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EL
ORDEN MUNDIAL II ©
Luis DALLANEGRA PEDRAZA
ASPECTOS JURIDICOS DEL ORDEN POLITICO Hay dos aspectos a considerar en este caso: 1) La lucha internacional por el establecimiento del orden. Aquí, lo jurídico tiene un rol escaso. Lo único que puede hacer es mantener un status aceptable, mientras se configura el nuevo orden. En última instancia, sufrirá modificaciones radicales una vez instalado y cristalizado el nuevo orden. El “derecho” no genera orden, sólo lo institucionaliza. Hay quienes opinan que la norma tiene un rol importante en la construcción del orden político y social 562. No soy de esta opinión. Estoy convencido que la norma, que lo institucional, viene después -nunca antes- de la consolidación del orden de hecho. 2) La lucha internacional por el mantenimiento del orden. Aquí hay que considerar qué características tiene el sistema internacional, cuál es el régimen y cuál el orden imperante. El sistema puede ser unipolar, con un orden “imperial”; bipolar con un orden basado en la pugna por la primacía entre ideologías; o multipolar, con un orden basado en el equilibrio y balance de poderes. En el sistema unipolar, la ley es la del “imperio”. En el bipolar, es importante considerar que generalmente la variable ideológica, es un “factor catalisador” de las relaciones en este tipo de sistema, por lo tanto, la lucha por el mantenimiento del orden se vuelve compleja. Desde ya, la “seguridad” es el factor privilegiado por los actores en pugna, que a su vez manejan la “ley internacional”, pero según sus propios intereses en pugna. El orden no es “ambiental” -global-, sino intra-bloques; ya que se “pugna” por la imposición de una concepción del orden u otra -ideología-. En el sistema multipolar, generalmente, no hay predominio de lo idológico 563 y los conflictos no son por la pugna por la primacía, sino por obtener ventajas dentro del marco de un equilibrio y balance de poderes, pero atendiendo a factores económico-tecnológicos y no estratégico-militares, que son los que concurren principalmente toda vez que debe dirimirse una pugna ideológica. En todos los casos, la “ley internacional” es respaldada por el poder, pero no funciona como lo hace el “poder de policía” a nivel estatal, ya que en lo internacional, los más poderosos, que son los rectores del sistema, no están subordinados a esa “ley internacional”. De esta manera, la “ley internacional” establece un marco poco confiable -para los subordinados, aunque confiable para los ordenadores y el mantenimiento del status quo- de establecimiento de justicia y de defensa de la gran mayoría que carece de poder. Los organismos internacionales, que constituyen también actores internacionales en el sentido en que tienen una política de acción, no son el mejor instrumento para garantizar la aplicación de la “ley internacional” o la justicia ya que, a la hora de ejercer la función de poder de policía, carecen del poder suficiente, debido a que éste es otorgado por los miembros que los han creado 564. Los organismos internacionales son “polarizados” en su interior, de la misma manera que lo es el sistema mundial, por lo que se orientarán -la interpretación y la aplicación de sus objetivos y normas- en el sentido de esta polarización. Los que los “manejen” efectivamente serán los que en última instancia generarán las pautas de justicia internacional 565. ¿Quién controlará a los controladores? 566 El orden mundial, depende de cómo se resuelva este dilema. Hasta ahora, los miembros de la Asamblea General de la ONU no han sido facultados por la Carta para ello, ni tienen el poder para reformar la Carta en este sentido, en su gran mayoría. La Asamblea General no alcanzó siquiera el rol de “Parlamento Mundial”. Pero tampoco tienen esa capacidad, de hecho, los miembros de la periferia, aún fuera de la ONU, ni siquiera constituyendo foros o movimientos como el de los No Alineados, por ejemplo o mediante alianzas como los procesos de integración -salvo en de la actual Unión Europea (UE), que luego de gran cantidad de años, alcanzó el nivel de “potencia federada”-. Esto no constituye una imposibilidad, sino más bien una forma de conducirse las élites de la periferia que no se orientan en un sentido que facilite las relaciones “horizontales” -por “abajo”- a fin de maximizar las relaciones “verticales” -de “abajo” hacia “arriba”-. Si a un país poderoso le es aplicada una sanción por un organismo como la Corte de la Haya, es muy probable que no cumpla con la sanción, pero sí obligará a que la cumpla un país subordinado a su hegemonía 567. El surgimiento de los “sistemas de seguridad colectiva” -OTAN, Pacto de Varsovia, TIAR, etc.- constituye la demostración de la falta de fé en la posibilidad de cumplimiento de los objetivos establecidos en la Carta de la ONU. Los propios “fundadores” de la ONU han constribuido a que las cosas se dieran de esta forma 568. Un ejemplo es dado por la creencia de que como el colonialismo sería generador de guerras frecuentes, a fin de amortiguar la presión de las poblaciones dependientes contra las potencias coloniales, se creó un órgano dentro de la ONU para la Administración Fiduciaria 569. De esta manera, las ex colonias serían “administradas” por uno o más países o por la propia ONU -este último caso nunca se dio- y los Estados fideicomisarios estaban obligados (?) -moralmente, ya que no había ninguna posibilidad de sancionarlos si no actuaban según sus objetivos- a un desarrollo progresivo de ese territorio hacia la independencia y el gobierno propio 570. De todas formas, esto contribuía a generar situaciones de carácter neo-colonial y conflictivas. El caso de Namibia -independizada recién en 1991- es un ejemplo claro. La paradoja, hasta ahora, ha sido que el orden mundial debía ser controlado por naciones soberanas -aquellas que efectivamente, no formalmente, tienen soberanía- y a su vez, éstas ser controladas por el orden mundial 571. La pregunta, a fin de comprender las tendencias actuales, es: ¿cómo será el control del orden mundial y de éste hacia los actores?, desde el momento en que se da, desde hace ya un tiempo, una creciente emergencia de actores transnacionales con poder suficiente como para obligar, incluso a potencias mundiales. Organismos como la ONU no son aptos para esto. Desde ya, no han sido aptos antes tampoco, salvo para los intereses de los actores hegemónicos, y en la medida en que entendieron que les eran últiles; cuando entendieron lo contrario, sacaron sus asuntos fuera del organismo y los trataron bilateralmente 572. Los acuerdos Torrijos-Carter sobre el Canal de Panamá, se celebraron fuera de la ONU y la OEA y en forma bilateral. El tratamiento de temas como la guerra de Vietnam, o el conflicto en el Medio Oriente, u otros, reciben el mismo tratamiento, ya que de esa manera las grandes potencias no tienen la presión de la Asamblea General o la Asamblea del organismo regional, como el caso de la OEA citado. El Regionalismo y el Orden Internacional Del mismo modo que la ONU genera pautas -jurídicas- de status quo en el orden mundial, los organismos regionales se ocupan de lo mismo en su propio contexto, ya que mayoritariamente son controlados por los actores polares, y si no ocurre así, como es el caso de los sistemas de integración, entonces se encargan de “penetrarlos” o de mantenerlos en permanente estado de “fragmentación”. Hoy ya no cabe duda que la OEA, así como el TIAR han sido instrumento de los intereses de seguridad y de establecimiento de disciplina regional por parte de EUA 573, y no para resolver los problemas de la región, en lo que hace a sus conflictos de límites o coloniales, o sus problemas de desarrollo o sociales. Tampoco cabe duda de que ya no sirven para resolver las situaciones actuales que se presentan, con los grandes cambios mundiales. De la misma manera que los sistemas de integración en América Latina jamás funcionaron, ya que lo que predominó, merced a la existencia de gobiernos militares -y aún civiles- funcionales a los intereses de seguridad y de disciplina de EUA, ha sido la “auto-fragmentación” provocada por gobiernos cuya hipótesis de conflicto no ha sido la dependencia, sino el país vecino, con el que paradójicamente debían aliarse en un proceso de integración que maximizaría -supuestamente- su capacidad de desempeño mundial. América Latina lleva más de 35 años de procesos integrativos, plagados de vicios, defectos y trabas y de una falta de visión sobre las causas del permanente fracaso de los mismos. Ha predominado una falta de voluntad política respecto de la integración regional, por diversos motivos, pero el principal ha sido que el “vecino” fue visto permanentemente como “hipótesis de conflicto” por parte de la gran mayoría de los países latinoamericanos, sea por cuestiones limítrofes o por otros factores, como carreras armamentistas, diferencias ideológicas, etc. Los gobiernos militares en la región, pese a que estaban “integrados” en un proceso global liderado por EUA, como el TIAR, cuyo único producto era la seguridad regional desde la perspectiva de EUA en su lucha Este-Oeste y de mantener una “disciplina” en los distintos países, han sido los que más han alimentado las hipótesis de conflicto y más se han opuesto a los procesos integrativos. Pero incluso en los gobiernos civiles 574, pese a que ha habido un constante “discurso integracionista” lleno de términos “bolivaristas”, a la hora de la práctica nada han hecho, salvo firmar algunos acuerdos que nunca se cumplirían, o que en gran medida favorecerán a los actores privados transnacionales, desde un punto de vista fiscal y arancelario. Las empresas extranjeras localizadas en la región han apovechado el marco jurídico institucional de los procesos integracionistas para “integrar” sus subsidiarias localizadas en los distintos países de la región y de esa manera beneficiarse de las ventajas que dichos procesos les ofrecían 575 y actualmente ofrecen. Los propios Estados miembros de ALALC -hoy ALADI- firmaron esos Acuerdos, en los que el grado de participación de empresas extranjeras en relación con las nacionales (públicas o privadas) era de un 80 % y un 20% respectivamente; actuando en beneficio propio, desde ya, y no en beneficio del desarrollo de los Estados o la región, ya que no habían ni proyectos nacionales, ni un proyecto regional que lo contemplara. No se adoptaron Acuerdos de Complementación en áreas de interés para la región, y la concurrencia a las Reuniones Sectoriales de Complementación Industrial eran, en la misma proporción dada más arriba, en lo que hace al grado de participación para la celebración de Acuerdos. Esto marca una política, que no precisamente apunta a la integración, más allá de todo discurso. En ningún momento se “coordinaron” las políticas exteriores en temas centrales -variables macro-políticas-, ni se adoptó una política de defensa común -contrariamente se manejaron con hipótesis de conflicto y con una absoluta subordinación de cumplimiento logístico a EUA-, tampoco se pusieron a punto las variables macro-económicas, ni siquiera las macro-jurídicas, a fin de evitar contradicciones. Si bien el imperialismo y el colonialismo han sido un factor nocivo para el Tercer Mundo, la disfuncionalidad de sus élites dirigentes respecto de los intereses de las naciones del Tercer Mundo; o para decirlo en otros términos, la funcionalidad de la mayoría de las élites dirigentes a los intereses de las potencias rectoras, ha sido un factor de gran peso en el fracaso de los procesos integracionistas y en el mejoramiento de la inserción internacional de los países del Tercer Mundo 576. Incluso hoy, en América Latina, especialmente en Argentina se habla de “integración Continental” como algo deseable, cuando no cabe la menor duda de que ya estamos integrados continentalmente bajo el “control” de EUA, en forma verticalista, heterogénea e injusta 577. El objetivo de la integración regional es, justamente, maximizar las capacidades de desempeño frente al otro proceso integrativo vertical 578. Es la única manera en que los países que carecen de poder pueden maximizar las posibilidades para defender intereses propios o establecer ciertas pautas de orden que hagan a sus intereses. Depender de la “buena voluntad” de los actores polares, o de los más poderosos, es absolutamente ingenuo y carente de realismo. No cabe duda que en el caso europeo, la conformación de la hoy Unión Europea (UE), en todos sus aspectos, se ha orientado a posibilitar un más efectivo desarrollo regional y a maximizar su capacidad de desempeño mundial 579. Esto no ha ocurrido en el resto de los emprendimientos regionales que se han llevado a cabo en otros lugares, sea Asia, Africa o América Latina. En Europa, el deseado “spill over” 580 se dio, mientras que en América Latina, contrariamente se ha dado un “spill around” 581. Pero, además, cuando uno habla de integración, siempre se representa procesos como la Unión Europea (UE) o ALALC, ALADI, etc. Nunca piensa en que integración significa unión de uno o más actores que genera uno nuevo en forma institucionalizada o no. De esta manera, la división internacional del trabajo, o la economía y las finanzas, es un proceso integrativo, aunque verticalista, heterogéneo, desigualitario e injusto. Naciones Unidas es un proceso integrativo, de la misma manera que la OTAN lo es, con una sóla función, la seguridad militar, así como el TIAR en el marco Americano; etc. 582. Pensando las cosas de esta manera, regiones como América Latina, se están “desintegrando” a través de procesos integrativos de diferentes temas y en diferentes niveles, “penetrados” o influidos por distintos actores. Pensemos en OEA, TIAR, ALALC hoy ALADI, Cuenca del Plata hoy reducida a la Hidrovía Paraná-Plata, Pacto Amazónico, SELA, Contadora, Grupo de Apoyo y G8, Conferencias de Comandantes en Jefe de Ejércitos Americanos; MERCOSUR; etc. Ninguno tiene que ver con el otro. Ninguno presta un servicio al otro. No hay un organismo coordinador de estos organismos a fin de maximizar verdaderamente las actividades que cada uno lleva a cabo. Mientras el orden planteado desde organismos como OTAN -Pacto de Varsovia en el caso de la ex URSS-, o la OEA o el TIAR, han tenido que ver con el conflicto Este-Oeste, la guerra fría desatada como consecuencia de los intereses de seguridad y la necesidad de “disciplinar” -pacificar- América Latina -el bloque oriental en el caso de la ex-URSS- respondían a los intereses de las potencias rectoras; el orden planteado -supuestamente 583- desde los países periféricos a través de procesos que van desde la hoy Unión Europea (UE), antes CEE, pasando por la OUA, el Movimiento No Alineado, el Grupo de los 77, ALALC, ALADI, SELA, Contadora y lo que continuó, etc., reclamaba un mayor igualitarismo o equilibrio internacional, con componentes de justicia distributiva y equitativa. Más allá de los problemas y defectos que tienen estos organismos, el tema original es que pareciera no haber una voluntad política orientada a la autonomía en la élite gobernante. En muchos casos -demasiados- hay hasta una negación de la situación de dependencia en la que viven los países periféricos 584. La contribución a la conformación del orden mundial, desde el punto de vista regional, está debilitada, más desde las regiones mismas, que desde las potencias hegemónicas. La gran mayoría de los organismos regionales, no son funcionales a las necesidades de esas regiones, como lo son los organismos penetrados o controlados por potencias centrales -aún con pertenencia de países de la periferia, como FMI, BM, o de orden regional como TIAR u OEA por ejemplo- a los intereses y necesidades de estas potencias. Puede resultar racional que organismos como ONU, OTAN, FMI o BM favorezcan los intereses de las potencias más poderosas. Hoy BM y BID se orientan a beneficiar más a los actores transnacionales a través de sus respectivas Corporaciones Financieras Internacionales (CFI), que a los Estados. Pero no cabe en la lógica que los organismos creados por los países periféricos, supuestamente para mejorar y maximizar sus posibilidades de desempeño -Movimiento de Países No Alineados, por ejemplo-, en realidad sean totalmente inocuos; más, debido a incapacidades de la periferia, que a acciones del centro. La Unión Europea (UE), más allá de éxitos y fracasos, es la excepción a lo que digo. Pero también se observa voluntad política de orientar las cosas en ese sentido por parte de la élite dirigente europea, y “prudencia” política 585. LA LUCHA MILITAR POR EL ORDEN La perspectiva militar del orden, implica un mundo en el que todo se dirime a través de las armas. El poder es un componente fundamentalmente militar, en el que lo económico cumple sólo una función de “servicio”. De todas maneras, hay que diferenciar “conflicto” de “guerra”. De acuerdo con el diccionario -que bastante poco contribuye a clarificar y a diferenciar- conflicto es antagonismo, pugna, oposición; mientras que guerra implica lucha, combate. En el segundo caso, se suceden hechos “materiales” mientras que en el primero no son necesarios para que haya conflicto. Además, el conflicto no necesariamente es de carácter militar, aunque se dirima, en algunos casos, militarmente. En última instancia, la guerra es una forma -material- de dirimir conflictos -no es “el conflicto”- y no es la única. La “negociación” puede ser otra; el “acuerdo”; incluso el status quo 586; la guerra fría o “ni guerra ni paz” en la que está presente fundamentalmente el “conflicto ideológico”. Si conflicto y guerra son diferentes, el desarme no elimina la posibilidad de conflictos 587. Es más, el desarme como único factor para lograr la paz es una ingenuidad. Debe estar precedido de una resolución de las disputas político-ideológicas previamente. El desarme sólo puede ser “consecuencia” y no “orígen” del mejoramiento de las relaciones 588. Los hombres no luchan porque tienen armas, sino porque tienen conflictos. El conflicto es inherente a la naturaleza humana, no la guerra. Si se les quita las armas, volverán a construir otras para dirimir sus conflictos. El desarme per se está condenado al fracaso. El primer paso hacia la construcción del orden siempre debe ser político-ideológico, y no militar 589. El desarme tiene una naturaleza esencialmente “estática”. Su objetivo fundamental es modificar o congelar una “distribución” determinada de poder, en ese segmento. No obstante, el armamento es sólo un componente del poder. La vida internacional se maneja con una dinámica que va más allá de lo meramente militar. Esto significa que, más armamento no necesariamente implica más poder. En muchos casos, ni siquiera implica tener poder. Toda la capacidad militar que tiene hoy EUA no le sirve para generar pautas de orden -régimen- mundial, frente a las capacidades financieras, industriales y tecnológicas que tienen Japón y Alemania, y que no tienen la capacidad militar de aquél. Es más, toda la capacidad militar que tiene Rusia hoy, no le sirve para resolver sus problemas económicos. El aspecto más conplejo del desarme es la seguridad. Existe la sensación en las naciones de que no puede haber desarme si no se resuelve previamente el problema de la seguridad. Debe existir previamente un grado de confianza mútua, tanto para el desarme, como para la seguridad. Esto no necesariamente es el resultado de un pacto. El desarme iniciado entre EUA y la hoy ex-URSS, no es el resultado directo de los acuerdos de Reikjavick, sino de la situación real en que se encontraban las relaciones mundiales en ese momento, en las que el componente económico, creciente para actores no polares como Japón y otros países asiáticos y para Alemania en el contexto europeo, y menguante para seguir sosteniendo la carrera armamentista que mantenían EUA y la URSS, obligó a modificar las políticas seguidas. La desintegración soviética es una demostración de lo que digo; a la vez que la gran cantidad de dificultades económicas de EUA, con la deuda externa más grande del mundo (5 billones de dólares), así como su déficit fiscal, y de la balanza comercial, índice de pobreza de 40 millones de habitantes (la Federación Rusa, con 50 millones) con 3 millones de personas sin casa (homeless). Estos hechos muestran que Reikjavick fue un punto de llegada obligado y no un punto de partida hacia la paz. Es más, muestra que no es el resultado de que EUA ganó la guerra fría -como decía Reagan a la prensa internacional-, sino que perdió -en condiciones menos difíciles que la URSS- la carrera económica cuya delantera la tienen países como Japón y Alemania 590. El problema no es tanto el desarme, sino cómo se pueden forjar vínculos de comunidad política entre las naciones. Como estrategia de construcción del orden, el desarme se orienta fundamentalmente a los síntomas. Las verdaderas causas del problema deben buscarse más profundo. La desmilitarización del continente antártico en 1959; la firma del tratado sobre no proliferación de armas nucleares (TNP) -para países que no fueran EUA o la URSS por supuesto- en 1963; en 1964 el tratado sobre la no realización de experiencias atómicas en la atmósfera; la firma de un acuerdo sobre los usos pacíficos del espacio exterior en 1967; en 1971 el acuerdo sobre la no militarización de los fondos marinos; etc.; en realidad, constituyen puntos de avance hacia la “pacificación” (Pax) -creacion de pautas de orden desde los “pacificadores”- pero no la “paz” -orden con justicia-, ni mucho menos la eliminación de los conflictos -en esa circunstrancia entre el Este y el Oeste-. Desde ya que esos acuerdos y otros, contribuyeron a la construcción y el mantenimiento del orden, cuyas características eran muy precarias, ya que se fundaba en “algunos aspectos puntuales de acuerdo” en un “mar de desacuerdo” dentro del marco de la guerra fría. El “Poder de Policía” del Orden Mundial Una cosa es la seguridad desde el punto de vista militar 591 y otra es el “poder de policía” para exigir el cumplimiento de normas o sancionar por su incumplimiento. En el marco internacional, este poder de policía no existe en forma independiente de los actores más poderosos, ya que estos no están subordinados a ningún poder de policía. Tal el caso del Consejo de Seguridad de la ONU, que ejerce el poder de policía, pero no ha funcionado toda vez que uno de sus miembros estuvo implicado en una situación en la que cualquier otro miembro del sistema hubiera sido sancionado. Esta es una característica del sistema mundial, en tanto se pueda establecer un poder de policía por sobre la totalidad de los Estados independientemente del poder del que dispongan. La Carta de la ONU establece mediante el Art. 24 que el Consejo de Seguridad tendrá la responsabilidad de mantener la paz y la seguridad internacionales, indicando que ese Consejo actúa en nombre de los miembros de la organización. Pero, por el Art. 43 establece que el Consejo de Seguridad firmará convenios especiales con los miembros de la organización, a fin de que, mediante sus fuerzas armadas contribuyan al mantenimiento de la paz y seguridad internacionales. Esto implicaría la posibilidad de una fuerza armada que no respondería a un Estado en particular o a los más poderosos, sino que actuaría -en principio- como fuerza armada de la organización. No obstante ello, esto no prosperó, y lo que se alcanzó a implementar realmente es lo que hoy conocemos como “cascos azules” que son fuerzas “observadoras” o “mediadoras” pero sin capacidad de ejercer un verdadero poder de policía. El verdadero poder de policía lo ejercieron EUA en el marco del bloque occidental haciendo uso de su propia capacidad militar, la OTAN o el TIAR; y la URSS en el bloque oriental en forma directa o a través del Pacto de Varsovia. Esto implica, por supuesto, que el orden y la justicia y la seguridad internacionales son establecidos, interpretados y administrados, según el entendimiento y las necesidades de los más poderosos. El caso Corea entre 1950-53 tratado en el marco de la ONU, en realidad fue manipulado por EUA, a tal punto que mediante la Resolución “Unión Pro Paz” adoptada por la Asamblea General, hizo que la ONU fuera -por primera y hasta ahora única vez- “parte” en un conflicto 592. En la actualidad, EUA continúa con el rol de “policía internacional” ya que es el terreno en el que se encuentra más fuerte; aunque depende de los aportes económicos de Japón y Alemania para sus incursiones en el Golfo, Yugoeslavia u otros lados. La ONU tiene un rol meramente “legitimador” de lo que EUA hace, pero continúa incapacitada para establecer pautas “objetivas” de orden, ya que los miembros que la componen carecen de poder y de cohesión para maximizar el poder que individualmente no tienen, a fin de modificar esta situación. LA LUCHA ECONOMICA POR EL ORDEN En primer lugar, entiendo a este proceso, como la “polarización” entre los actores que tienen capacidad de establecer reglas en los “segmentos” centrales de lo económico: a) finanzas; b) comercio; c) industria; d) desarrollo científico-tecnológico. El actor o actores que logren establecer las reglas en cada uno de estos segmentos, manejarán como “polos”, el eje económico. Lo harán de hecho y luego las instituciones que se creen -o las creadas y agiornadas a las nuevas circunstancias- serán “controladas” por ellos y “reguladoras” de las conductas globales. Esto ha ocurrido hasta ahora con el FMI y el Banco Mundial en materia de flujo monetario, inversiones y de crédito para el desarrollo; con el GATT en materia de comercio, actualmente la OMC. En lo que hace a los organismos regionales, salvo el caso de la Unión Europea (UE), el resto, sea en América Latina, Africa o Asia, ha carecido de la capacidad para contribuir a un mejoramiento de esas regiones desde el punto de vista económico, así como para establecer -aunque más no sea- pautas mínimas de orden en el marco global. Hoy la cosa se hace más compleja aún, desde el momento en que las multinacionales y las transnacionales se han transformado en actores relevantes, en muchos casos, mas que muchos Estados poderosos; e incluso, generándole reglas a ellos. La ideología de las empresas multi o transnacionales, es la “rentabilidad”, por lo que no existen fronteras para ellas. El orden económico mundial, no cabe duda, no podrá manejarse con instituciones como las tradicionales, sin contemplar, en derecho, lo que en los hechos constituye el rol de estas grandes corporaciones.
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© DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, El Orden Mundial del Siglo XXI, (Buenos Aires, Ediciones de la Universidad, 1998) ISBN: 950-99572-9-1
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