HACIA UN CONSENSO LATINOAMERICANO

PROPUESTAS PARA EL CAMBIO

©  Luis DALLANEGRA PEDRAZA *
 
INTRODUCCION

Los países de América Latina han estado, históricamente, en una misma región geográfica, pero totalmente desarticulados entre sí. Todo intento de encontrar formas de cooperación regional, integración, coordinación de políticas, ha fracasado sistemáticamente.

En general, se ha debido a la discontinuidad de los procesos políticos por causa de los constantes golpes de Estado, generando un constante “ir y venir” de las políticas gubernamentales.

Esto forma parte de la historia de la región. En el siglo XIX América Latina también se mantuvo fragmentada. Los intentos de integración llevados a cabo por Simón Bolívar en 1826 y otros gobiernos latinoamericanos a posteriori, fracasaron, ya que los distintos gobiernos miraban con mayor asiduidad e interés hacia Europa -su política, su ideología, su cultura- que al resto de los países de la región.

No cabe duda que hay una cultura muy arraigada en América Latina, en sus pueblos y gobiernos, que la mantiene en un constante estado de fragmentación: “mi proyecto no tiene que ver con el resto de la región”, o “mi enemigo es mi vecino”.

Así se han manejado los países latinoamericanos históricamente. Los conflictos territoriales entre países vecinos han sido el factor dominante en las relaciones regionales, con mucho mayor peso para la defensa de la “soberanía” que el avasallamiento de gobiernos extrarregionales, empresas multinacionales o banca que controlan sus ideologías y/o economías.

La idea de integrarse para fortalecer la capacidad de desempeño frente a un desafío externo, parece no existir en América Latina. Es más importante la lucha entre vecinos por problemas de límites que los problemas de subdesarrollo, dependencia, pobreza, desempleo, deuda externa, etc..

La integración, en los años que van desde los ´60, ha sido un fracaso como instrumento de maximización de capacidad negociadora en el contexto internacional, o de facilitar el desarrollo de objetivos en el marco regional. También ha sido un fracaso como mero instrumento para agilizar el comercio, ya que son las empresas transnacionales que operan en los países de la región, las que controlan el proceso, obligando a los gobiernos –o siendo favorecidas por gobiernos funcionales a estos intereses y no a los de sus naciones- a ser gestores de sus intereses, más que actores. El Mercosur es un excelente ejemplo. Pero también cabrían como ejemplo ALALC hoy ALADI, el Pacto Andino, hoy Comunidad Andina, el MCCA, etc..

Es hora de que los gobiernos de la región dejen de “mirar hacia arriba” expectantes de que EUA o los grandes inversores internacionales les solucionarán sus problemas, y busquen en la unión regional un proyecto de desarrollo, de resolución de sus problemas y de inserción internacional.

América Latina es una región rica en recursos naturales, minerales y alimenticios, de tierra y de mar, estratégicos y no estratégicos. Tiene mejores condiciones naturales que los países asiáticos, e incluso que los europeos. No obstante, tanto asiáticos como europeos encontraron formas de desarrollo, debido a la existencia de una élite conductora de los intereses de esos países.

Esto es lo que no hay en América Latina. Los gobiernos latinoamericanos están más interesados en recibir la complacencia de los líderes de los países dominantes o de las grandes corporaciones, que en el desarrollo de sus pueblos. Buscan imitar las economías asiáticas con mano de obra barata, en vez de desarrollar los recursos naturales y humanos que hay en América Latina.

América Latina, desde la caída del Muro de Berlín, gira alrededor de un “consenso” que no le pertenece, el Consenso de Washington de 1989, que le impuso pautas neoliberales de debilitamiento del Estado. Los gobiernos le han escondido al pueblo que giran alrededor de un consenso que no es latinoamericano, mientras le hacen creer que defienden la soberanía porque “conflictúan” con los vecinos en temas territoriales limítrofes. En última instancia reclaman la “soberanía jurisdiccional” para “no” juzgar dictadores como Pinochet –Chile y Argentina con Menem han expresado esto- mientras se olvidan de la soberanía cuando desindustrializan a sus países.

Sería importante que se lleguen a acuerdos básicos en América Latina para alcanzar ciertos objetivos de desarrollo e inserción internacional. Esto, desde ya, requiere de un pueblo maduro –del que América Latina aún está lejos- que elija otro tipo de gobiernos para la región.

UN CONSENSO LATINOAMERICANO

¿ES FACTIBLE EN LAS CONDICIONES ACTUALES?

Desde 1989 los gobiernos de América Latina se ajustaron a un “consenso” impuesto por Estados Unidos, conjuntamente con el FMI y el BM, denominado “Consenso de Washington”. Su política, su economía, justicia, seguridad, educación, funcionamiento del Estado, finanzas, debió acordarse a las pautas establecidas por ese consenso, so pena de no beneficiarse con inversiones o ventajas que, de todas maneras, jamás llegaron a la región, salvo para comprar activos que se encontraban en manos del Estado, sin que, por ello, la deuda externa se achicara.

Lo que sí se consiguió, lo que consiguió Estados Unidos por supuesto, es una América Latina disciplinada y desunida.

América Latina, por su parte, carece de un consenso elemental para tratar sus propias problemáticas o posibilidades de desarrollo e inserción internacional, desde una perspectiva propia.

Los países latinoamericanos, generan procesos conjuntos, como ALADI, Pacto Andino, MERCOSUR, etc., pero no para actuar conjuntamente. Decidieron acudir a la Cuarta Reunión de Presidentes Americanos (Abril de 1998) sin establecer previamente una agenda conjunta, sólo a esperar que el gobierno norteamericano trajera el "fast track" (vía de decisiones rápida) que permitiera el ingreso de Chile y Argentina al TLC/NAFTA. El MERCOSUR no llevó una posición conjunta, ni siquiera una voz conjunta. El Grupo de Río “perdió su agenda” y prioriza temas que son de interés norteamericano, dejando de lado o quitándole prioridad a otros que serian mucho más urgentes para la sociedad latinoamericana, como pobreza, desempleo o los conflictos centenarios, limítrofes o coloniales que tienen.

Con esto, los latinoamericanos demostraron, una vez más, que su política, es ver qué es lo que pueda darles Estados Unidos, en vez de tener un proyecto propio de desarrollo, producción, comercio e inserción internacional y, por sobre todas las cosas, qué puede hacer y ser América Latina, como región, en el actual y futuro contexto mundial.

En los más de 40 años de historia integracionista que tiene América Latina –o en su historia desde el siglo XIX-, no se ha alcanzado un mínimo nivel de coordinación de políticas, en ningún nivel: industria, comercio, defensa, relaciones exteriores, solución de la problemática social; etc..

Hoy es un área de negocios importante, disputada por la Unión Europea (UE), Estados Unidos y las empresas transnacionales, que son quienes, además, le imponen reglas a la región, y los gobiernos se subordinan a ellas, temerosos de perder las ventajas que dicen recibirán los países de la región, si no las cumplen; independientemente de las consecuencias y el costo que tengan para América Latina y sus pueblos, crecientemente empobrecidos y sin trabajo.

Argentina reclama desde hace más de una centuria y media la soberanía sobre Malvinas, pero la región, salvo observar desde lejos, nada hace; lo mismo pasa con los reclamos venezolanos sobre la Guayana Esequibo que no recibe ni siquiera el apoyo de Argentina que vive una situación similar. Guatemala está en posición peor, al haberle dado Gran Bretaña la autodeterminación a Belice, que ahora es reconocido como un país independiente, incluso por Argentina.

Colombia es vista por Estados Unidos como un “narco-Estado” y los gobiernos latinoamericanos están a la expectativa para ver qué hará Estados Unidos con Colombia, ya que no tienen una posición al respecto. En Estados Unidos hay un debate intenso -desde sus propios intereses y perspectiva- respecto de qué hacer con Colombia, pero los latinoamericanos no debaten los problemas de su propia región.

Todas las declaraciones de los gobiernos latinoamericanos respecto del caso Colombia, las hacen bajo supuestas consultas o demandas del gobierno norteamericano sobre si invadir o no, si enviar tropas o no, o de qué manera se lucharía contra el narcotráfico en ese país.

América Latina -sus gobiernos- carece de agenda propia. Carece de rumbo propio. No tiene vocación de región.

Los gobiernos, desde hace 10 años se disputan el cumplir al pie de la letra con la ideología neoliberal implementada en el Consenso de Washington de 1989, aún con el costo que le han hecho pagar al pueblo en aumento de la pobreza, la indigencia y el desempleo, a la vez que quitándoles la posibilidad de tener educación y salud públicas, y con el aumento que ha significado en la deuda externa, bajo el lema de que todo está legitimado por la democracia. Una supuesta “democracia electorera”. Democracia que sale de las urnas, pero no de la participación del pueblo, del respeto de los derechos humanos o del trabajador; de la posibilidad de educación para todos, vivienda digna, salud, libertad de expresión y de prensa, etc..

El Estado ha desaparecido para las funciones más elementales, pero cada vez es más costoso en su gasto público. Los impuestos son cobrados pero no vuelven al pueblo de ninguna manera; se siguen eligiendo nuevos gobernantes, cuando no re-eligiendo, pero el objeto del proceso es “más de lo mismo”.

Las inversiones no vienen a América Latina, salvo para comprar sus activos desnacionalizando su industria y generando desempleo; el ahorro es bajo, la corrupción aumenta, la deuda en los últimos 10 años se ha duplicado, la pobreza y la indigencia crecen, el desempleo y el subempleo crecieron a cifras inigualables históricamente, hay Estados en descomposición, como Colombia -sin perjuicio de que la descomposición continúe para otros Estados-, o algunos que aparecen como “inviables” más allá de su riqueza, como Ecuador, Guatemala, Nicaragua, Bolivia, etc.; pero América Latina no tiene un “consenso” latinoamericano para tratar sus temas y problemas más elementales.

Los Consensos que había alcanzado, como el “Consenso de Viña del Mar” de 1969 para que el gobierno norteamericano modificara sus políticas proteccionistas frente al Hemisferio, duró apenas un año. Cuando el gobierno norteamericano declaró la inconvertibilidad del dólar en oro (1971) y elevó los aranceles en un 10 por ciento a la importación de productos, América Latina en vez de usar el Consenso, adoptó la política del “mendizaje” fragmentado.

Lo mismo ocurrió con el Consenso de Cartagena para el tratamiento de la deuda externa de 1985, cuyo objeto central no era crear un Club de Deudores -lo que no hubiera venido mal frente al Club de Acreedores vigente-, sino el establecimiento de estrategias de negociación conjuntas; no obstante, al año se abandonó el Consenso y cada país comenzó a negociar por la vía bilateral, bajo el pretexto de que las economías y las deudas eran diferentes.

El Grupo de Cairns, creado en 1986 previo a la reunión de la Ronda Uruguay, para oponerse a las protecciones agrícolas, y conformado por Canadá, Argentina, Australia, Nueva Zelanda, Brasil, Chile, Colombia, Fiji, Tailandia y Uruguay, tiene una posición debilitada e ingenua. Busca obtener la desgravación y la baja de subsidios, tanto europeos como norteamericanos que, en conjunto, invierten anualmente más de 350 mil millones de dólares en subsidios agrícolas, mientras que los miembros del Grupo decidieron cumplir con los mandatos de la Ronda Uruguay y reducir sus aranceles, desprotegiendo su sector agrícola en aras de un supuesto aumento de competitividad. Es más, se ha “asociado” (?) con EUA, como si fuera parte de este Grupo, para presionar a la UE a que baje sus subsidios y aranceles agrícolas.

Mercosur, se ha transformado en un ámbito de conflicto por diferencias comerciales entre grupos transnacionales, más que de integración, orientado a la maximización de la capacidad de desempeño en un contexto internacional en cambio dinámico, o de favorecer el desarrollo regional como lo hizo en los últimos 40 años la hoy UE.

El Mercosur, en vez de ser un proceso hacia la integración de la región, es el ámbito de la disputa entre Argentina y Brasil, como lo fue, no hace mucho, la Cuenca del Plata en el área de la infraestructura.

Lo que abunda en América Latina es el conflicto y la inquina. Los conflictos decimonónicos, como los territoriales, mantienen ocupados a los gobiernos bajo la supuesta defensa de la soberanía frente a la posible usurpación del vecino, pero “venden” al país, sus tierras sus empresas, bajo el concepto de privatización, favoreciendo la creación de monopolios privados altamente ineficientes y costosos para los pueblos que cada vez están más lejos de recibir beneficios elementales, en salud, educación, trabajo digno.

Grupos como el de Río -conocido comúnmente como el Grupo de los 8 o G8-, creado en 1986 en Río de Janeiro como resultado de la convergencia del Grupo de Contadora y el de Apoyo a Contadora, cuyo objetivo era la solución del conflicto en Nicaragua, se planteó la posibilidad de ocuparse no sólo de la resolución de los conflictos sino también de lograr objetivos conjuntos en materia de integración regional, a la vez que alcanzar un desarrollo conjunto y discutir, en el más alto nivel político, lo que pasa en el mundo y cómo actuar frente a esas situaciones que se presentan -que había sido uno de los ejes de Simón Bolívar en su convocatoria al Congreso de Panamá en 1826-; hoy se reúne y es incapaz de tratar, o al menos de tener en su agenda las problemáticas que está viviendo la región. Entre sus temas de agenda están, prioritariamente, los que le interesa a Estados Unidos en primer lugar.

Pareciera que la vocación de la región es mantenerse en una constante disputa y fragmentada. Los de afuera eternamente agradecidos, ya que no tienen que asumir el costo de “divide et impera” para controlar a la región.

Todo continúa normalmente. La democracia en los países latinoamericanos es más el resultado de un proceso electoral periódico que de un ejercicio participativo. Si uno observa las plataformas de los partidos o asiste a los debates (?) de los políticos, se encuentra con que están totalmente ausentes de lo que le pasa a la región o a sus propios países. Pareciera que hablaran de otros países que nada tienen que ver con América Latina. América Latina transita por el camino de “más de lo mismo”. Los que están en el gobierno se preocupan por la reelección o por hablar de las “maravillas” (?) que han hecho y los que no están en el gobierno están preocupados por asumir el poder. ¿El pueblo? No existe.

Pareciera que los políticos latinoamericanos carecen de una vocación de autonomía, sea ésta nacional o regional. Actúan de manera tal que buscan el beneplácito de las élites dominantes de los países poderosos, en vez de unirse a las élites de los países que se encuentran en estado de dominación como los nuestros, a los efectos de buscar estrategias conjuntas para modificar el status quo.

América Latina, contrariamente a los planteos hechos por los sectores neoliberales, ha quedado “desintegrada” de la economía mundial, toda vez que está dentro de los parámetros ideológicos –argumento de los neoliberales para decir que está “integrada”-, pero fuera de los nuevos esquemas productivos que han pasado de privilegiar al sector metalmecánica –uno de los ejes para el despegue y el desarrollo de los ´40 en adelante- en el que había alcanzado algún nivel de desarrollo –Argentina, Brasil y México habían alcanzado niveles importantes- hacia la industria microelectrónica y el sector servicios, en el que se encuentran totalmente atrasados o ni siquiera han ingresado.

Ni siquiera en materia educativa está preparando a su pueblo para los grandes cambios que se gestan, o para resolver en el mediano y largo plazo los problemas de desempleo, reconvirtiendo a su mano de obra. Tampoco tiene una política científica que se oriente hacia las nuevas tendencias. Tanto educadores como investigadores científicos constituyen un gasto que deberá ser postergado, mientras se privilegia a los sectores rentísticos.

ELEMENTOS PARA UN CONSENSO

En un principio, bastaría con alcanzar ciertos acuerdos mínimos sin que impliquen compromisos, que más adelante se pueden ir consolidando.

Habría que comenzar por limar asperezas en aquellos temas que son históricamente conflictivos entre los Estados latinoamericanos.

De manera similar al Tratado Antártico de 1959 que congeló durante 30 años -sujeto a revisión-, toda reclamación soberana, los países latinoamericanos podrían alcanzar un consenso mediante el que se acuerde congelar todos los conflictos territoriales entre ellos -sin perjuicio de las reclamaciones en situación colonial- por 30 años para priorizar los acuerdos entre ellos y la integración, dando un status especial a Bolivia y Paraguay por su condición de mediterraneidad. Esto permitiría dedicarse a los temas que son realmente prioritarios y dejar para más adelante la resolución de los conflictos territoriales, sin que esto frene los objetivos de desarrollo o integración, en un contexto mundial que avanza, mientras que América Latina se estanca por peleas intestinas.

Seguir avanzando con un consenso sobre un proyecto de desarrollo económico y social. La CEPAL había planteado en la década de los ´50 y ´60 un proyecto para el desarrollo, que no fue seguido, por la inestabilidad de los procesos políticos debido a los constantes golpes de Estado. Este consenso debe contemplar las nuevas pautas de desarrollo –microelectrónica, informática, industria de alimentos en general, servicios-, que en aquellas décadas se asentaba sobre el sector siderúrgico y metal-mecánico. Además debe contemplar temáticas tales como desempleo y pobreza y mecanismos para encontrarles solución en el corto plazo y modificar la tendencia en el mediano y largo plazo.

Esto derivaría en un nuevo consenso orientado al fortalecimiento y consolidación de las democracias. Claro está que habría que unificar criterios respecto de qué se entiende por democracia, más allá del proceso meramente electoral. Esta debería contemplar un alto índice de participación del pueblo, garantizar la educación, la salud, los derechos humanos, la opinión pública y la libertad de expresión, el acceso a una vivienda digna y a un trabajo digno. Sin estos elementos, no se trata de democracia sino de un mero proceso electoral en el que los que manejan el poder cambian de turno.

Además, la democracia debe ser conducida por los pueblos latinoamericanos y no“controlada” por actores extraños, sean empresas multinacionales, organismos internacionales como el FMI que impone reglas económicas sin contemplar la situación económica o social o las problemáticas de desarrollo de los países; o Estados como EUA que a través de medidas como “certificar o descertificar” a los países por su contribución a la lucha contra el narcotráfico, condicionamientos sobre los derechos humanos, u otros mecanismos, limita  y condiciona los procesos políticos.

Sería importante alcanzar un consenso en temas vinculados a las finanzas. Para comenzar, habría que recuperar las pautas para el establecimiento de una estrategia conjunta en el tratamiento de la deuda externa, al estilo del Consenso de Cartagena de 1985. No es concebible que haya un club de acreedores y los deudores se mantengan divididos y disciplinados. Debe pagarse, pero el objetivo central no es satisfacer plenamente al acreedor a costa de las naciones, sino compatibilizar “pagos” con desarrollo.

Conjuntamente, establecer controles sobre los depósitos bancarios a los efectos de conocer la proveniencia de las inversiones, para evitar el “lavado de dinero” tanto del narcotráfico, como de la corrupción.

El grueso del Producto Bruto Regional gira alrededor del sector agrícola, que durante la Ronda Uruguay del GATT alcanzó niveles de desgravación importantes bajo el criterio de hacer un agro más competitivo. No obstante, EUA y la UE gastan en conjunto más de 350 mil millones de dólares en subsidios agrícolas perjudicando a las economías latinoamericanas. El mantener posturas ingenuas que defienden la ideología imperante, mientras los poderosos protegen a sus sectores productivos, es un absurdo. Los gobiernos latinoamericanos deberían adoptar políticas protectivas de sus sectores productivos en la misma medida en que lo hacen los países industrializados y en defensa de las políticas que estos aplican perjudicando a la región.

Los paises latinoamericanos se concentran en sus "megalópolis" a "espaldas" del resto del territorio nacional, dejando de lado a su población y su riqueza natural. América Latina está conformada por concentraciones urbanas y grandes espacios vacíos o semivacíos, olvidados y abandonados, incluso a las políticas nacionales.

Además del sector agrícola, no debe olvidarse la pesca. El mar, tanto en el Atlántico, como en el Pacífico tiene riquezas que son explotadas por extranjeros más que por latinoamericanos. Sería mucho más importante para el desarrollo regional un Mercosur pesquero, que seguir favoreciendo a la industria automotriz transnacional que mantiene divididos a todos en beneficio propio.

La seguridad regional es una deuda histórica que tienen los gobiernos latinoamericanos. Las fuerzas armadas han operado como sectores golpistas o represivos, vinculados a la problemática de seguridad del bloque occidental en el conflicto Este-Oeste durante toda la etapa de la guerra fría. La defensa nacional estuvo vinculada a los conflictos con los países vecinos en una región que se caracterizó por golpes de Estado retrógrados y un permanente estado de fragmentación. El mecanismo de defensa que imperó ha sido el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR-1947), que fue más un instrumento para el intervensionismo de EUA en la región que para la defensa de América Latina. La región se debe un sistema de defensa conjunto para tratar de manera eficiente y sin intervencionismos externos, los problemas latinoamericanos. Debería iniciarse por el establecimiento de mecanismos de confianza mutua para pasar a desarrollar sistemas de defensa conjuntos.

Recuperar al Grupo de Río (G8) para tratar, en el más alto nivel político, temas de agenda e interés regional, independientemente de intereses o presiones de otros actores o potencias. Los gobiernos de la región deben comprometerse a priorizar los temas y problemas propios, desde una perspectiva latinoamericana.

Crear un tribunal con competencia regional, en el que se juzguen casos, cuyo origen sea un país latinoamericano, evitando de esta manera que otros Estados intervengan imponiendo su jurisdicción. Un Tribunal Penal Latinoamericano evitaría situaciones como la que se vive con Pinochet; por otra parte, no haría a la región dependiente del capricho político norteamericano o de otros países, tales como China, que no ratifican por conveniencia propia el Tribunal Penal Internacional.

Si América Latina no converge en pautas mínimas hacia un comportamiento regional conjunto, quedará perdida en una fragmentación sólo aprovechada por los países poderosos y los actores transnacionales, como históricamente lo han venido haciendo.

Para que los gobiernos cambien, es el pueblo el que tiene que cambiar y evitar seguir siendo engañado con discursos. El futuro de América Latina no pasa por la rentabilidad o el bajo costo laboral, sino por el desarrollo.


Foto AutorEsta página fue hecha por Luis DALLANEGRA PEDRAZA

* Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (Universidad Nacional de Rosario, Argentina). Profesor y Evaluador en Cursos de Grado, Postgrado y Doctorado en el país y en el exterior.  Director del Centro de Estudios Internacionales Argentinos (CEINAR) y de la Revista Argentina de Relaciones Internacionales, 1977-1981. Miembro Observador Internacional del Comité Internacional de Apoyo y Verificación CIAV-OEA en la "desmovilización" de la guerrilla "contra" en Nicaragua, 1990. Director de Doctorado en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario, Rosario, Argentina, 2002-2005. Investigador Científico del "Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas" (CONICET).


© DALLANEGRA PEDRAZA, Luis, Hacia un Consenso Latinoamericano: Propuestas para el Cambio, http://luisdallanegra.bravehost.com/Amlat/conslati.htm
e-Mail: luisdallanegra@gmail.com 
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