacionales de dinero y capitales preexistentes;
3) la regulación de los sistemas financieros nacionales en la etapa de auge era débil y permisiva.
La tendencia al aumento de la prima de riesgo país y de la tasa de interés puede asociarse con la situación de las cuentas externas de los países o, alternativamente, con la evolución de sus finanzas públicas; o con ambos, como de hecho lo hicieron los informes de muchos analistas y de las agencias calificadoras de riesgo [195].
Resulta complejo mantener ciertas reglas o controles en la economía, ya que los organismos multilaterales de pago o las calificadoras de riesgo país generan presiones muy grandes y terminan marginando a esas economías que, en general, están solitarias. La única alternativa es realizar “alianzas estratégicas” para poder operar dentro del marco de una globalización con una ideología dominante y direccionada según los intereses, no sólo de Estados más poderosos, sino por actores transnacionales. Esto, desde ya, requiere de otros líderes, que sean funcionales a los intereses nacionales y de la región y no de la ideología dominante y los actores transnacionales. No deben subordinarse a la presión de actores externos, más allá de lo complejo que resulte [196].
El conflicto entre la globalización y la antiglobalización parece haber reemplazado al de capitalismo y comunismo con nuevas denominaciones. Los que manifiestan en contra, reclamaron contra el mundo globalizado que profundiza las injusticias y las diferencias entre el mundo desarrollado y el no desarrollado y, dentro de cada una de las sociedades de estos países, entre ricos y pobres; que la violencia en el mundo va en aumento, al igual que las brechas y las diferencias, en función de que los ricos son cada día más ricos y los pobres cada día más pobres, tanto entre regiones como entre países y personas. Ven la destrucción del medio ambiente como una consecuencia de una globalización descontrolada, que impulsa, en aras del mercado, una explotación destructiva de los recursos naturales. Quienes defienden la lógica de la globalización argumentan, cómo regiones del mundo no desarrollado de los años ‘80, como China y Europa Central, han logrado niveles de crecimiento y bienestar superiores a la etapa pre-globalización.
En el Foro de Davos, que convoca a los ricos y poderosos del mundo, pero que también es visitado por manifestantes y grupos críticos de la globalización; que circunstancialmente se celebró en la ciudad de Nueva York, a principios de febrero del 2002, a meses del ataque terrorista a las Torres Gemelas, George Soros dijo: “Estamos frente a un proceso de globalización económica muy desigual. No podemos dejar todo en manos del mercado. Puede ser que ningún Estado represente una amenaza para el poder económico y político de EUA, pero sí existen amenazas asimétricas provenientes de gente que se siente infeliz, desesperanzada y sin oportunidades en este proceso. Una de las maneras en que se expresan es el movimiento antiglobalización. Otra, el terrorismo. (...) A menos que hagamos frente a las necesidades sociales de todo el mundo y construyamos instituciones internacionales para resolverlas, el sistema mismo podría no sobrevivir”.
En esta cumbre, en la que se debatió el “paradigma del futuro”, Zbigniew Brzezinski, ex Secretario de Estado de James Carter y Vicepresidente del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, dijo que el panorama para los próximos 20 a 30 años: “Es posible reconocer tres tendencias: 1) EUA continuará siendo la superpotencia mundial y la brecha con el resto del mundo se volverá más ancha. 2) Pequeños grupos harán uso de la violencia con armas de destrucción masiva, antes una habilidad exclusiva de los Estados. 3) Se incrementarán las disparidades en las condiciones humanas, con los países ricos mejorando su calidad de vida gracias a los avances técnicos, mientras el resto se queda atrás.”
Tanto Soros como Brzezinski abogaron por que EUA deje de actuar unilateralmente en el mundo y construya una coalición internacional que vaya más allá de la guerra contra el terrorismo.
Samuel Huntington, llamó la atención sobre el papel de la religión en los conflictos actuales: “La religión se ha convertido en un elemento clave, como refugio para aquellos insatisfechos con la globalización económica. Y ésta es utilizada como causa e intensificadora de conflictos, y explotada por políticos con intereses personales.”
La ex primera dama Hillary Clinton, senadora por Nueva York, apoyó la idea de que EUA agregue prioridades sociales a su hegemonía económica y militar. Advirtió al gobierno de su país, que EUA debe dejar de lado “políticas egoístas” que generan resentimiento: “Nadie tiene problemas con los norteamericanos en sí o nuestros valores, sino en cómo tratamos de forzárselos a otros. Creo que los ataques del 11 de septiembre nos han dado mayor perspectiva del mundo en que vivimos y ahora tenemos otra oportunidad de encargarnos de los asuntos sociales relegados.” [197]
El principal problema que enfrenta la globalización, más que económico, es político. En medio del proceso de la globalización que amenaza con tragarse a todos, es fundamental defender la identidad de los países periféricos y acaso su subsistencia como naciones soberanas. De lo que se trata es nada menos que definir si se es o no independiente. Algunos dirigentes e intelectuales -o pseudo intelectuales- insisten en integrar a regiones, como América Latina en condiciones tales que implican su desintegración. Si es deseable el libre comercio, lo es más aún la independencia. Esto implica llevar a cabo proyectos nacionales y regionales, que no necesariamente respondan a los intereses de los “globalizadores”, sean éstos, Estados industrializados o actores transnacionales. En este sentido, la integración no sólo debe servir para liberar el comercio, que en regiones como América Latina beneficia más a las subsidiarias de las transnacionales localizadas en estos países que a su desarrollo; sino que debe constituir una “alianza estratégica”, al estilo de lo que ha sido la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea. Los europeos fundamentaron su unidad no sólo en el comercio sino también en emprendimientos conjuntos, del tipo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el Centro Europeo para la Investigación Nuclear, la Agencia Espacial Europea, el Programa Eureka, la “Europa Verde”, proyectos como el Concord y el Airbus, etc. Caso contrario se opera según lo establecido por la ideología dominante, cumpliendo lo indicado a través de organizaciones como la OMC y se beneficia a los “globalizadores” en desmedro de los “globalizados”. Si el proceso de integración no trasciende lo comercial, está condenado a desaparecer, y las economías regionales con él, corriendo peligro de ser absorbido por uno de los poderes, como EUA a través del ALCA.
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